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Domingo, 25 de marzo de 2012

Habrá que leer los libros

El martes pasado se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional una mesa homenaje a Miguel Briante. Una buena ocasión para convocar a personas venidas de su tierra, General Belgrano, y para proponer alguna relectura de su narrativa secreta y a la vez tan influyente.

 Por Claudio Zeiger

Un grupo llegó en micro desde el pueblo, General Belgrano. El pueblo del que Miguel se iría muy pronto, a los nueve años, según recordó su hermana Cristina (organizadora del homenaje) pero al que volvería año tras año, verano tras verano, y en el que también iba a morir el 25 de enero de 1995. De esos regresos, de esos veranos, algo puede leerse en los cuentos de sus dos libros de los años ‘60, luego reunidos en un libro nuevo, reconfigurado y extraordinario como es Ley de juego (Folios, 1983). Este es el libro dedicado a su hijo Manuel, quien estuvo presente en el homenaje que se hizo en la Biblioteca Nacional. Es un acto de amor y responsabilidad que te dediquen semejante libro. A pesar de esa huida prematura del pueblo, Tata Cedrón, que cerró con una musicalización desgarrada y hermosa de un texto de González Tuñón, contaba que en su juventud, cuando se reunían todos los artistas que “no eran ni del Di Tella ni del Club del Clan”, Miguel siempre hablaba del pueblo. Hablaba mucho del pueblo. “Es que aunque uno se vaya, siempre lleva el pueblo encima”, acotó Cristina Briante, que además de hermana, es poeta.

Había otra gente que no era del pueblo ni de la Biblioteca Nacional, porque el homenaje se hizo en el marco de unas jornadas literarias organizadas por la Universidad Hidalgo de México. Tuve el gusto de participar en la mesa redonda junto con Gabriel Levinas, quien habló de su experiencia con Miguel en los años épicos de El Porteño, Alejandro Iena, director del diario El Sur de General Belgrano, quien ofreció un panorama interesante sobre cómo Briante se fue convirtiendo en un artista del pueblo, donde se lo homenajea y además se lo lee en las escuelas, la locutora Graciela Almada, que leyó con ímpetu el cuento “Las hamacas voladoras” y nos puso los pelos de punta al leer dos poemas inéditos de Miguel encontrados en unos cuadernos que compartía con su hermana (¡Qué novela, dicho sea de paso!: los textos cruzados en una suerte de diario íntimo compartido, de dos hermanos adolescentes en un pueblo de la provincia de Buenos Aires en los primeros años ‘60) y finalmente Tata Cedrón con su guitarra. Como yo estaba al lado, tuve el honor de salir en varias fotos con él. En mi intervención me animé a decir –como uno de esos personajes de los cuentos de Miguel, temerarios, a los que se le va la mano cuando tiran la taba– que la marca más notable que yo encontraba en su obra era la de Carson McCullers, y el Tata me confirmó que cuando muchachos, él lo veía leer con fervor La balada del café triste. Y Benito Lynch y Wernicke, claro, y Faulkner, no vaya a faltar, y Onetti.

En los días previos al encuentro, para mí fue sobre todo el momento de releer Ley de juego, formidable libro que se publicó en una colección de Folios dirigida por Ricardo Piglia. Me acuerdo de Ley de juego y de El entenado como dos libros de esa colección que me impactaron (me “volaron la cabeza”, diría si todavía hubiera restos de hippismo en mí) en ese momento inolvidable en que uno está dispuesto a ser impactado, dos libros de inspiración tan diferente y si se quiere complementarios por tratarse de dos proyectos narrativos abigarrados, escritos en forma de malla indestructible del lenguaje. En Ley de juego, el lenguaje se va tornando cada vez más aceitado y apretado, de una precisión que, por momentos, asusta.

Miguel Briante eligió para su comienzo en la literatura, una escena de una violencia emocional digna de ciertas escenas iniciáticas de El juguete rabioso: un hijo que va a sacar del bar a su padre borracho para intentar llevarlo a la casa. No hay autocompasión ahí, pero sí piedad, dolor, hondura. De eso trata el primer cuento de su primer libro Las hamacas voladoras, “Capítulo primero”, que también abre Ley de juego: de inscribirse con sangre y emoción pudorosa en la literatura argentina, de escribir del lado del hijo del borracho, del loco del pueblo. Fuerte. Y así, seguimos después los avatares del pueblo, de sus poderosos venidos a menos y de sus marginales devenidos personajes, de su inglesa y de su inglés, de La Vasca y don Arispe, el del bar que se va convirtiendo, en los últimos relatos, en el centro borgeano del pueblo, que a su vez se va volviendo metafísico, de enraizado humor filosófico, ese que dan los años y los golpes.

Habrá que leer –releer– los libros, entonces. Las hamacas voladoras, Hombre en la orilla, Ley de juego, y los que se publicaron tras su muerte. Porque fue el del martes pasado en la Biblioteca Nacional, un homenaje que reunió heterogeneidades y dejó flotando en el aire una rara y contenida emoción.

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