libros

Domingo, 12 de octubre de 2003

RESEñA

A sangre fría

Cuando me muera quiero
que me toquen cumbia
Vidas de pibes chorros

Cristian Alarcón
Norma
Buenos Aires, 2003
220 págs.

por Florencia Abbate

No es poco lo que se puede pensar a partir de la figura de Víctor “El Frente” Vital, un chico de la villa San Francisco que, a los 17 años, fue fusilado por un cabo de la Bonaerense después de un asalto. El libro de Alarcón empieza con lo ocurrido aquel día, 6 de febrero de 1999. Vital había huido y logró refugiarse en un rancho de su villa; estaba escondido debajo de una mesa cuando el sargento entró, y llegó a gritar que se entregaba antes de que los disparos le destruyeran la cara. En torno de la pregunta “¿Quién era El Frente?”, Alarcón despliega un excelente relato que articula sucesos y voces, absteniéndose de interpretarlos. Su investigación habilita por lo menos tres lecturas.
La primera surge de los testimonios de quienes conocieron a Vital y hoy le dan la envergadura de un héroe: una suerte de Robin Hood villero. Una de sus proezas fue atracar un camión repartidor de lácteos y distribuir el botín en la villa: “Miraba cómo los chicos se tomaban los yogures, y él se tomaba un bebible y decía ‘Esto es vida’”. Lo que lo define no es tanto la generosidad –puntúa Alarcón– sino la pasión por el derroche: “Y la fiesta era, por supuesto, el máximo y más brillante escenario del gasto del dinero robado”. Su figura tiene en este punto la fascinación estética que puede ejercer un vitalismo de suburbio. Pero la imagen estaría incompleta sin el otro motivo de su “santificación”. Lo querían porque respetaba y hacía valer normas de tiempos mejores: era uno de los últimos bastiones de la vieja “ética delincuencial”.
La segunda lectura es aquella que ve en él a una víctima antes que a un héroe. Su historia testimoniaría una aciaga realidad: la de chicos que habitan espacios sin Estado donde nada garantiza los derechos de la ciudadanía, cuyo tiempo se pasa inhalando pegamento en una esquina, o entre cumbia villera y “jarra loca” (alcohol y pastillas), que integran banditas cuyo más fuerte lazo identitario es el odio al policía, habitués de institutos de rehabilitación donde se aplican castigos infrahumanos, o de cárceles donde algún preso llegó a degollar a otro por un poco de leche y una feta de fiambre. No puede no haber víctimas en un país donde casi diez millones de menores integran hogares con ingresos inferiores a 300 pesos. Y menos aún si circulan “escuadrones de la muerte” al comando de policías que, con “aval” judicial, gestionan “agencias de seguridad” ilegales cuyas ejecuciones solventan, mediante una cuota mensual, “vecinos decentes”. Policías capaces de armar, como promoción de su campaña de “limpieza social”, álbumes de fotos que exhiben los estremecidos rostros de los chicos al momento de ser fusilados. El texto de Alarcón deja ver esa Argentina que sólo organizaciones como la Correpi vienen denunciando. No muchos se han preocupado por los 1300 cadáveres de chicos que desde el ‘83 se anotó el “gatillo fácil”. Se sabe que aun en las naciones democráticas no todas las vidas valen por igual. Las suyas, a juzgar por la manera en que los tribunales arbitran sus casos (el asesino de Vital, sin ir más lejos, fue sobreseído), no valían nada.
La tercera lectura es acaso la más sugestiva: Vital como hijo de la Argentina menemista, con toda la ambigüedad que implica. Un “pibe chorro” de estilo “entre paternalista y burlón, canchero”, dadivoso con el amigo al que le urgiera comprarse un choripán o cocaína. Ése que –en lugar de sumarse a los que en el Tren Blanco volvían de hurgar la basura de los nuevos ricos– robaba y distribuía para que a la villa llegara “la fiesta que los sectores más acomodados vivían a pleno, con el gobierno de la corrupción, el tráfico y el robo a gran escala”. Si las mafias políticas tenían su fiesta, si la mafia policial tenía su fiesta, si los dueños de los countries de la zona tenían su fiesta, ¿por qué los pibes de la villa no querrían también tener la suya? El asunto que no tiene nada de festivo es que esa fiesta (la que celebran las cumbias que dicen “Llegamos los pibes chorros/ queremos las manos de todos arriba”, o “Me tomo unos minutos/ me tomo un tetra”) a su modo también es mafiosa y funcional a las fiestas de los poderosos. De ahí que este brillante libro de non-fiction resulte un documento muy valioso para todo el que quiera pensar sin autoengaños la Argentina del futuro.

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