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Domingo, 15 de marzo de 2015

EL RAYO QUE NO CESA

El nuevo libro de Haruki Murakami es una extraordinaria colección de siete cuentos que encuentra al escritor japonés en estado de gracia. Con un título inspirado en Hemingway, Hombres sin mujeres, las historias giran alrededor de mujeres perdidas o extraviadas o desencontradas, uno de sus temas recurrentes. Y de hombres que las recuerdan, sujetos de la soledad y la melancolía.

 Por Rodrigo Fresán

En un momento de uno de los siete relatos que traman el tejido de Hombres sin mujeres, el narrador (que comparte más de un dato biográfico con su creador) se refiere a las personas que “debido a una excesiva despreocupación, a sus pocos desvelos, se ven obligadas a llevar una vida sorprendentemente artificiosa”. Personas –insiste Haruki Murakami (Kioto, 1949), o su transparente alter ego– que “están convencidas de que viven de un modo totalmente natural y honesto, sin trampas ni máscaras. Y cuando, por algún capricho del destino, un rayo de luz especial procedente de alguna parte se filtra e incide sobre lo artificial o antinatural de su comportamiento, la situación adopta a veces un cariz trágico y, otras, cómico”. Y concluye: “Por supuesto, también existen numerosas personas afortunadas (no puede expresarse de otra manera) que mueren sin llegar a ver esa luz o que, pese a verla, no les afecta”. Pero en Hombres sin mujeres todos ven la luz.

Iluminado lo anterior, dos certezas casi epifánicas de esas que suelen encandilar a los personajes (o a las personas) de este escritor: de la cruza entre lo trágico y lo cómico surge lo melancólico. Y esa fusión se produce luego de ser atravesado por el relampagueante “rayo de luz especial procedente de alguna parte”.

¿De dónde procede ese rayo? Desde lo más alto, de un Murakami en estado de gracia. Buenas –muy buenas– noticias entonces. Y nada tienen que temer aquellos que se sintieron superados por la avalancha de 1Q84 o irritados por la breve y acaso innecesaria broma autorreferencial del reciente (incluye Hombre Oveja) de la supuestamente infantil pero infantiloide The Strange Library (en agosto, en inglés, se rescatarán por fin sus primeras novelas: Hear the Wind Sing y Pinball 1973, de 1985-87). Porque Hombres sin mujeres continúa y profundiza y perfecciona a ese Murakami de Los años de peregrinación del chico sin color (que no es otro que el Murakami de Tokio Blues/ Norwegian Blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol, y que, en principio, iba a ser un relato a acompañar a los que aquí se reseñan) y que resplandece en piezas de una factura asombrosa escritas a lo largo de apenas tres meses. Es decir, para que quede más claro (aunque el título hemingwaiano es ya suficiente advertencia) no se hallarán aquí gatos parlantes ni se realizarán cruces interdimensionales. No: lo que Murakami ejecuta en estas páginas son siete variaciones sobre lo que Proust definió como “las intermitencias del corazón”. A secas y sin trucos ni tics. De ahí que todo lo que hay de fantasmal pase más bien por el ejercicio de la memoria, por la ausencia de seres queridos, por la evocación de lo que fue y la fantasía de lo que pudo haber sido pero no.

En declaraciones a la revista The New Yorker, Murakami se explayó un poco en cuanto a la génesis de Hombres sin mujeres: “Lo que me interesaba retratar en estos cuentos es, en una palabra, el aislamiento, la soledad, y lo que significa desde un punto de vista emocional. El título fue lo primero que me atrajo y, por supuesto, se lo debo a Hemingway. Una vez que tuve eso claro, las diferentes historias fueron surgiendo una a una y sin esfuerzo. Cada una de ellas brotando de las vibraciones producidas por ese título. ¿Por qué Hombres sin mujeres? No lo sé. De un modo u otro, el título hundió sus raíces en mi mente del mismo modo en que una semilla arrastrada por el viento acaba germinando en un campo”.

