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Domingo, 22 de mayo de 2016

EN FOCO > NATALIA GINZBURG

CHEJOV A NUESTRO LADO

A la manera de Raymond Carver, la escritora italiana Natalia Ginzburg abordó la figura de Chéjov en una breve e intensa biografía marcada por el dolor, un sutil retrato que logra asumir el programa de escritura del biografiado antes que una mera acumulación de datos de una vida.

 Por Guillermo Saccomanno

Cuando un escritor biografía a otro suele notarse una previsible identificación. A veces, el interés de uno por el otro pasa por una internalización del estilo del biografiado, borramiento de la propia personalidad o deliberada mimetización con el otro: la forma de contarlo deviene travestismo, ser el otro. No tanto la data minuciosa de anécdotas y acontecimientos como la asunción de la escritura del otro como programa en quien lo biografía. Y este, sin duda, es el caso de la biografía de Chejov de Natalia Ginzburg (1916-1991). Es interesante, para quien ha leído entre tantas biografías la debida a Henri Troyat, investigador minucioso, comparar su trabajo de investigación con la operación narrativa de Raymond Carver en “Tres rosas amarillas”, abominable traducción de su relato “Errant”. El relato de Carver proviene de un saqueo de la biografía de Troyat, pero se limita a un recorte de los últimos momentos de Chéjov en el hotel Sommer, en Badenweiller, una ciudadela con aguas termales de la Selva Negra donde el escritor ruso procuraba un reposo pacificador de su tisis. Carver no sólo no es un profesional del género biografía, tampoco lo pretende. Lo que le apasiona, siguiendo el razonamiento acerca de la proyección y la especularidad, es otra cosa: ser Chejov. De hecho se asume como discípulo suyo. Y se centra en la figura del mandadero del hotel que asiste a la inminente viuda, su “gaviota”, la actriz Olga Knipper. Prodigio de economía retórica y sutileza, lo interesante del relato no es un aporte con nueva información sobre la agonía y muerte de Chéjov sino la puesta del estilo chejoviano, esa capacidad de captar los matices esenciales de una trama sin necesidad de redundar en detalles decorativos. Es decir, un instante de vida a través de mínimos elementos compositivos. Carver pensaba, al modo Chejov, que si una historia puede contarse en diez palabras, para qué emplear once.

Estas reflexiones pueden resultar oportunas al leer Antón Chéjov: Vida a través de las letras de Natalia Ginzburg. La identificación de la escritora italiana con el autor ruso no es casual. Su misma vida es comparable en desgracias con las de su venerado Chéjov. Hija de una familia burguesa acomodada, hija y nieta de militantes socialistas, nacida en Palermo fue criada en Turín. Su apellido natal era Levi y el Ginzburg que habría de adoptar sería el de su marido Leone, ruso, profesor de literatura rusa. El matrimonio se relacionó en Turín con los intelectuales antifascistas. Junto con su marido y el editor Giulio Einaudi, fundaron la editorial que nuclearía también a Cesare Pavese, Carlo Levi, Elio Vittorini e Italo Calvino, entre otros. El fascio no tardó en perseguir a los judíos y cernirse sobre la pareja. Leone y Natalia, junto con sus tres hijos, fueron confinados en los Abruzzos. Poco después Leone, detenido, moriría torturado en la cárcel de Regina Coeli. En los años 50, Natalia conoció a Gabriele Baldini, un profesor de literatura inglesa. De esta unión, nacieron dos hijos. Al igual que Chéjov, si una constante marcó su existencia fue el dolor. Su rostro sufrido puede verse al encarnar a María de Betania en el Evangelio según San Mateo de su amigo Pier Paolo Pasolini. Militante de izquierda, diputada del PCI en los ’80, nunca capituló en su ideario comunista. Como traductora fueron importantes sus versiones de Flaubert, Proust y Maupassant. Publicó una obra reconocida por la delicadeza de su aliento realista, preocupada por reflejar los conflictos de su tiempo y los personales. La suya es una subjetividad nada autocomplaciente con sus padecimientos. De su narrativa, en nuestro país circularon años atrás Querido Miguel, Todos nuestros ayeres y la Ciudad y la casa.

