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Domingo, 28 de septiembre de 2003

PERFILES

Edward Said (1935-2003)

Cada vez que Catherine David (curadora de la sección “Representaciones del mundo árabe” en la 50ª edición de la Bienal de Venecia) escribía un correo electrónico, era de rigor que diera noticias sobre la salud de Edward Said. Esta vez los cables de noticias se le adelantaron: a los 67 años, la madrugada del jueves pasado, Said murió, víctima de la leucemia que sufría desde hace diez años.
Nacido en 1935 en Jerusalén, en el seno de una acomodada familia anglicana palestina, Said llegó a ser un agudísimo crítico literario y uno de los más lúcidos intelectuales de su generación. Junto con Daniel Baremboin, recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y era candidato al Premio Nobel de la Paz. Desde 1963 era profesor de Literatura inglesa y Comparada en la Universidad de Columbia, de Nueva York. Había pasado su infancia en El Cairo y en Líbano. Se educó en las universidades norteamericanas de Princeton (1957) y obtuvo su maestría y doctorado en Harvard (1960, 1964). Las principales universidades de ese país (John Hopkins, Yale, además de las mencionadas) lo tuvieron en su cuerpo docente. Su primer libro, Beginnings, es un brillante e insuperable estudio de los comienzos literarios (los comienzos de una obra, los comienzos de un texto). Es allí, pensaba el joven Said, donde se juega la política de la literatura.
En el campo de las literaturas comparadas y los estudios culturales, la influencia de su libro Orientalismo no ha cesado: allí el crítico examina el modo en que la modernidad occidental ha descripto históricamente las culturas de Oriente a través de estereotipos que, lejos de responder a un mero efecto de perspectiva, fueron funcionales a los proyectos colonialistas. Said fue, sin duda, uno de los pilares de los estudios poscoloniales y sobre subalternidad, perspectiva que desarrolló también en Cultura e imperialismo, Representaciones del intelectual y Poder, política y cultura.
En los más de treinta libros que publicó, además de la literatura y la teoría cultural, abordó la musicología y la política internacional (La política de la desposesión, La cuestión de Palestina, Crónicas palestinas, El fin del proceso de paz, entre otros).
Fue miembro independiente del Consejo Nacional de Palestina desde 1977 hasta 1991, cuando rompió con Yasser Arafat en la convicción de que los acuerdos de paz de Oslo eran una traición para los refugiados palestinos. Said se opuso a ese “Versailles palestino”, al que consideraba un golpe a los derechos humanos y nacionales de sus compatriotas, y propuso en cambio un país integrado y democrático. En septiembre de 1996, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) presidida por Arafat prohibió sus obras debido a sus críticas. Además recibió múltiples amenazas de muerte por parte de los seguidores del político ultraderechista israelí Meir Kahane, fundador de la Liga de Defensa Judía.
En su autobiografía Fuera de lugar y en Reflexiones en el exilio (que publicó consciente de su enfermedad y como preámbulo de su desaparición) dejó testimonio de sus experiencias y el modo en que a partir de ellas construyó un punto de vista sobre el presente, cosa que pocos intelectuales en su situación consiguieron hacer con cierta solidez.
El JTA, periódico de noticias judías, luego de insistir en que Said habría falsificado parte de su autobiografía para perjudicar al Estado de Israel, termina su obituario recordando que “recientemente, Said fue fotografiado tirando piedras a las tropas israelíes desde la frontera libanesa”. El episodio es parcialmente verdadero. En el 2000, Said visitó una zona del sur de Líbano recientemente evacuada por el ejército israelí. En adhesión a la costumbre local de arrojar “piedras de celebración” a través de la frontera con Israel, Said arrojó una y un fotógrafo capturó la escena. Fuera cual fuese el significado de esa imagen, lo cierto es que las intervenciones de Said son como esas piedras arrojadas más allá de un borde: una cosa sólida en busca de un sentido. Ahora, los estudios culturales y la causa palestina han perdido a su más lúcido representante.

Daniel Link

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