libros

Domingo, 22 de junio de 2003

RESEñA

Juventud, divino tesoro

Libros prohibidos
Ana María Shua

Sudamericana
Buenos Aires, 2003
204 págs.

por Andi Nachon

Con ademán amoroso, Ana María Shua nos propone aquí un entramado de lecturas, apenas un fragmento, que gira hacia atrás y hacia adelante con un vértice histórico estratégico: 1969, sus dieciocho años. Como lectora apasionada, Shua sabe que se trata tan sólo de un recorte y a la vez, explicita el gesto de intimidad que develar las propias lecturas conlleva. Por eso dice: “No, decididamente no confieso. Pero puedo contar una parte de la historia, la que yo elija. Puedo ponerle un límite a la confusión general y detenerme en algún punto de mi carrera de lectora”.
Libros prohibidos nos permite atisbar esas primeras lecturas, indudablemente formativas, que signan a la persona que las transita. Pero aún más, Shua nos deja entrar en un momento clave de su propia biografía: ese fin de la adolescencia donde aún la infancia está tan cercana pero que es sin dudas umbral del adulto que seremos. Con esa medida combinación entre pudor y desfachatez que alienta su prosa, la escritora nos niega su biblioteca o las lecturas de su actualidad pero, obsequiosa, nos permite mirar en los sitios donde esos libros, que llevamos y nos llevan, crecieron irremediablemente. Así se arma esta trama de azares y regalos, con la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh, leída en las visitas a casa de unos tíos, o el descubrimiento de Akutagawa (y tantos más) gracias a las lecturas de Cortázar. Desde la pasión por ser otro y vivir otras vidas, marca donde todo aquel que fue un lector niño se reconoce, hasta el deslumbramiento, allí adonde la literatura nos recuerda que ninguna historia humana termina bien, y al mismo tiempo, nos sirve para sumergirnos una vez más en la ilusión de la eternidad.
Libros prohibidos arma una bellísima antología donde cada texto tiene su tarjeta de presentación en el relato de Shua por el porqué de esa presencia. De esta manera se arma una selección en apariencia caprichosa, aunque claramente signada por lo biográfico y por el paradigma de una época. Hay sorpresivas y entrañables elecciones como los poemas de Miguel Angel Bustos, “La debutante” de Leonora Carrington o “Días felices” de Beatriz Guido. Y también esa rara curva que señala el apartado titulado Borges, en el que aparece un interesante acercamiento a “El Aleph” –en clave relato de amor– al tiempo que se analiza la figura borgeana, desde su controversia y también a través de la dupla Borges/Cortázar y su significación para las siguientes generaciones de escritores. Pero Shua bordea hábilmente este espacio central tomando un camino lateral. De las voces posteriores, ella optará por la aparentemente más lejana, y así Borges antecede uno de los fragmentos más intensos de Boquitas Pintadas de Puig: el reencuentro entre Mabel y Nené, a la hora del mate, para otra vez volver a escuchar la radionovela de amor de la tarde.
Y son estos gestos los que hacen que Libros prohibidos produzca el vértigo que hoy daría espiar el morral que una chica de los sesenta combinaba con su minifalda, entre tertulias de café y marchas. Así, más de tres décadas después, cada cuidada presentación opera como lente que nos recuerda otras formas de ser joven, cuando los hijos de la clase media argentina estaban atentos a las últimas publicaciones, discutían de sexo, política, arte y compromiso social en bares, y se creía en un cambio mucho más profundo que cualquier revolución política. Al brindarnos aquellas lecturas, Shua logra un esbozo de esa juventud que fue, y nos impulsa a imaginar el país que tal vez hubieran podido forjar. Hecho que gana toda su significación en el último apartado, Dictadura: 76-83. Efectos de lalectura, que precede no a un texto antologado, sino a un largo listado de los libros eficazmente censurados durante ese período.
Dijimos, 1969: el vértice para este fragmento preciado que Ana María Shua nos obsequia contándonos cómo fue leer cuando ella tenía dieciocho años, Boquitas Pintadas era best seller, el boom estaba sucediendo y, en Buenos Aires, Centro Editor, Eudeba, De la Flor y tantas otras editoriales publicaban literatura argentina y traducciones inéditas aquí y en los demás países de lengua española. Apenas antes de ese período que condenó al horror, el miedo o el silencio a los jóvenes que habrían sido capaces de leer, entrever y escribir otra historia.

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