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Domingo, 7 de febrero de 2010

Mundo hospital

 Por DANIEL FREIDEMBERG

El poeta veinteañero que sorprendió a su amigo Stephen Spender advirtiéndole que “el tema de un poema era sólo la percha de la cual se colgaba la poesía”, y que para lograr un poema debía mezclar palabras separándolas de su propios sentimientos, ya que su tarea no era expresar sentimientos sino concretar algo en el mejor orden que pudiera, es el mismo escritor que anotó, ya viejo, “todos los poemas que escribí, los escribí por amor”, y no porque la vejez lo hubiera ablandado. Así también el que pudo escribir “la capacidad de la poesía, como la de cualquier otro arte, está en la capacidad de decir la verdad, de desencantar y desintoxicar”, pudo, no mucho después, declarar que “un verdadero poeta solamente tiene un deber social: sentar un ejemplo del uso correcto de su lengua materna, lengua que se corrompe constantemente”.

Hay motivos para reconocer, como se reconoció, en W.H. Auden la extrema maestría en el manejo del verso y de la composición y su capacidad para trabajar la lengua inglesa de modo de que los sonidos y sentidos de cada palabra, cada frase, cada verso, encontraran siempre el mejor lugar posible, no en dirección a producir un efecto de sorpresa u “originalidad” sino de belleza, sugerencia y perfección. Pero Auden es también uno de los mayores –o mejores– poetas “comprometidos” del siglo XX, si al decir “compromiso” uno entiende que, como también dijo de él Spender, toda su vasta obra es “el intento de entender la naturaleza de un problema”, y “el problema es el hombre en este siglo”. Iosif Brodsky advirtió bien que la terminología freudiana, marxista o eclesiástica a la que en distintas etapas recurrió Auden “son simplemente dialectos diferentes con que se puede hablar de la misma cosa: el amor”. No sólo Brodsky ve perfección en el poeta que más admira sino también –y por eso lo admira– una radical búsqueda de la verdad y una humildad que le impide acceder a los acentos proféticos de T.S. Eliot o W.B. Yeats (o lo salva de hacerlo). Auden, dice, tiene conciencia de moverse en un mundo que es como un hospital habitado por enfermos graves y terminales, a los que corresponde hablar con amor, no como un profeta sino como una enfermera. Ejercer con dignidad la tarea de habitar un mundo indigno, injusto y cruel: de ahí su escritura trabajada, precisa y serena. Esa manera de mirar las cosas con ojo clínico y distanciado para exponerlas mejor es una manera de comprometerse, aunque Auden se habría burlado si alguien lo vinculara con esa palabra. Y habría seguido sometiendo todo de una manera implacable a la implacable dignidad de la belleza verbal.

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