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Sábado, 30 de abril de 2016

CYNTHIA OZICK

NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ

En Metáfora y memoria se reúnen los ensayos de la enorme Cynthia Ozick, quizá la más importante escritora estadounidense actual. Desde su amor-odio por Henry James hasta las polémicas con Jonathan Franzen y Capote, pasando por reflexiones sobre el desarraigo y la extranjería –como chica judía que creció en Bronx– y también sobre la memoria y la escritura, estos textos cruciales y polémicos reafirman las posiciones de Ozick sobre qué es válido, y por qué, en literatura.

 Por Fernando Krapp

Cynthia Ozick declaró en una entrevista que está donde está porque no estuvo ahí. Ese “ahí”, lugar nebuloso y ambiguo, no es otro ahí que Auschwitz. ¿Fue Ozick una de las tantas inmigrantes que poblaron el Lower East Side de Manhattan cuando Nueva York recibió a miles de refugiados que llenaron los barrios bajos? Más bien no: sus abuelos escaparon de la vieja Rusia, persiguiendo el viejo señuelo americano por una vida mejor. Pero ese simple y al mismo tiempo complejo movimiento inmigratorio bastó para marcar no solo la narrativa de su nieta, convertida en una enorme escritora, sino también su mirada ensayística.

Los Ozick tenían una farmacia al norte de la ciudad, en el barrio de Bronx, cuando todavía era un campo con algo de caserío. La autora de Los papeles de Puttermesser suele también remarcar, en la horda de entrevistas que da cada año cuando se anuncian los “finalistas” para el Nobel, que sintió en carne propia ataques antisemitas y varios señalamientos en el barrio, gesto que no hizo más que resaltar un desarraigo heredado. El desarraigo produce una melancolía extraña; se añora una tierra desconocida. Una tierra que, para la niña Ozick, servía como paisaje o decorado en los cuentos de hadas que leía de chica. Desplazamiento, soledad y pertenencia: tres sensaciones que experimentó cuando comenzó a leer esos cuentos mágicos, y volvió a experimentar más tarde al meterse en la retorcida Jane Eyre de Charlotte Brontë, y más tarde cuando los poetas románticos la hicieron llorar en el baño de su casa. Sensaciones que no necesariamente tenían que ver con las historias narradas ni con sus peripecias ni con las figuras poéticas, sino más bien con el acto mismo de leer; con su efecto. Y al mismo tiempo, con la mirada, innovadora, que ese efecto generaba en ella.

Hay otro momento angular durante su formación. En el ensayo “La lección del maestro” incluído en el imprescindible Metáfora y Memoria (Mardulce) señala que perdió su juventud con Henry James. La declaración tiene cierto regusto pícaro de pérdida de la inocencia o descubrimiento sexual; algo de eso hay. Ozick, una joven de familia judía ortodoxda, con su eterna pollera por las rodillas, anteojos de marco grueso y grueso flequillo llovido hasta sus cejas, se convirtió en una vieja con ambiciones literarias de setenta años (siete años estuvo con una novela rocambolesca y filosófica de nombre impronunciable que nunca terminó). Quedó tan atrapada por la lectura y la influencia del último Henry James que llegó al punto de convertir su amor y su devoción en odio y revancha. Una vez más: desplazamiento, soledad y pertenencia.

Pudo bajarlo del pedestal y traerlo a tierra tras la lectura de la biografía de Leon Edel. Descubrió que James también comenzó a escribir con las mismas dudas de todo escritor primerizo. Y su amor por James volvió cuando comprendió el cambió profundo que el exiliado más famoso de la narrativa norteamericana tuvo en su narrativa. En “Lo que Henry James sabía”, Ozick analiza una de las novelas mas ambiciosas de James: La edad ingrata. Sin menospreciar el biograficismo (un gesto decididamente moderno), señala que, después del fracaso que James tuvo con su única obra de teatro, la obra posterior cambia radicalmente. De la novela decimonónica pasa a la novela que hoy conocemos: la que afila su punto de vista con recursos dramáticos empleados del teatro para mantener a raya los conocimientos ocultos. Ese punto de vista lo adquiere, dice Ozick, cuando James se enfrenta con el terror sagrado: cuando puede ver de frente la angustia del fracaso. “El relato penetra –o decodifica– al autor”.

