libros

Domingo, 23 de febrero de 2003

con las barbas en remojo

Después de la brutal crisis sectorial del año pasado, las editoriales se aprestan a comenzar un nuevo ciclo, marcado tanto por las esperanzas de recuperación como por las sospechas de que la crisis tiene raíces más profundas que la devaluación.

POR JONATHAN ROVNER

Vista a través de las noticias sobre economía y de las estadísticas publicadas, a lo largo de los últimos años, la actividad editorial en la Argentina no habría hecho prácticamente más que dos cosas, a saber: crecer y concentrarse. Cada año se imprimían más libros; cada año, los grupos editoriales fuertes se iban reagrupando, absorbidos por corporaciones trasnacionales (españolas, alemanas y/o norteamericanas). Sin embargo, vista a través de los ojos de un consumidor de libros que pasea su mirada por sobre las mesas de una librería cualquiera en la avenida Corrientes, la oferta de libros sólo ha hecho una cosa, a saber: empobrecerse. La oferta no sólo ha disminuido abruptamente sino que además se ha basurizado. Los libros pasaron de la mesa de saldos a la bolsa del cartonero, prácticamente sin mediaciones. Y durante el último año, como no podía ser de otra manera, la actividad editorial en la Argentina experimentó una caída del 50 por ciento en cantidad de ejemplares impresos y del 12 por ciento en cantidad de títulos editados (porcentaje que crece hasta el 22 por ciento si se consideran sólo las novedades). Hace tres años, el mercado de libros escolares movía en la Argentina alrededor de 120 millones de dólares. Hoy esa cifra no representa más de la tercera parte.
En lo que se refiere a las librerías, en los dos últimos años desaparecieron doscientas.
Radarlibros entrevistó a tres editores argentinos para preguntarles cómo imaginan el año editorial que, como es tradición, saldrá de su letargo veraniego la semana próxima.
Daniel Divinsky es uno de los socios de Ediciones de la Flor, editorial que puede ser todavía mencionada como ejemplo de autonomía. Alguna vez, asegura Divinsky, golpearon a su puerta los ejecutivos de las trasnacionales, sin éxito. De la Flor edita, principalmente, a los mejores exponentes del humor gráfico argentino y, desde hace más de treinta años, se mantiene en manos de sus dueños, sin por ello tener que traicionar su criterio. Probablemente gracias a la lealtad de sus autores. El plan editorial para este año, asegura Divinsky, se mantiene con el promedio que venía sosteniendo: 27 títulos, la mayoría novedades. Divinsky prefiere sostener una mirada optimista sobre las condiciones en las que se desenvolverá la industria editorial de aquí en más.
–No quisiera insistir sobre lo que ya se ha dicho tanto. Sobre todo porque, en comparación con el desastre que preveíamos a principios del 2002, la cosa no fue tan mal. Ahora enfrentamos un nuevo desafío, que es la irrupción de la demanda extranjera. Los editores ahora tenemos la posibilidad de publicar para exportar, lo cual obviamente incide en la selección de los contenidos. Hoy hay una gran oportunidad, que antes no se veía, que tiene que ver con la notoriedad que está teniendo la producción argentina en los medios españoles, seguramente a partir de la crisis económica de finales del 2001. Ahora se ven libros argentinos reseñados en Babelia (suplemento literario del diario El País de España); recién ahora se va a editar la obra de Rodolfo Walsh en España. Todo esto significa que si bien la actividad decayó, hay que reconocer que no todo fue a pérdida. Lo cierto es que ahora es el autor quien tiene que aprovechar las nuevas posibilidades, y de hecho eso es algo que se está viendo en la producción más reciente. A nosotros nos va bien, sobre todo porque ya teníamos cierto desarrollo hacia el exterior desde mucho antes de la crisis.
Hugo Levín, de Galerna, al igual que Divinsky, es delegado activo de la Cámara Argentina del Libro. Galerna, por su parte, es muy conocida en el medio por su actividad editorial, pero más lo es por su aparato de distribución en todo el país. Levín reconoce que la culpa de la crisis es compartida, pero atribuye buena parte de la responsabilidad sobre el derrumbe de la actividad editorial a la inadecuación de los medios de difusión o, directamente, a la ineficacia de los suplementos literarios.
