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Domingo, 12 de junio de 2016

DOMINICK DUNNE

GUARDAR UN SECRETO

Cronista estrella de la edición norteamericana de Vanity Fair, Dominick Dunne se consagró como escritor cuando en 1985, y siguiendo la estela de Truman Capote, escribió una novela en clave sobre un presunto crimen real en la clase alta. Las dos señoras Grenville combina thriller, chismes y secretos, y es una excelente puerta de entrada para conocer a un personaje extraordinario: su propio autor.

 Por Rodrigo Fresán

Cuentan los que trabajaron de cerca con él, durante años, en la edición norteamericana de Vanity Fair, que Dominick Dunne siempre empezaba a contar algo con la misma frase: “Déjame que te describa la escena”. Y todos sin excepción coincidían en que lo que venía después era, invariablemente, una historia formidable. Una historia verdadera que el hombre dunneizaba mejorando el tempo dramático, subrayando detalles y, por que no, de tanto en tanto añadiendo algún detalle de su cosecha pero que resultaba imprescindible para terminar de comprenderla, para hacer más real aún.

Y fueron muchos los años –más de media vida– que Dunne demoró en descubrir esta rara forma de genio que, para muchos, lo ascendió a una suerte de Truman Capote pocket/diet/light y, para otros, lo convirtió en alguien con un mayor talento y tacto a la hora de tratar a los ricos y los poderosos sin que estos lo expulsaran de su infernal paraíso.

Así, Dunne tomó una copa de chismes que Capote ya había servido –y por la que había sido desterrado del Upper East Side al publicar “La Côte Basque” en 1965, en Esquire– y, astuto, lo convirtió en un best-seller internacional. Todo narrado por un tal Basil Plant: una especie de Truman Dunne investigando, a sangre fría, un difuso episodio verídico y criminal en la alta sociedad neoyorquina que Life denominó como “El Tiroteo del Siglo”. A saber: lo que sucedió la noche del 30 de octubre de 1955: la muerte “accidental” del heredero William “Billy” Woodward, Jr. a manos de su esposa Ann Woodward, hasta entonces conocida por su mala puntería, quien no demoró en ser exculpada y protegida por su suegra, Elizabeth Woodward, para “no dar que hablar” y todo eso.

Ann se suicidó con pastillas cuando supo de las intenciones de Capote de “reabrir el caso” y Elizabeth comentó: “Bueno, ella mató a mi hijo y Truman la mató a ella, y ya no tendremos que preocuparnos del asunto”.

El resultado de todo lo anterior en manos y pluma de Dunne, Las dos señoras Grenville, de 1985, alguna vez en Grijalbo y ahora rescatada por Libros del Asteroide; primer gran éxito nunca superado de Dunne en el género de la gossip-novela y del best-seller à clef; aunque también se haya arriesgado en entregas posteriores y con gracia a chapotear en el fango dinástico de encarnaciones ficticias-no-ficticias de los Kennedy y a alguna reaparición de Plant, quien cada vez se parecía menos a Capote y más a él, es exactamente aquello que debería tener la obligación de ser todo aquello que sube a la lista de más vendidos: una gran trama, muy bien contada, y con una prosa cuya funcionalidad no renuncia a destellos de elegancia y, por qué no decirlo, un genio apto para todo público y lector. “Soy un receptáculo de secretos ajenos y hace tiempo que he entendido que guardar un secreto no tiene sentido”, se lee en la página 373 de Las dos señoras Grenville.

Y, claro, es una lástima que ya no haya alguien como Dunne para contar la novela de Dunne. Material no le hubiese faltado, hay material de sobra.

Algunas páginas sueltas posibles... Dominick Dunne (Estados Unidos, 1925-2009) luchó en la Segunda Guerra Mundial y fue condecorado, fracasó como productor de cine y TV, cayó en el alcoholismo y la drogadicción y fue descartado como perdedor hollywoodense. Y, cuando todo parecía perdido, triunfó con Las dos señoras Grenville. Fue, desde 1984 hasta su muerte, una de las firmas recurrentes e imprescindibles de Vanity Fair. Las dos señoras Grenville fue miniserializada por la NBC en 1987 con relativo brillo. Pero, mejor, buscar y encontrar a Dunne en persona como anfitrión de su propio espacio tribunalicio en Court TV o como estrella del bio–documental Dominick Dunne: After the Party.

Luego de que su hija, la actriz en ascenso Dominique fuese estrangulada por su novio (su otro hijo es Griffin, protagonista de After Hours de Scorsese), Dunne –a modo de catarsis/terapia–se convirtió en experto cronista judicial. Reportó con precisión e ironía los juicios más estelares: entre otros, los de Claus von Büllow, O.J. Simpson, los hermanos Menéndez, Robert Blake, Phil Spector y–a pedido de Tina Brown, para su debut en Vanity Fair– el del asesino de su hija.

Las dos señoras Grenville. Dominick Dunne Libros del Asteroide 408 páginas

Dunne fue hermano del también escritor John Gregory Dunne, autor de Confesiones verdaderas, guionista de cine y casado hasta el final con Joan Didion. No fue una relación fácil. Competencia, celos y, finalmente, una reconciliación/obituario emotiva de Dominick para John Gregory. En las páginas de Vanity Fair, por supuesto.

Dunne –quien se definía como “bisexual célibe encerrado en un armario”– decía ser “el tipo de persona a la que la gente le cuenta cosas”.

En su funeral –fue expreso pedido y última voluntad– se escuchó “Anything Goes”, de Cole Porter.

Y fue una velada de lo más concurrida.

Estuvieron todos.

Déjame que te describa la escena.

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