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Domingo, 22 de abril de 2007

EN FOCO

Mi cuarto de hora

Antecedente de las relaciones entre medios, periodismo y literatura, Juan José Soiza Reilly viene siendo objeto de diversos rescates. La ciudad de los locos es un importante paso en esta dirección.

 Por Gabriel D. Lerman

Caer en el olvido no es una condena perpetua ni eterna es la maldición que pesa sobre un autor no reconocido. Es la cultura, esa gigantesca cocina de sobrantes que amasa platos nuevos con el pasado, esa máquina de coser que entreteje retazos del olvido, como diría el tango, la que dictamina o acaso apuesta fichas distintas en números diferentes de una ruleta única. Lo cierto es que protagonistas de otros tiempos devienen personajes históricos a partir del momento en que son retratados. El protagonista deviene personaje del retrato porque en un instante el autor hundió sus manos en el barro y experimentó el primer boceto. ¿Cuándo fue que Roberto Arlt trepó a la cima de la literatura argentina? No importa ya, pero no fue exactamente en su tiempo. En verdad, lo que hizo Arlt lo hizo en su tiempo y por lo tanto fue y es quien fue y es. Pero la cultura que lo pone a Arlt en el centro es una cultura que busca establecer un referente urbano, popular, masivo, ecléctico desde algún presente que ilumina esos rasgos, por ejemplo, los años ’60. ¿Qué está buscando nuestro presente en la literatura, mejor dicho, en las expresiones tipográficas y protomediáticas de la cultura argentina de hace setenta años? ¿Será la próxima fecha de pasaje de los derechos de autor al dominio público lo que de pronto ha apurado un inventario? Dos primos hermanos, los tres claramente distintos entre sí, le han nacido recientemente a Roberto Arlt, aunque hace rato que estaban por allí. Uno más convencional que el otro, más integrado, otro enhebrado al crimen y la ignominia. Christian Ferrer puso la lupa sobre Raúl Barón Biza, ese hombre malo y enloquecido que despilfarró una fortuna familiar en la política argentina mientras escribía sermones misóginos, anticlericales y melodramáticos, y María Gabriela Mizraje sobre Juan José de Soiza Reilly, prototipo adelantado del profesional mediático que hace crónicas y corresponsalías para semanarios, aguafuertes para el diario, y cuentos y novelas de alta circulación que se obsesionan con el público y repudian el claustro universitario. Hijos no reconocidos, anticipatorios de la posmodernidad, ¿claves de un paradigma bizarro en construcción? “Esta literatura –dice Mizraje a propósito de Soiza Reilly– se ubica, por decantación, a medio camino entre la literatura importante y los géneros extraliterarios de corte lógico (sean éstos, por ejemplo, textos de Derecho o Medicina), y explota recursos que ni unos ni otros textos podrían permitirse: el carácter lúdico, que prueba hasta el amarillismo; cierto impudor en la publicidad, dictado por el mercado, a los efectos de asegurar y multiplicar las ventas (...). Nunca complaciente, es una literatura que, a todas luces, incomoda y a la que la crítica literaria y cultural, en su conjunto, aún hoy se resiste. Escrituras de borde, sobre el borde (para lo cual el rastro de las etimologías y las acepciones nos asiste: letras bastardas, sin cultivo. Literatura de consumo.”

Juan José de Soiza Reilly, periodista y escritor nacido en Paysandú en 1879 y muerto en Buenos Aires en 1959, ha vuelto a las librerías gracias a la edición de una antología de su obra, La ciudad de los locos, al cuidado de Mizraje y publicada por Adriana Hidalgo Editora. Soiza Reilly resulta ser más un antecedente de la configuración actual entre medios y literatura que un ejemplar de esa literatura que vociferaba o tomaba el té entre Boedo y Florida, aunque sus contertulios también fueran protagonistas firmes de redacciones, editoriales y kioscos de diarios y revistas. Soiza Reilly exprime la pasión mediática y muestra el rostro voraz del escritor que mira oblicuamente a la masa y recorta sus lectores. Un desvío que debería no tomarse como vía muerta de la ilegitimidad de entonces sino como preparación de las rupturas centrífugas que aquella modernidad rioplatense causaría. Un elemento excluyente de su periplo es su pasaje de corresponsal estrella de La Nación durante la Primera Guerra Mundial a conductor en los albores de la radiofonía argentina y durante tres décadas (1925-1957) hasta su muerte. Autor de novelas como La ciudad de los locos (1914) y Las timberas (1927-1928) y de testimonios como Los anarquistas (1905), todas incluidas en este volumen, Soiza Reilly fue un pionero de la ciencia ficción en el Río de la Plata y su obra múltiple cruza también hacia el realismo más exacerbado y de allí al relato policial. Impulsó el surgimiento literario de Arlt (la hermandad está inscripta también en el título Los siete locos), y Arlt lo tuvo como modelo hasta una toma de distancia en los años ‘30. Es el creador de frases como “¡Arriba, corazones!” o “Se acabó mi cuarto de hora”. Faltaba poco tiempo para el ingreso en escena de Homero Manzi, Ulises Petit de Murat, Discépolo, Ezequiel Martínez Estrada, pero Oliverio Girondo y Borges andaban por allí cuando Soiza Reilly ofrecía un rastrillaje urgente de la vida urbana en plena explosión de las vanguardias, Roberto Arlt entablaba un diálogo en vivo y en directo con el hombre que pronto quedaría solo y a la espera, Scalabrini Ortiz no era una avenida sino un testigo de Esmeralda y Corrientes (que todavía era calle), y en Buenos Aires aún no estaba el Obelisco pero el tango tomaba el centro del ring de una vez y para siempre.

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