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Domingo, 1 de febrero de 2004

LECTURAS DE VERANO

Tras los pasos de Marlowe

Dos novelas de Henning Mankell distribuidas a fines
del año pasado por Tusquets constituyen excelentes vías de escape a los rigores de la canícula.

POR LEONARDO MOLEDO Y FEDERICO KUKSO

0. Cuando uno, lector local, oye hablar de género policial duro, normalmente piensa en los Estados Unidos, y en segundo lugar en Francia, tal vez en España y Pepe Carvalho, pero nunca en Suecia. Por eso, estas novelas de Henning Mankell agregan, a la especificidad del género, un atractivo “turístico”; al fin y al cabo, un argentino acostumbrado a escuchar horrores de la policía local tiene el perverso placer de envidiar el funcionamiento de la policía sueca. Y también respira aliviado (y asombrado) cuando comprueba que Kurt Wallander, subcomisario de Ystad, en el sur de Suecia, se sienta descorazonado por el aumento de la violencia, porque los problemas policiales ya no sean “como antes”, y por el progresivo deterioro tanto de la policía como de la sociedad.
Kurt Wallander es el protagonista de una serie (saga, o como se lo quiera llamar) de Henning Mankell (la “serie Wallander”, encuadra la editorial), de la cual tanto Los perros de Riga como La leona blanca son entregas, con episodios anteriores, que el lector no necesariamente conoce, pero cuyos parámetros generales se explicitan adecuadamente. Wallander responde, en líneas generales (o Mankell pretende que responda) a la “tipología Marlowe” que Chandler parece haber fijado para siempre (soledad, cinismo, sabiduría), y de la cual todo autor de novelas policiales ensaya una variante más o menos discreta y exitosa.
Wallander no llega muy lejos por este camino, versión sueca; hay algo de soledad, poco cinismo, reemplazado por una vaga nostalgia, y en vez de la sabiduría la ya mencionada y algo ingenua perplejidad ante un mundo que se vuelve más y más violento (aunque en este caso el origen no está en el colapso neoliberal sino en la incorporación a la vida europea de los aún fragmentos del imperio soviético a punto de disolverse –transcurre en 1992–). De todos modos, y dentro del juego de dramatis personae de la novela policial, Wallander ocupa el necesario papel de “resuélvelotodo”; desde su lejana comisaría, soluciona casos que los mismos policías de Estocolmo miran con desconcierto.

1.Así aparece, al menos enunciativamente, pero la verdad es que, al menos en Los perros de Riga, Kurt Wallander parece un poco zonzo; se la pasa diciendo que “no entiende”, que “no comprende nada”, preguntándose a cada momento qué habría visto su amigo Rydberg, personaje de alguna novela anterior (“¿qué habría visto él que yo no veo?”). En uno de los primeros episodios, frente a un bote inflable sospechoso, Wallander se pregunta, como de costumbre, qué habría pensado Rydberg. Y resulta que lo que se le hubiera ocurrido a Rydberg (como a cualquier lector) es mirar dentro del armazón para ver si había algo, cosa que a Wallander (ni a ninguno de los otros) se le pasó por la cabeza. Es evidente que la policía sueca necesita al menos un curso de perfeccionamiento, y eso que Wallander es el más avispado.
Lo cierto es que en este caso, justamente, la investigación lleva a Wallander a Lituania; quizás el máximo atractivo de una novela bastante desangelada; aquí, por lo menos, Mankell no agarra del todo el nervio policial que la misma novela promete y no logra acabadamente construir la verosimilitud necesaria para el funcionamiento del género; no se entiende muy bien cuál es el enigma, ni se entiende demasiado bien su solución. No alcanza con enunciar que hay una situación compleja, y después anunciar que se ha resuelto una situación compleja, sin transmitirlo aunque sea literariamente, ya que no explícitamente, y el lector queda con la sensación de que en realidad allí no había nada. Pero igual se lee pasablemente bien, especialmente en verano, especialmente si hay que hacer una reseña; uno se entera de algo sobre Riga, y Mankell transmite con habilidad el clima que seguramente se vivía en Letonia inmediatamente antes del derrumbe soviético.

2. La leona blanca ya es otra cosa. Esta vez, en lugar de Letonia, tenemos, como paisaje turístico, a la Sudáfrica del apartheid; el detective sigue siendo el subcomisario Wallander, que por cierto parece más avispado (progresa de novela a novela), metido esta vez en una intriga racial, con visos de espionaje y pretensiones de novela histórica, ya que se cuenta la formación de las más reaccionarias y ultraderechistas organizaciones de los bóers (a principios del siglo pasado) y la lucha de Mandela contra el apartheid. Pero, en esta novela, Mankell pone vértigo y tensión, a la manera de James Hadley Chase, y las quinientas páginas se leen de un tirón, si uno no tiene demasiadas pretensiones literarias. En cierto modo, Mankell está más cerca del último Hadley Chase, cuando, convertido en una marca, o en una pieza de la industria editorial, optó por la prosa standard de un best-seller, muy lejos de Una radiante mañana estival o Un ataúd desde Hong Kong. Pero, bueno, y sin caer en demasiadas digresiones, la novela de Mankell funciona bien (decir que una novela “funciona” es ya colocarla en una muy precisa categoría), tanto como novela policial y, como se diría en un videoclub, de “acción”. Se recomienda.
Si es posible, acompañar con vino tinto mediano, nada caro, y con cornalitos.

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