libros

Domingo, 16 de noviembre de 2003

La generación de la melancolía

Los viejos amigos
Rafael Chirbes

Anagrama
Barcelona, 2003
221 págs.

Por Martín De Ambrosio

Resignación, impotencia y, en cierto modo, arrepentimiento, además de esa melancolía que en ocasiones alcanza alguna tristeza metafísica, porque –ya se sabe– el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos y hay pocas cosas de las que enorgullecerse y poco tiempo y nulas posibilidades de modificar lo que está mal. Ésos son los componentes conceptuales de la nueva novela de Rafael Chirbes (Valencia, 1949, también autor de Mimoun y La buena letra, entre otras), escritor no tan conocido en Argentina pero que ciertamente exhibe virtudes como para tenerlo en cuenta.
Los viejos amigos está estructurada en quince capítulos-fragmentos escritos en primera persona, en los que cada personaje (todos ex camaradas de los intentos revolucionarios españoles durante el régimen de Franco) va contando cómo lo ha afectado la bendita mala idea que han tenido: juntarse a cenar después de mucho tiempo. El desarrollo de esa cena es la excusa para exponer algunas miserias internas del grupo, pero sobre todo permite mostrar cómo aquellos revolucionarios devinieron en burgueses, y no cualquier tipo de burgués: burgueses desencantados, estériles, viciados del cinismo que se contrae tras haber fatigado durante años la ingenuidad. Predominan, entonces, los recuerdos de la juventud y la revolución que no fue. Y, claro, aparece el arrepentimiento. Tal vez no tanto el arrepentimiento por no haber conseguido hacer la revolución, sino por haber alentado la creencia de que la revolución llegaría con sólo proponérselo seriamente. La novela cae a veces en esa tristeza impotente propia de –por poner un ejemplo– las películas de Aristarain (sobre todo las últimas) y patina en reflexiones banales (“Hicimos bien el diagnóstico, pero no nos dimos cuenta de que no hay medicina”), pero esos deslices no son decisivos. A la gracia de la pluralidad de voces que construyen el relato, Chirbes agrega sutilezas y dosis de amargura abundantes y bien administradas, de modo de dejar bien sentado cómo una generación marcada por el franquismo fue erosionada inexorablemente por el tiempo y fue llevada –por ejemplo– a votar (primero) y a odiar (después) al PSOE de Felipe González. (Como las vanguardias se parecen, desde luego, cualquier semejanza con la Argentina no es pura coincidencia.)
Algunas agudezas (un personaje recuerda que le dijeron: “Nunca llegarás a ser un revolucionario, te gusta demasiado la literatura”, y “Venderías a Lenin por una buena novela”) matizan esos momentos en que Chirbes se debate con los clichés y hace aparecer, por ejemplo, a un personaje como Demetrio, artista homosexual, para colmo portador del HIV, que debe cuidar de su pareja, ya en la etapa terminal de la enfermedad. Ahí concluye, sin embargo, el déjà-vu que amenaza al personaje: los capítulos en los que se oye su voz son los más logrados. Con rara lucidez, Demetrio descree de las más extendidas falacias posmodernas y ataca a “los falsos profetas de la bobaliconería socialdemócrata”, que creen que todo depende de la actitud que cada uno ponga para enfrentarse a la realidad.
En definitiva, con claroscuros, Los viejos amigos es una novela arriesgada, tonal, coral –ostensible influencia de José Saramago–, que se juega (y gana) en las múltiples voces de una generación que se siente, no sin razón, frustrada.

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