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Domingo, 1 de marzo de 2015

YO (ME) DORMÍ CON CARVER

 Por Beatriz Vignoli

Me temo que me hice fama de mitómana por andar contando lo increíble: que yo dormí con Carver.

Es decir: yo me dormí con Carver. Es verdad: me quedé dormida en mi butaca, escuchándolo leer (en el salón de actos de un instituto de educación terciaria de Rosario de Santa Fe, en vivo y cuando él aún vivía) el cuento más somnífero y aburrido que escuché en mi vida.

Y estoy segura de que no fue un sueño. Sí de que soñé un rato.

¿Cómo llegó Carver a Rosario? Por lo que sé, su visita, junto a su pareja o esposa, la poeta Tess Gallagher, fue una iniciativa de Fanny Fukhs, quien hasta donde recuerdo por entonces tenía algún cargo directivo o alguna influencia en dos instituciones locales vinculadas a la lengua inglesa: Aricana y el entonces Instituto Nacional de Enseñanza Superior (hoy Instituto de Enseñanza Superior) Olga Cossetini, que quedaba entonces en la manzana de las calles Entre Ríos, Corrientes, Mendoza y San Juan, donde todavía funciona el Normal Nacional Superior en Lenguas Vivas Nº 1. Me acuerdo bien el año, 1984, porque por entonces yo cursaba allí, en el Cossetini, el primer año del Traductorado en Inglés. Además, estudiaba Bellas Artes y pintaba ropa. Tenía diecinueve años y dormía tres horas diarias, una de ellas repartida entre Gramática Española I y Gramática Inglesa I. Mis compañeros me habían apodado cariñosamente “the Dormouse”, por el lirón de la Mad Tea Party de Alicia en el País de las Maravillas.

Serían las seis menos cuarto de la tarde de no recuerdo qué día cuando Emilio Ganem, del Centro de Estudiantes, interrumpió de improviso una clase de Lengua Inglesa para invitarnos a escuchar una lectura, que comenzaría en minutos en el salón de actos, por los autores norteamericanos Tess Gallagher y Raymond Carver, a quienes era la primera vez que oíamos nombrar. La profesora se quejó, muy molesta de que le levantaran la clase “por un par de yanquis a los que no los conoce nadie”. En 1991, conté esta anécdota en una mesa de redactores del Diario de Poesía, que discutían sobre si se veía o no el río Paraná desde la terraza del Jockey Club: al parecer había un error en el poema rosarino de Carver, ese poema que varios años más tarde fue publicado en la Guía Literaria Rosario Ilustrada de la Editorial Municipal de Rosario (primera edición, 2004; segunda edición, 2013).

Por esta inverosímil historia tuve el honor de que en 1996 me entrevistara Elvio Gandolfo. El me lo sugirió siguiendo una recomendación de Patricia Suárez, entusiasmada con cómo se la había contado yo a ella. En esa época, excepto Gandolfo, no éramos nadie y los tres éramos (somos) amigos. La entrevista se publicó en marzo de 1996 en las páginas 14 y 15 del número 22 (año V) de la revista V de Vian, que dirigía Sergio Olguín. Le conté entonces a Elvio Gandolfo que Tess Gallagher “irradiaba empatía, comprensión, expresividad”, y que la recordaba “más como energía que como materia”. Tess leyó, en un inglés que me resultaba comprensible, dos poemas que me parecieron muy emotivos. Cerró con su traducción al inglés de un poema de Alejandra “Pizárnik”. Lo concluyó en una declamación tan eficaz que me sonó como si estuviera representando Shakespeare: “Lord, throw the coffins out of my blood!” (Era aquel famoso “Señor, arroja los féretros de mi sangre”). La aplaudí y vivé con entusiasmo, pegando saltitos en mi butaca, como solía hacer unos años antes en los recitales de rock.

“Terminó Tess y presentó a su marido”, le seguí contando a Elvio. “Vi a un hombre que se sentó ante el micrófono y saludó con una voz gris, plana, neutra, opaca. El hombre era como la voz. Todo cuadrado, todo gris. Tenía el traje gris, plano, liso. El pelo gris. La piel gris. Los ojos grises. Unos anteojos verdosos, grandotes, de miope, enormes, cuadrados. Era todo cuadrado y gris. Una grisez sólida: eso era Carver. Su manera de leer, de pronunciar cada frase, era como si él estuviera muy detrás de sí mismo, o como si no estuviera, o como si no hubiera nadie allí: él estaba muy adentro, no a flor de piel, sino más atrás”, como si la cara fuera una pared, una máscara, con el tipo escondido detrás. Leyó un solo cuento, de seis páginas. Absolutamente mo-nó-to-no, y lo leyó con esa voz totalmente mo-nó-to-na. Cada frase parecía medir exactamente lo mismo que la anterior. Y cada página parecía decir lo mismo que la anterior. Era como una salmodia gregoriana. Porque se trataba sólo de un diálogo, entre un hombre y una mujer: ‘Larara-larara-lará, she said’, y después: ‘Larara-larara-lará, he said’. Ni siquiera movía la cabeza. Ese mismo ritmo, esa misma estructura sonora, durante seis páginas... ¡Me quedé dormida! Creo que fue en la segunda página. Escuchaba un murmullo de fondo: la voz de él. Me dormí cuando dejé de esforzarme por entender algo. De la lectura de él me despertaron los aplausos.”

Me acerqué después al escenario y cambié unas palabras con la extrovertida Tess. Quedé en escribirle y me arrepentí de no haberlo hecho cuando en 1988, leyendo un suplemento cultural de un diario, me enteré de la muerte y de la importancia de Raymond Carver. Conté esta historia en una entrevista de 2011 para La ciudad y las palabras, el cortometraje documental de Gustavo Postiglione. La conté en 2014 en el programa de radio Juana en el arco, de Radio Universidad Rosario.

Pero además:

“Ya habían pasado las dos de la tarde y sintió apetito. Se acordó de que nunca había estado en el boliche restaurante Sayonara y se acercó sólo para husmear un poco de qué se trataba. Vaya sorpresa: en una sobremesa, de marcado tono literario, conversaban animadamente Jorge Riestra, Gary Vila Ortiz, Jorge Lanata y Raymond Carver, quien, efectivamente, tal como se rumoreaba, estaba en Rosario con su esposa Tess Gallagher, también poeta, para dar una charla en el Jockey Club y leer en el Instituto Olga Cossettini, del Normal 1. Era 1984, nada menos. Carver estaba todo de gris, haciendo juego con las canas y su cara pálida. Parecía Roger Moore en una película en blanco y negro”, escribió, en 2010, Víctor Cagnin en el capítulo XXII de su novela nómade El poeta perdido entre martes y jueves, publicada íntegramente online en http://www.elpoetaperdido.com.ar/. La novela es una fantasía y no pretende ser otra cosa. Que yo sepa, Carver jamás charló con los otros cuatro. Asesoré a Cagnin en la descripción de Carver; lo de Roger Moore es un embellecimiento que se le ocurrió a él. La fantasía del autor (una ficción; no me consta que haya habido prensa ni rumores, y los seis últimos nombres de la siguiente lista éramos muy jóvenes en 1984 como para ser periodistas) se desborda líneas abajo, cuando el protagonista de la novela ve “a un grupo de escritores con grabadores esperando a Carver, entre los que distinguió a Ani Lagos, Malena Cirasa, Osvaldo Aguirre, Pablo Makovsky, Reinaldo Sietecase, Patricia Suárez, Patricio Pron y Beatriz Vignoli”. Fin cita.

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