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Domingo, 13 de abril de 2003

RESEñA

Primeras personas

Manifiestos argentinos.
Políticas de lo visual 1900-2000

Introd. y selec. Rafael Cippolini
Adriana Hidalgo
Buenos Aires, 2003
538 págs.

POR BARBARA BELLOC
Curioso: justo ahora que las políticas oficiales no se abstienen de pronunciarse a favor de “la muerte del libro” –en los hechos, claro, más allá de sus palabras– y que las autoridades mundiales en las artes de la imagen se apresuran a pronosticar la irreversibilidad de un nuevo orden regulado por un aparato de virtualización global y totalizador que habría de traspasar de una vez y para siempre el umbral del saber discursivo para trocarlo por conocimiento visualizado (en la red digital/intangible, o bien en su localización à la mode, la instalación efímera), el sucedáneo high tech que vendría a redistribuir un botón otrora custodiado por expertos, Manifiestos Argentinos. Políticas de lo visual 1900-2000 propone hacer exactamente lo contrario. Léase: recuperar y datar la producción de pintores, escultores, grabadores, dibujantes, fotógrafos, maestros y críticos de arte ad hoc, en forma de escrito.
Así es que estos manifiestos argentinos del pasado siglo en torno a lo visual superan el rótulo del libro que los reúne, y así es que trazan la imagen de un mapa sobre las transformaciones del “estado del arte” (vigente o utópico) bajo el régimen de la palabra. La empresa no es menor, y su resultado, un grueso y sustancioso volumen, permite al lector interiorizarse en los debates, programas e intervenciones de individuos y grupos de temperamento sanguíneo y/o vanguardista, y también conocer una rara serie de reflexiones, proclamas y pergeños “de autor” acerca de lo tanto ayer como hoy candente: ¿hasta dónde se extiende el campo de las artes visuales?, ¿cuál es su función?, ¿cuál el papel del artista?, ¿existe un arte argentino?; y en caso de que así fuera, ¿cuáles serían sus rasgos distintivos?, o peor aún, ¿sobre qué fundamentos y experiencias construirlo?
Precisamente, ésa es la cuestión que de manera tácita o manifiesta atraviesa todo el libro, y que Rafael Cippolini, su compilador y Virgilio, remite en el prólogo a dos formulaciones coincidentes no obstante la disparidad de tonos, que sirven de alfa y omega a un arco (siempre tenso) que a lo largo del siglo XX no ha cesado de disparar todo tipo de flechas al controvertido blanco (el ser o no ser de lo nativo: ¿bandera blanca de tregua o estandarte bucanero?): la canónica del escritor Borges en el último ensayo de Discusión (1932) –“Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo”– y la semilúdica del pintor Prior en respuesta a una entrevista de la revista Artinf (1988) –“Más que hablar de citas, de apropiaciones, yo hablaría de piratería, que es lo que nos corresponde desde nuestra situación. Redactar hoy en día un manifiesto desde este emplazamiento marginal sería redactar una patente de Corso que nos habilite para saquear impunemente en toda la historia del arte”–. ¡Y vamos todavía! Porque entre estas declaraciones de principio que poco tienen que ver con la sacrosanta noción de originalidad, o que más bien la redefinen come il faut, vía la propuesta de una heterodoxia a rajatabla, el pródigo e impar grupo de textos que conforman Manifiestos... rondan, rompen, religan, rechazan y reconstruyen –y viceversa– el quid de las “políticas de lo visual” de los cien años quizás más vertiginosos de la historia (también del arte). Desde el didactismo cuasiepicureísta de Malharro en sus “Observaciones sobre dibujo y estética escolar” (contemporáneas y ampliamente superadoras de las vanidades del Centenario), las crónicas proarltianas de Atalaya y los grandes hitos de la era vanguardista –el manifiesto del grupo Martín Fierro y sus secuelas escriturarias, la arenga de Girondo en contra del “arte puro” y el “Manifiesto blanco” de Fontana– a las polémicas de los cincuenta/setenta con Xul Solar como astro rey y luego con Noé, Jacoby, Renzi, Puente, Suárez, Vigo y Pellegrini sondeando nuevas órbitas, más lo más próximo: Bonino, Gumier Maier, Prior, Bony, Kuitca y el desembarco finisecular de un puñado de grupos atonales, el viaje es sobresaltado, intenso, y cautivante.
Ahora sí, sólo nos resta esperar un tomo 2 que antologue lo que aquí brilla por su ausencia: los ensayos de los olvidados, los malqueridos y los políticamente incorrectos (incluso a los ojos supuestamente neutros del revisionismo) de la Historia.

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Alfredo Pior y Guillermo Kuitca. Kremlin y castigo (pintura acrílica sobre papel, 1983)
 
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