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Domingo, 28 de septiembre de 2003

ANIVERSARIOS

Todo con exceso

Por Sergio Di Nucci

Durante los treinta años que nos separan de la muerte del poeta y dramaturgo norteamericano de origen inglés Wystan Hugh Auden (1907-1973), pocas fueron las opiniones que divergieron de las que sobre él se sostuvieron en vida. Una sombra no ha hecho más que extenderse sobre su figura, y algunos la adjudican a su tensa protesta en contra de las seducciones –tan siglo XX– del irracionalismo fácil y sus crueldades. Mal conocido (como todo el pasado, pero sobre todo el pasado inmediato), desfigurado bajo el peso de imágenes adversas o laudatorias, Auden irradió, para bien o para mal, ámbitos que excedieron los de la literatura. Y en esto quizá primó un carácter adverso a ese ambiguo purgatorio que el éxito impone a todo artista.

Cambiar lo prometido una vez
Auden es el poeta quintaesencial de la Década Roja, el entusiasta del vigoroso New Deal de Roosevelt, pero también de los frentes populares (en España y en Francia) contra el fascismo. A fines de los ‘30, Auden ya había trazado una figura excepcional y extravagante en la poesía inglesa. Fue dueño de un virtuosismo técnico raramente conocido durante el siglo XX en la poesía de cualquier país occidental (el mexicano Salvador Novo sería una buena comparación en español). Escribió poemas irónicos y enigmáticos donde se celebraban las bodas de la tradición y la innovación, la aventura y el orden, en donde hizo desfilar a todos los temas de las vanguardias políticas y artísticas. Pero todos los procedimientos de esas mismas vanguardias fueron burlados y escarnecidos por un poeta moderno que usaba sólo excepcionalmente el verso libre. Sus poemas hablaron de Marx y de Freud, del paleolítico y de los aeroplanos, de laboratorios químicos y de enfrentamientos callejeros de los proletarios contra la policía. Hoy en Buenos Aires Auden encontraría en las villas la vida que extrañaría en San Telmo o Palermo.
El novelista y “camarada de ruta” literario Christopher Isherwood vio en los poemas de Auden una épica de alumno pobre de escuela primaria, obsesionado por la ciencia popular y por semanarios de aventuras y noticias no menos populares. También advirtió una tendencia ritualista, que habría de predominar en el Auden de los ‘50 y ‘70, cuando, revolucionario consecuente, se hizo conservador (en 1946, Auden era ciudadano norteamericano).

Un hombre nuevo
El Auden de los ‘30 había sido un poeta optimista. En su visión, Freud y Lawrence liberaban al hombre de sus represiones y de la sumisión a un Orden cultural travestido de Naturaleza; Marx y los revolucionarios reivindicaban al proletariado; e incluso la industria moderna redimía, con sus productos y costumbres homogeneizadores, la antigua división brutal de clases sociales. Famosamente, Auden celebró esta vida en el Berlín de la República de Weimar, que llegó a su fin con la victoria electoral de Hitler en 1933. El período de las ilusiones perdidas comenzará definitivamente con la Segunda Guerra.
A partir de 1940 comienza el desencanto con las seductoras utopías revolucionarias. Por favor, que los viejos predicadores no vengan con aquello de que “hay que cambiar el mundo”, “hay que transformar la vida”. Nadie más adverso que Auden a las ideologías sesentistas y al Mayo Francés. El mundo es terrible, pero se debe tener la extravagancia, el delirio (o la valentía) –no existen otros mundos– de vivirlo como si fuera todo lo contrario, de descubrir el bien en medio del mal. Auden anuncia este desengaño con un poema en que descalifica a Rimbaud, icono y profeta de su generación. Para él, Rimbaud no fue una creación distinguida y revolucionaria, sino un estallido incontrolado de retórica, un enfermo de poesía especialmente grave, que se salvó al abandonarla, y murió del abandono de Verlaine (la persona, no el poeta) a pesar de correr a Africa en busca de una solución real. A partir de entonces, para Auden habrá que buscar la bondad no en altas utopías, sino en el compañero, que puede ser medio torpe y medio tartamudo como es el compañero del protagonista deMoby Dick de Melville. Y el mal no está en otro lado, no es el gran enemigo, sino el pariente, el vecino, uno mismo.
Después de olvidar a Rimbaud, después de matizar su fervor por Kierkegaard, de quien no olvida su fondo moral, Auden escandalizó a su generación con una admiración nueva: Voltaire. Los románticos y los vanguardistas lo detestaban. No toleraban en Auden su lucidez eficaz pero nunca gratuita o complaciente, ni su optimismo a pesar del pesimismo, ni su risa de habitante de este mundo, tal como es, que descree de todas las mitologías. Los choferes o cadetes de Novo, los jóvenes juerguistas de Kavafis, los proletarios británicos o berlineses o americanos de los poemas de Auden carecen siempre de prestigios míticos. Se obsesionan por una película, son capaces de apostar y de robar y de golpear por una noche de parranda con alcohol o drogas o cumbia.
Como los camaradas whitmanianos, resultan demasiado callejeros o directamente delincuentes para los ciudadanos a quienes desvela votar por Macri o por Ibarra. Y como la del mexicano del DF o el griego de Egipto, la de Auden es una homosexualidad que escarnece el ensueño moderno de Grecia como paraíso de efebos de mármol. Pero que también repudiaría con humor cualquier unión de la sexualidad con el imperio de nuevos cánones de belleza, y aun con los criminales, profesionales y erotizados, de Genet. Nada más lejos de la divinidad o del superheroísmo que la impureza humana de los protagonistas de sus poemas, capaces de tonterías y gastritis, de trampas y delitos, de mentiras y banalidad.
El de Auden es un mundo que niega el de George o Cernuda, con sus arquetipos perfectos que dejan anhelante e insatisfecho al poeta. Nada menos adolescente, nada más posible: como para Kavafis, la plenitud sexual empieza en el hombre desocupado de apenas treinta años.

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