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Sábado, 16 de septiembre de 2006

MONUMENTOS

La roña se saca, la pátina no

Tres monumentos públicos intervenidos, tres desastres. Para limpiar rápido esculturas vandalizadas, se usan solventes, amoladoras y arenados que los destrozan aún más. Un caso en la calle Florida.

 Por Marcelo Magadan *

Sábado por la mañana, temprano. El centro de Buenos Aires está casi vacío. Uno se larga a caminar por Florida, de Avenida de Mayo hacia el Norte. Al llegar al cruce con Diagonal Norte, aparece cierta inquietud. El monumento a Roque Sáenz Peña está rodeado por una valla hecha con caños y una media sombra verde. De lejos se aprecia que el monumento tiene un cuerpo central sobre el que se asienta la escultura del homenajeado, sentado. Detrás, sendos podios laterales sostienen otros personajes que, de pie, completan la escena representada. La totalidad de la obra artística ha sido realizada en piedra, una piedra rosada, casi blanca, que lucía la suciedad propia de cualquier material poroso expuesto al medio y algunas pintadas producto de la bronca de algunos y la soncera de otros. El monumento había sufrido una primera agresión, innecesaria, casi irreversible. Hace cierto tiempo, alguien mandó a llenar de hormigón la fuente que lo rodeaba, transformándola en un banco circular, con baranda metálica incluida.

A un costado un cartel comunica que la Dirección General de Espacio Público del gobierno porteño está haciendo obra. Una de las tantas anunciadas en un plan para devolvernos el espacio público a los ciudadanos. Un plan que incluye “restaurar” en pocos meses todos los monumentos conmemorativos que tiene Buenos Aires, que son muchos.

Delante del cartel de obra, un camioncito, el de los “restauradores”. La empresa contratada para el caso, tienen un nombre que convoca a caminos y canales. De patrimonio, nada.

Me acerco a la valla y veo que a una parte del monumento le han aplicado un producto que huele a cloro y que chorrea por la piedra generando una sospechosa espuma. En otro frente, las pintadas han sido eliminadas gastando la piedra mediante cepillos circulares de alambre movidos con amoladoras. Claro que con este procedimiento, junto con la pintura, se elimina una parte de la piedra, dejando grabada en la superficie la inscripción que se pretendía quitar.

Entonces, los “restauradores” no tuvieron mejor idea que seguir “limpiando” toda la superficie con el mismo método. Así la parte baja de los frentes que miran al Este lucen más limpias que cuando salieron del taller del escultor. Claro que bastante más desgastada.

La pátina, esa transformación cromática del material por la acción del tiempo y la exposición al ambiente, que es característica de cada material y que las normas internacionales de conservación del patrimonio establece que hay respetar, ha desaparecido por completo. Ya no hay remedio. Un mal tratamiento de limpieza, como éste, es absolutamente irreversible.

¿Qué se hace en estos casos? Hubiera bastado una limpieza prolija, casi inocua, respetuosa: con agua y cepillo. En las pintadas y manchas rebeldes, compresas con solvente o algún producto químico suave, asegurándonos de que no habrán de atacar la piedra. Para eso se hacen, previamente, análisis petrográficos y microquímicos en laboratorio y ensayos en obra, sobre partes pequeñas y poco relevantes.

La roña se saca. La pátina no.

Y la superficie se protege de alguna manera, para evitar que las pintadas se vuelvan a fijar sobre la piedra. Así, se respetarían los criterios con que se trabaja internacionalmente en este campo. Es más conveniente para el monumento y más barato, tanto desde la perspectiva de la intervención en sí como del mantenimiento futuro del bien. Claro que para ello se necesita no sólo voluntad, sino también conocimiento. Y este último está en manos de los especialistas.

De elegir el camino planteado los funcionarios no sólo estarían haciendo lo correcto. Además tendrían la oportunidad de contribuir seriamente a preservar el patrimonio histórico, artístico y cultural de la ciudad para el conocimiento y disfrute de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Claro que si queremos preservar responsablemente, además deberíamos evitar que vuelvan a ser atacados por algunos de nosotros, como si no fueran nuestros. Porque el espacio público se degrada mayormente porque muchos de nuestros conciudadanos creen que porque es público, no es de ellos. Y una buena parte de los políticos, metidos a administrarlo, evitan decir lo contrario, no sea cosa que crezcan los reclamos de eficiencia en cuanto a su cuidado.

Pero se degrada también por las malas intervenciones, que lamentablemente no son aisladas. En algún momento se arenó el basamento de granito del monumento a Julio A. Roca en Diagonal Sur y Perú y, hace apenas unos días, el del monumento a los Dos Congresos en la plaza homónima. En el primer caso, las leyendas quedaron grabadas en bajo relieve sobre la superficie pulida. En el segundo, por tratarse de una piedra mucho más blanda y heterogénea que el granito, la degradación de la superficie ha sido importantísima, perdiendo partes de las decoraciones.

Dado que estamos frente a un plan que recién comienza, sería deseable que el Ministerio de Cultura del gobierno local, la Comisión de Patrimonio de la Legislatura, de la Defensoría del Pueblo o, tal vez, el propio jefe de Gobierno, hombre de la cultura según cuentan, tomen cartas en el asunto n

* Experto en restauración arquitectónica

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