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Domingo, 24 de diciembre de 2006

NOTICIAS DEL MUNDO

Argentinos en Paris

Mantra, de Rodrigo Fresán (foto), fue elegido como el mejor libro publicado en Francia en el 2006 por la revista cultural Technikart. Antes que El tiempo de nuestras canciones, de Richard Powers, antes que la novela-fenómeno Les Bienveillantes (Los benevolentes), de Jonathan Littell (el joven genio estadounidense que escribe en francés) y antes que Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, también publicada este año en su versión francesa, los periodistas de la revista optaron por la novela del escritor argentino: “En la redacción de Technikart adoramos esta novela inventiva, ambiciosa, poética y completamente loca que recupera magníficamente toda la cultura pop en un universo personal”, señaló Baptiste Liger, jefe de la sección Libros. Mantra, editada en septiembre por Passage du Nord-Ouest, tuvo muy buena repercusión en la prensa especializada y obtuvo el décimo lugar en el ranking de los mejores libros del año según la revista Chronic’art, que ubicó en el primer puesto a la novela de Bolaño.

En el mes de noviembre, Technikart ya había publicado una entrevista con Fresán a propósito de la novela y su universo (“un cocktail de cultura clásica europea, mezclada con un background pop y una locura latina digna de Cortázar”), acompañada por un recuadro sobre otros 5 “imprescindibles” de la literatura argentina en el que convivían Borges, Bioy Casares, Cortázar, Aira y Pauls, el otro autor que sedujo a la crítica este año con las publicaciones de El pasado, Wasabi y El factor Borges.

El boicot que no fue

Cuando el eterno conflicto ente Israel y Palestina parecía haberse bajado de las primeras planas de los diarios, el crítico y novelista John Berger arremetió contra Israel, llamando a escritores británicos y artistas de todo el mundo a emprender un “boicot cultural” contra aquel país. ¿De qué se trata? En una carta publicada por el periódico The Guardian, firmada por artistas tan disímiles como Brian Eno y Eduardo Galeano, Berger dijo que el boicot cultural “puede ser un factor para el cambio de la política israelí”, y agregó: “Por supuesto que sus efectos no serán gigantescos, pero será un modo de no permanecer en silencio. Es un llamado muy personal... un modo de respaldar a los valientes israelíes que se oponen a su gobierno, y también a los palestinos que luchan por la supervivencia”. La primera medida que tomó el propio Berger fue la de romper el contrato que lo ligaba a una importante editorial israelí, que publicaba sus libros en aquellos suelos. Y en pocos días, las repercusiones se multiplicaron. Nicholas Hytner, director del National Theatre, dijo que “hay incontables artistas israelíes que se oponen fervientemente al gobierno, y a ninguno se le ha prohibido expresar su oposición. Sería muy contraproducente cortar el contacto con esa porción de la población que es la que justamente puede provocar un vuelco en la dirección que está tomando Israel”. La opinión general, después de algunos días de debate, parecería acordar en que un boicot cultural pondría en riesgo el fluido intercambio de ideas y apoyo que ha tenido el campo cultural israelí con los principales países de Europa. En palabras del compositor Michael Berkley, uno de los que le respondieron a Berger: “A veces es solamente a través del arte que un canal vital se mantiene abierto”.

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