Su biografía de Chéjov está lejos de ser lo que se espera de un relato de género y aunque alude a un encare a través de su literatura, tampoco se plantea como texto crítico o análisis literario. Va por otro lado. El de la escritura chejoviana.

Antón Chéjov; Vida a través de las letras. Natalia Ginzburg Acantilado 83 páginas

Chéjov nació en 1860 en Taganrog, una ciudad chica a orilla del mar de Azov y murió, como se dijo, en Alemania en 1904. Su ataúd fue repatriado en un vagón de tren que cargaba ostras. A Ginzburg le bastan poco más de 80 páginas para describir cuarenta y cuatro años de una vida intensa. Un relato casi sinóptico, un tono prescindente de cualquier atisbo elegiaco, consigue captar en tono chejoviano los capítulos claves de una corta y atormentada existencia. El padre tabernero y borracho que lo azota con el cinto, los cinco hermanos de los que no consigue librarse, la hermana que lo quiere incondicionalmente, el título de médico obtenido con sacrificios, la escritura como actividad secundaria que lentamente se convertiría en su principal ingreso al vender cuentos que evolucionan del aguafuertismo humorístico al relato dramático, sus esfuerzos en atender gratuitamente a sus pacientes en la miseria y sus preocupaciones por la salud social, su suerte incierta como dramaturgo hasta que finalmente roza una cierta fama y luego escala a la consagración, el amor difícil con su mujer actriz. Todas y cada una de estas situaciones se articulan sin pausa como respondiendo al mandato de un destino amargo que se va precipitando. Cuando el escritor parece a punto de zafar de un apremio económico, ahí está la familia requiriendo su ayuda. Los hermanos aparecen y reaparecen, como el padre, sombras ineluctables. Chéjov vive de los adelantos que arranca a editores que, si bien pueden resultar graciosos y simpáticos resultan patéticos canallas. Su relación con el director Stanislavski tampoco es fácil. “En los ensayos tenía la costumbre de introducir el tic tac de relojes, el sonido de timbres y sonajeros, incluso el canto de grillos”, consigna Ginzburg. “Quería que se oyeran los ladridos de perros auténticos para dar sensación de realidad y Chéjov encontraba absurdos todos estos ruidos”. Entre sus amistades, además de Ivan Bunin y Máximo Gorki, está el entrañable León Tolstoi. En 1985 lo visita en su dacha de Yasnaia Poliana. “De Tolstoi, Chéjov solía decir que cuando hablaba con él caía totalmente en su poder. Decía que era un ser extraordinario, un ser casi perfecto. De Chéjov, por entonces, Tolstoi decía: “Es un hombre de gran talento, de buen corazón, pero hasta ahora no me parece que tenga un punto de vista definido sobre la vida”. A Tolstoi le disgustaba su teatro, lo encontraba aburrido y sin un objetivo. En cambio le encantaban sus cuentos y, a través de su lectura, lo juzgaba un auténtico representante del alma rusa.

Hay una anécdota de Chéjov que consigna, según Troyat, su dogma estético. Un día un amigo lo encontró escribiendo en un banco de plaza. El amigo curioseó el escrito y vio un relato cargado de tachaduras. “Se conocieron, se casaron y fueron infelices”, dijo. Y le preguntó: “¿Eso es todo?”. Con su ironía Chéjov le contestó: “¿Hay algo más?”. Potenciando el dogma chejoviano, Ginzburg construye el relato de una vida que parece responder al designio de la fatalidad. Ni piedad ni tentación lacrimógena. “No llorar, no maldecir, sino comprender”, pedía Spinoza. Y esta consigna se manifiesta en la concisión aguda de Ginzburg. Al concluir este relato tan breve se tiene la impresión de que Chéjov estuvo a nuestro lado y, al marcharse, silencioso, lo deja a uno pensando. Tal como se proponía con sus cuentos. No otro es el milagro que produce Ginzburg.

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