Desde ese cambio en la escritura de James (que también trasladó a sus reflexiones y reseñas), Ozick también relee todas las experiencias literarias del siglo XX y del corriente siglo con el ojo puesto en la estética como una preocupación, no referencial, sino moral. James, el esteta, pudo verle la cara al vacío y afrontar un dilema moral. Y ese desplazamiento es lo que persigue Ozick cuando lee; la búsqueda de sentidos ocultos. Se puede pensar que leer a Tolstoi y juzgarlo por su amor a los cosacos sabiendo, gracias a la distancia temporal, que los cosacos no eran gente muy agradable, sea una provocación o una invitación a la polémica. O leer Crimen y Castigo al calor de los asesinatos modernos, o enojarse con el sobrino y biógrafo de Virginia Woolf por no centrarse en la literatura de su tía, parezca muy tirado de los pelos. Pero no: Ozick no es una posmoderna ni pretende hacer una deconstrucción de nada. Intenta revitalizar a los clásicos. Incluso, por momentos añora un tipo de literatura o de polémica que ya no existe (recordemos que vivió en plena pomada neyorkina, en internet se la puede ver debatiendo con Norman Mailer y Susan Sontag). Y ella misma es la primera en proclamar que hay que leer el siglo XIX pero con la convicción de que es un siglo muerto.

Muerto, sí, cómo el saldo de muertos que dejó el siglo XX. Para Ozick (y para cualquiera) uno de los siglos más horribles y despiadados de la historia de la Humanidad. Y una vez más, lo que atraviesa como una sombra, cada tanto, en todos los ensayos de Metáfora y memoria, es la marca del Holocausto. De ahí la funcionalidad (una palabra demasiado rusa, como sus antepasados) de la novela que excede incluso el acto de comunicar: “Para mi la literatura es la vida moral, con ciertas excepciones deslumbrantes”. Esa forma de revisión o, mejor dicho, de retorno (a la lengua, a las novelas, a la escritura), se da por medio de la metáfora. La metáfora es lo que permite interpretar la memoria, o como asegura ella misma, gracias a la metáfora podemos imaginar nuestro pasado, y a la inversa: “Las grandes novelas transforman las experiencias en ideas porque ese es el modo en que la metáfora transforma la memoria en un principio de continuidad”.

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick Mar Dulce 432 páginas

Ante las amenazas de la autorreferencialidad, el solipsismo o el esteticismo formal, Ozick impone la fuerza de la Historia. Por eso la importancia de las fechas en los que estos ensayos fueron publicados. El contexto ratifica sus sentencias. “A veces, por un capricho de la Historia, las palabras correctas se dicen en el momento equivocado”, señala. Despluma a Truman Capote en 1973 por frívolo desde su primera novela hasta la celebrada A Sangre Fría, que considera un mero mecanismo que no logra comprometerse ni con los criminales ni con el lector. Atenta contra el revuelo mediático que generó Jonathan Franzen cuando se negó a ir al show de Oprah, y se lamenta que la polémica literaria pase hoy en día por escenas relacionadas con la publicidad. Relee a toda una generación de escritores norteamericanos, la mayoría olvidados, previos a la Generación Perdida, que estudiaron en Europa y volvieron a Estados Unidos educados bajo los parámetros de la rima y los gustos refinados. Su lectura extranjera en una tierra acaramelada por la espera de la novedad nos hace negar, como ella misma afirma, nuestras propias convicciones sobre lo que es válido o no, en literatura. Esa es la función de un ensayo.

Y obviamente, también reflexiona sobre la escritura. Reflexiones que no solo amplía acá, en estos ensayos obligatorios, sino que viene desarrollando, como ya lo hiciera su amado y odiado Henry James, en su narrativa. La escritura como una forma de generar identidad; que permita interpretar el desplazamiento, palear la soledad y acentuar un estado de pertenencia.

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