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Domingo, 23 de enero de 2011

90

 Por Eduardo Mileo

Un signo que se instala con una fuerza especial en la poesía de esta década es la irrupción de la marginalidad en el lenguaje: no se trata de ficción de un lenguaje trasplantado sino de la potencia de una realidad en la que emergen nuevos actores. La enorme desocupación que comienza a diezmar las filas de los trabajadores argentinos culmina en un retroceso social nunca visto en el país, pero aún se mantiene, con vastas proporciones de la población en la miseria y su secuela de desmoralización. Como contrapartida, crea la necesidad de los desocupados de organizarse para enfrentar ese ataque: de esa organización surgen los piqueteros, que en esa década concentraron una gran cantidad de activistas y representaron una alternativa a la barbarie.

Esta realidad golpea también a la puerta de las casas de clase media con el fantasma de la proletarización, y crea también la lengua de las nuevas generaciones. La poesía, que se hace del ritmo de las grandes aguas, sociales o íntimas, no podía dejar de entrar en esa historia hecha lenguaje.

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Imagen: Jorge Luis Borges
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