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Domingo, 17 de marzo de 2013

Las habladurías del mundo

Entre 2000 y 2007, el narrador argentino nacionalizado uruguayo Carlos María Domínguez publicó esta novela en formato de folletín en el semanario Brecha de Montevideo. De ahí el ritmo y el humor ácido de este libro compuesto íntegramente de chismes, contados por dos hermanos que viven uno en cada orilla del Río de la Plata. Y también la ligera gracia con que indaga en las idiosincrasias de dos países que le son propios.

 Por Juan Pablo Bertazza

Hay un dicho según el cual los argentinos llaman uruguayos a las personas que les desagradan y rioplatenses a aquellos que les caen en gracia.

En su último libro el escritor argentino –y nacionalizado uruguayo– Carlos María Domínguez empleó como título parte de un refrán –“cuando el río suena, agua lleva”– que da cuenta de que toda habladuría, todo rumor y todo chisme siempre conlleva un sustrato, aunque sea ínfimo, de verdad.

Cuando el río suena es un rarísimo libro compuesto íntegramente de habladurías, al mejor estilo de Los adioses de Onetti.

Una verdadera fuente de rumores y comunicación a veces endeble entre Laura y Rodrigo, dos hermanos que terminaron separados por la orilla cuando él decidió radicarse en Uruguay. Al mismo tiempo que se inmiscuye en la microhistoria compuesta por la atrapante inestabilidad de los amores fugaces de Laura, y las desopilantes aventuras laborales de su hermano Rodrigo, Cuando el río suena da cuenta de los acontecimientos más importantes del tumultuoso comienzo del siglo XXI, sobre todo en el ámbito rioplatense: la caída de las Torres Gemelas, la crisis del 2001, el corralito, los secuestros express y con módicos rescates, la sucesión interminable de presidentes, el campeonato de Racing y la asunción al poder del Frente Amplio uruguayo.

Lo interesante es que Domínguez ancla cada uno de esos temas en el contexto de la íntima, sinuosa y muchas veces conflictiva relación entre ambos países, desde el ámbito del fútbol, por supuesto, hasta aquella involvidable frase del ex presidente Jorge Batlle al decir que “los argentinos son una manga de ladrones”, y el conflicto por la instalación de las pasteras de Botnia. La metáfora es tan clara y nítida como un espejo: la relación filial y hasta ridícula entre dos hermanos que, a pesar de haberse separado territorialmente, están condenados a convivir a la distancia, casi como incómodos vecinos.

Pero además hay algo autobiográfico en esta obra cuyo autor, que empezó su carrera en la mítica revista Crisis, escribió una biografía sobre Onetti y fue traducido a veinticinco idiomas con su obra maestra, La casa de papel, es también un argentino que se terminó nacionalizando uruguayo y detenta por eso mismo un lugar privilegiado para burlarse de la idiosincrasia de ambos países: la pretensión y ambición de los argentinos y el amor por la derrota y el fracaso de los uruguayos, algo que comienza nada menos que con sus respectivos padres patrios: “Los uruguayos sienten amor por un gaucho derrotado que se fue a morir al Paraguay. No es, digamos, San Martín, el conquistador de América. Es un tipo que soñó con algo grande, perdió, lo jodieron, o se dejó joder, y se mandó a guardar. Ese es el padre de esta patria. Con él los uruguayos aprendieron a irse, a retirarse, a perder. En ese sentido este pueblo es una roca indestructible. Sabe cómo perder. Se ha hecho fuerte en la debilidad”.

Con cierto gusto a folletín, Cuando el río suena fue publicado originalmente en el semanario Brecha de Montevideo entre noviembre de 2000 y julio de 2007, y en ese sentido la fluidez y el ácido humor de estos diálogos, siempre al borde del absurdo, aseguran una lectura vertiginosa y divertida.

Párrafo aparte merece una intertextualidad que hace Carlos María Domínguez a otro de sus libros más celebrados: cuando hace mención a una de las historias más estremecedoras de su libro de relatos Mares baldíos que narraba la llegada a Rosario de un decadente Johnny Weissmüller (el actor de Tarzán), contratado por el peronismo para entretener a un grupo de adolescentes de una colonia de verano. Decrépito y hastiado de hacer el famoso grito de Tarzán, un adolescente se dejaba perder con él en una carrera a lo largo del río Paraná, por respeto y amor al hombre mono. Otra más de esas habladurías difíciles de comprobar pero que, todo parece indicarlo, siempre tienen algo de cierto.

Cuando el río suena

Carlos María Domínguez

Mondadori

237 páginas

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