Y, sí, todo –casi como en capítulos de un novela secreta, como en variaciones sobre una misma melodía triste– gira alrededor de mujeres perdidas o extraviadas o desencontradas. Y de hombres que las recuerdan (a menudo, en un admirable ejercicio de cuento-dentro-de-cuento, con quienes oyen esa historia como sombras del propio lector) sentados a una mesa, o a bordo de un automóvil, o cantando en la ducha o soñando despiertos en la cama.

“Drive My Car” y “Yesterday” –títulos beatlescos– son dos historias felizmente desconsoladas. En la primera de ellas, un actor viudo (no es casual que interprete a Chejov; hay también mucho del ruso en el tempo y estructuras abiertas de Hombres sin mujeres) intenta esclarecer, lealmente, el enigma de su infiel amor, muerto pero inmortal, con una formidable chofer como única testigo. En la segunda, un joven aprendiz de escritor inspecciona la extraña y nunca consumada relación de un amigo con su bellísima novia soñando con una luna de hielo hundiéndose en el mar. Ambas funcionan como aproximación sin prisa ni pausa a “Un órgano independiente”, seguro lo mejor del volumen y entre lo más desgarrador y emotivo jamás escrito por Murakami (de aquí es de donde sale eso del “rayo de luz especial”) para recorrer el tránsito de un frívolo y casanova cirujano plástico, quien lleva una vida sin sobresaltos emocionales hasta que conoce el verdadero amor. Y se deja ir, atormentado y consumido por la incomprensión del horror de los campos de concentración nazis, así como del comportamiento del ser querido que no corresponde, y del insoportable hallazgo de que “las mujeres nacían con un órgano independiente especialmente diseñado para mentir”. El testigo y confidente de su desesperación acaba explicando que escribe todo eso para no olvidarse del doctor, porque “para mí, el método más eficaz de recordar algo es dejarlo por escrito”. Y, sí, las cuarenta y cuatro páginas de “Un órgano independiente” son y serán inolvidables para todo aquel que las recorra.

“Sherezade” revisita las coordenadas sexuales-narrativas de Las mil y una noches en la que una mujer opaca y sin demasiado atractivo (una autodefinida “ladrona del amor”) adquiere un brillo único con las historias que desgrana después del sexo y en las que, por ejemplo, asegura haber sido una lamprea en una encarnación anterior o evoca su pasado cada vez más presente como enamorada invasora de casa ajena. “Kino” se regocija en la atmósfera y penumbra del jazz-bar (otra constante autobiográfica) y se va inclinando y arrastrando, como el sauce y las serpientes que allí se describen, hacia lo sobrenatural, pero con una ambigua sutileza que, por esta vez, acerca a Murakami a los vivos-muertos psicologistas de Henry James, donde la negación del dolor es lo que alienta a lo espectral. Y lo espectral, para el barman, no es otra cosa que el dolor reprimido ante el fin del amor. “Samsa enamorado” –acaso lo menos interesante del conjunto– empieza como boutade (¿precuela?) kafkiana para derivar hacia lo inequívocamente murakamiano.

Hombres sin mujeres. Haruki Murakami Tusquets Editores 267 páginas

La breve coda “Hombres sin mujeres” nos despide con acaso el “modelo” ya clásico en Murakami que faltaba: M, la suicida en el presente que se esfumó en el pasado, imborrable a partir del talismán/magdalena de una goma de borrar. Y que de pronto, a partir de una llamada telefónica en una noche de insomnio, regresa a la vida de alguien que ha aprendido “la diferencia entre un símil y una metáfora” pero que en algún lugar conserva “mi yo de catorce años” que “espera con paciencia que un suave viento de poniente acaricie mi sexo virgen. Allí donde sople ese viento, allí estará M”. Y ese viento es el que antecede al rayo de luz especial que fulmina e instruye con una de las grandes claves y núcleos del Mondo Murakami nunca tanto ni tan magistralmente explicitado: “Convertirse en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte. Y en ocasiones perder a una mujer significa perderlas a todas... Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo tu cuerpo. Como una mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros... Es una mancha cualificada y, como tal, también tendrá su derecho a manifestarse en público de vez en cuando... Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer”.

A partir de la imborrable manifestación de ese centelleante sufrimiento, Haruki Murakami nos obsequia el gozo inmaculado de su mejor recopilación de textos breves y, acaso, del más inmenso de todos sus libros.

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