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Domingo, 26 de octubre de 2014

LA ENFERMEDAD Y SUS SECUELAS

Dice que muchas de las historias que desplegó en cuentos, relatos y novelas surgieron mirando el río que pasa cerca de su casa en Resistencia, pero en La polio, de reciente publicación, el núcleo de la historia tiene que ver con la ciudad y el encierro a causa de esa ya mítica enfermedad de la primera mitad del siglo XX. Miguel Angel Molfino cuenta cómo fue meterse en la piel de un asesino serial y adelanta sobre la escritura de un nuevo libro donde logra volcar otra experiencia de encierro: la cárcel.

 Por Angel Berlanga

“A mí siempre me parecieron tipos bastante cautivantes los asesinos en serie, porque son demasiado otro, son extremadamente diferentes. Esa cuestión sociopática de no tener sentimientos, de no relacionarse con la gente y mucho menos con la sociedad. Esa etapa de ansiedad homicida que no pueden controlar, y esa especie de despertar a la salida de eso pero sin arrepentimiento; incluso el regreso a la escena, para saber. Es algo que siempre me llama la atención.” Desde su casa a orillas del río Negro, que serpentea por Resistencia, Miguel Angel Molfino cuenta del protagonista de la novela que acaba de publicar, La polio, protagonizada por un tipo que tras un raid que bordeó el Paraná hacia el norte se asentó ahí nomás y sigue cometiendo sus crímenes en la zona de Barranqueras y La Dorila. “Según estuve analizando, nuestro asesino vivió con evidente traumatismo la epidemia de polio de 1956 –explica un criminólogo ante un grupo de investigadores–. Ahora bien, la polio, ¿lo afectó directamente? ¿Es una víctima indirecta, o sea, la enfermedad alcanzó a algún familiar directo? Nuestro hombre debe tener entre 55 y 60 y pico de años, es decir, es contemporáneo de la epidemia. Pero en su infancia está la caja negra: allí se gestó su psicopatía.” A esa altura de las hipótesis el asesino ya se cargó a diez pibes; entre quienes escuchan al especialista está Magaldi, un detective que le sigue los pasos y trabaja para un empresario que lo contrató porque su hijo es una de las víctimas: quiere que le entregue vivo al criminal. “Hoy es un depredador disfrazado de ser normal: usa lo que se denomina ‘máscara de cordura’ –diagnostica el investigador– para vivir en sociedad como un tipo afable, solidario, de buenos sentimientos e intenciones. Lo que se dice un buen ciudadano y un buen ejemplar de sociópata.”

“Yo había empezado a escribir una novela con un asesino serial que iba señalando sus crímenes con perros que dejaba, muertos, al costado del camino –cuenta Molfino sobre el origen del libro–. Y una noche, mientras cenábamos con Leonardo Oyola, Alejandra Zina y Selva Almada, mientras charlábamos sobre este tema y cada uno iba desarrollando sus teorías, porque es un tema que nos apasiona a todos, imaginé a alguien que hubiera sufrido la parálisis infantil, que se hiciera llamar La Polio y que atacara a los pibes así, reventándoles las piernas. Pero de hacerlo poliomielítico no sería un asesino que pudiera desplazarse con facilidad, así que pensé en el encierro. Ahí me acordé de que ese año, el ’56, yo vivía con mis viejos y mi abuelo en Buenos Aires, en el barrio de Monserrat, y me encerraron por temor al contagio. Incluso venía una maestra a enseñarme a casa, y me colgaron del cuello una bolsita de alcanfor; yo miraba desde el balcón, un segundo piso a la calle, cómo jugaban los chicos a la pelota. Fue un año largo para mí, misterioso, porque además descubrí los pulmotores, esas fotos en las que se veía la cabecita de un chico embutida en una especie de cápsula, de Apolo XII. El miedo, a mí todo esto me parecía una pesadilla. Para configurar al personaje tomé el encierro pero con una familia muy enferma, y entonces aparece la sodomización por parte del padre y del hermano mayor, que entran en una especie de delirio estúpido: una infancia de mierda, que lo vuelve psicótico.”

