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Domingo, 1 de febrero de 2004

RESEÑA

Los visitantes del infierno

La boda de Hitler y María
Antonieta en el infierno
Juan Rodolfo Wilcock y
Francesco Fantasia

trad. Ernesto Montequin
Emecé
Buenos Aires, 2003
124 págs.

 Por Guillermo Piro

En 1973, Pier Paolo Pasolini radiografiaba lúcidamente las pretensiones de Wilcock. Para entonces éste todavía no se había aliado a Francesco Fantasia (Frau Teleprocu aparecería en 1976), un periodista (que aún vive) de Il Messaggero de Roma, especialista en literatura rusa y traductor de obras de Gogol y Andreiev, entre otros. Pasolini se refería a La sinagoga de los iconoclastas, pero sorprendentemente (o no tan sorprendentemente) lo dicho por él cuaja a la perfección con La boda de Hitler y María Antonieta en el infierno, publicado originalmente siete años después de la muerte del escritor argentino: “Wilcock sabe, antes que nada, desde siempre y para siempre, que no existe otra cosa que el infierno. No se plantea, ni siquiera en el modo más vago y genérico, la hipótesis de que existe algo más que el infierno. No sueña ni remotamente en que puede haber un modo, por ilusorio que sea, de no padecerlo o, al menos, ignorarlo”. Pasolini excluye a Wilcock de la llamada “mayoría silenciosa”, que acepta el infierno, y como forma parte de él, no lo reconoce como tal, pero tampoco lo hace formar parte de esa otra “elite afortunada” que busca en el infierno algo que no es infierno. Wilcock acepta el infierno (y en esto se parece a la mayoría silenciosa), pero no forma parte de él, y por eso lo reconoce. Esto (aceptar algo, pero no formar parte) “constriñe a Wilcock a tener una trágica y extraña relación con este hecho, sin ninguna solución posible, ni siquiera irrisoria o provisional”.
La tesis es perfecta (prácticamente todo Pasolini es perfecto), y a la manera de los relatos de anticipación (de los que el mismo Wilcock, en Hechos inquietantes, demostró su ineficacia e inutilidad, destinados a desaparecer, confundidos con otro género más libre y menos comprometido, como es la ciencia ficción) Pasolini traza una especie de lectura anticipatoria de La boda... O tal vez (es una conjetura) la interpretación de Pasolini dio el sustento teórico, fue el disparador inspirador, de lo que más tarde terminaría siendo La boda... (una de las tantas preguntas a las que podría responder Francesco Fantasia).
Es obvio que quien arrastra consigo a su compañero de viaje es Wilcock (entre 1976 y 1978, fechas entre las que debe inscribirse la redacción de este libro, Wilcock desde hacía rato ardía en las llamas del infierno), y es por eso que la mirada que echan sobre la extensa galería de personajes que circulan por sus páginas (desde Hitler a Mussolini, pasando por Sacher-Masoch, Marilyn Monroe, Oscar Wilde, Virginia Woolf, Hegel, Edgar Allan Poe, Lord Byron y Trotsky, entre muchos más) es ridícula: todos resultan ser ridículos.
La organización del libro recuerda un poco una famosa escena de Pierrot le fou de Godard, en la que Pierrot-Belmondo, al comienzo del film, se pasea entre la mayoría silenciosa invitada a una fiesta, simplemente escuchando las conversaciones que se suceden a su paso (conversaciones ridículas, en las que todos hablan enunciando slogans publicitarios). En La boda... los visitantes del infierno registran las conversaciones que tienen lugar entre los habitantes del infierno mientras se realizan los preparativos para la gran boda entre Hitler y María Antonieta. Pero María Antonieta duda: Hitler la desea, es digno de ella, pero también Garibaldicumple con todos los requisitos para poseerla. Y ella duda. Hay un modo de resolver el asunto; una carrera. El primero que llegue será aceptado; el perdedor deberá desaparecer inexorablemente de su vida.
La edición de La boda... plantea una corta serie de interrogantes a los que sería necesario darles respuesta: ¿cómo trabajaban Wilcock y Fantasia? ¿Por qué el epílogo de La boda... (la “antapodosis”: la recompensa, la compensación) se parece tanto al prefacio de Frau Teleprocu? ¿Por qué el libro esperó hasta 1985 para ser editado en Italia? Ni siquiera es información que hubiera requerido un prólogo (como la mayoría de los buenos libros, no lo necesita) sino tal vez, solamente, el breve espacio de la contratapa.
De cualquier modo, y como todo lo referido a Wilcock, la aparición de La boda... no hace más que sumar joyas a ese El Dorado que hasta hace pocos años resultaba inalcanzable: la obra italiana de Juan Rodolfo Wilcock poco a poco está al alcance, y eso, aunque cada obra traducida sume interrogantes (o precisamente por eso), más que algo bueno es algo necesario.

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