–Nosotros nos sostenemos básicamente a partir de un catálogo integrado en un 70 por ciento por libros no literarios. Libros ensayo,principalmente, que tienen otra circulación, a veces más ligada al ámbito académico. Galerna distribuye una cantidad de pequeñas editoriales, por lo tanto estamos muy al corriente de los malos resultados que han tenido con la literatura. Yo no creo que exista ninguna posibilidad nueva para la producción literaria en el contexto presente. La crisis de los suplementos culturales data de hace muchísimos años. Lo que los suplementos de hoy en día muestran no se ajusta ni a lo que los lectores prefieren ni mucho menos a lo que la industria necesita para activarse. Pero, en lo que se refiere a la literatura y a la precarización del lectorado, la principal responsabilidad la sigue teniendo el Estado. La descapitalización de la educación, la ausencia de planes de promoción de la cultura, de alfabetización, hacen que la crisis sea inevitable. Claro que resulta difícil pedirle a un Estado que no logra atender las demandas de 22 millones de pobres que preste oídos al reclamo de la producción cultural. Pero en otros países esto ocurre. Yo creo que la única oportunidad nueva aquí, sólo debida a la coyuntura del cambio de divisas, la tiene el libro de edición argentina. Lo cual es una ventaja para las imprentas, nada más. Alejandro Katz, director del Fondo de Cultura Económica en la Argentina, parece compartir esta última idea. Sin ser parte de las nuevas corporaciones trasnacionales, el FCE participa de una estructura muy similar a ellas. Katz fue uno de los primeros en advertir al sector sobre los riesgos de la concentración, en la Feria del Libro de 1996. Ahora su visión de lo que significa la concentración ha cambiado de rumbo, y como en casi cualquier sector de la actividad económica, asume que las nuevas reglas de juego todavía están por descubrirse, sobre todo teniendo en cuenta la pérdida de propiedad intelectual.
–El primer efecto de la crisis es la restricción del acceso a la oferta importada. Por una cuestión de cambio, el libro español o mexicano se ha vuelto difícil de comprar en la Argentina. Naturalmente, en la medida en que el libro no es un bien sustituible, esto implica un empobrecimiento de la oferta. Para el lector, la única opción frente a la necesidad de acceder a contenidos cuyos derechos están radicados en el exterior es pagar su precio en dólares. Por su parte, la industria en la Argentina no tiene la capacidad de 50 mil novedades que se editan en España (se venían editando 8 mil en nuestro país). Sencillamente porque no hay mercado. No obstante, es cierto que la oferta de libros, liberada de esa marabunta de novedades importadas, puede experimentar un activamiento de la producción local en el corto plazo. Pero yo considero que éstos son pensamientos oportunistas. Porque en el largo plazo la producción cultural de una sociedad está ligada a la capacidad de acceso a una oferta cultural lo más variada, amplia y sofisticada posible. Hay una confusión brutal y sistemática de lo que son la industria gráfica y la industria editorial. La editorial tiene que ver con la selección de contenidos. Lo otro es factoría por cuenta de terceros. Contenidos validables fuera del espacio idiomático nacional, eso es lo que se debe exportar a nivel editorial. Y ésa es una actividad de los editores y de las instituciones que se encargan de promover la cultura. Durante los años de la convertibilidad, el editor argentino se la pasó viajando a Europa, pero de vacaciones. Es lógico que ahora no tengamos contenidos para vender afuera. Sería posible si los editores argentinos desarrolláramos una estrategia asociativa, juntáramos un catálogo de 200 títulos de nivel internacional y saliéramos a ofrecerlo al mercado exterior, con las ventajas que implica tener un catálogo de 200 títulos de primer nivel internacional. Pero yo no sé si en la Argentina existe la voluntad de hacerlo.5

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