Molfino sostiene que, a la vez, quiso poner en evidencia que “la naturaleza del mal o la del bien pueden ser semejantes”, y se detiene en la infancia del perseguidor. “Con ese padre que no puede consigo mismo y pasa todo el día tirado, borracho –dice–. Y la madre también: heroinómana, alcohólica, puta. ‘¿Cuándo se quisieron estos dos?’, se pregunta Magaldi, que, pobrecito, no puede querer a nadie: ya de adulto es un joven gay al que sus parejas dejan.” Magaldi también se inyecta y es visitado por 12 Corazones, un “pequeño muñeco de pesadilla” que alucina el investigador y se aparece cada tanto para señalar indicios, pistas, en clave siniestra. “Yo necesitaba esta crudeza, porque me había propuesto hacer una novela oscura –dice Molfino–. A tal punto que no estuviera en ningún momento el cielo a full, con sol; no, llovizna, el cielo siempre está cabrero. Eso por un lado; por otro, quise crear una especie de trama lateral de delirio, que tiene que ver con el discurso general de la novela. Acá me basé en David Lynch, a quien amo. Por eso aparecen de fondo esos personajes rarísimos, como la mujer que corre, prendida fuego, dando alaridos por las calles de La Dorila, ante la impasibilidad de la gente, que parece decir ¿de qué te asustás? Como una naturaleza del infierno puesta en la tierra.”

En 2007 Molfino volvió a Resistencia, luego de pasar once años en México, donde trabajó como publicista. Nació en 1949 en Capital y luego se mudó con su familia a Resistencia. Entre 1970 y 1974 trabajó como periodista en el diario El Norte, el mismo en el que ahora va publicando sus cuentos: “Es una vieja cuestión que mantengo –dice–. ¡A la gente le gusta! Y a mí también, que me paren en la calle y me digan: ‘Uh, qué loco ese tipo, cómo va a hacer eso’.” Se ríe, Molfino. Militó en el ERP; lo detuvieron en 1979, lo torturaron con la perversión argento-milica bien de la época, salió en libertad al comienzo del gobierno de Alfonsín: hasta que se radicó en México, vivió la mayor parte del tiempo en Buenos Aires. Ha publicado crónicas, poemas, tres libros de cuentos y la novela Monstruos perfectos, editada este año en Cuba y Francia. “No quiero parecer folklorista, pero Chaco es un paisaje que llevo adentro –dice Molfino–. Amo el Chaco. Hoy tuvimos unos calores tremendos, 47 grados de térmica; atroz, no te digo que me encanta, pero es lo que hay. Mi casa está al lado del río, y más allá está el Paraná. Es un paisaje con el que puedo hacer un western, porque además es una población extraña y muy heterogénea la del interior del Chaco, está llena de rusos, de polacos, de húngaros; mi primer suegro era checo; está el caso de Jorge Capitanich, que es tan conocido ahora, y es hijo de un campesino de Sáenz Peña. De chico, de adolescente, y aun militando, anduve mucho en los campos, porque tenía que hacerlo, por las ligas agrarias. Eso de comerme el polvo de los caminos, aprendí a andar a caballo muy bien, a dormir debajo de un árbol, al sereno, porque adentro el calor era insoportable. Es algo que añoro, pero ya no me da el cuero. El Chaco es eso: puedo pasar mucho tiempo mirando el río, que en este momento está crecido, con correntadas que van y vienen, camalotes que pasan. Puedo quedarme, como un estúpido, hipnotizado, con esa fascinación que sólo te despiertan las fogatas: muchas veces las historias surgen mirando el río.”

La polio. Miguel Angel Molfino Wu Wei 176 páginas

Cuenta Molfino que escribió La polio entre 2011 y 2012, que corrigió muchísimo y que luego tuvo que tomar distancia. “Creo que me pegó lo dura que es, generar algo tan siniestro –dice–. Mientras la hice me sentía un psicópata al que no le importaba nada, pero en ningún momento me dije no voy a escribir más, esto me aniquila. No: me quedé sentado como un soldado, a escribir. Pero luego no pude volver a leerla. Fue como haber salido de una enfermedad. Así que no bien terminé, me puse con Pampa del infierno.” Así se llama el western que tiene escrito, cuyo primer destino es una editorial española (ver aparte). Dice Molfino que mientras está en lo que llama “estado de escritura” recurre a algunos libros que lo estimulan: “Es como hacer sombra en un gimnasio de box”, se ríe, y menciona algunos convocados durante La Polio: Faulkner, Las palmeras salvajes; John Steinbeck, específicamente El autobús perdido; los cuentos de Capote; Cheever, Cormac McCarthy, Caldwell. “Ves que lo mío es muy nacional y popular”, bromea, y enseguida suma a Piglia con Respiración artificial. Durante la construcción también indagó sobre asesinos seriales, sobre pericias forenses: “Podría contestar en el Odol pregunta”, arriesga. “Pero ojo, no me gusta ser considerado como alguien que sólo escribe novela negra –aclara–. Acepto, sí, escribo, pero también hago otras cosas: con el western tomé cierta distancia. Ahora estoy en medio de otra novela que tiene elementos policiales, pero sobre todo hay una historia de amor rara. Con un desenlace obviamente terrible.” ¿Siempre es así? Responde Molfino: “Y, sí, no conozco otras cosas”.

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