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Sábado, 17 de octubre de 2009

Una opción para el petit hotel

En Junín 1280 se alzaba un curioso edificio afrancesado, que fue muy maltratado y acaba de ser reestrenado, con todo y fiesta, como un conjunto de departamentos.

 Por Sergio Kiernan

Al final, todo lo que tomaba eran dos metros, una breve diferencia entre el bodrio y el proyecto bien resuelto. En Junín 1280 acaban de estrenar un viejo edificio de cuatro pisos, con fachada francesa y una historia de maltratos, reciclado en departamentos modernos. Y le estiraron las alturas hasta la carga máxima posible en el lugar sin caer en el furcio que se comentaba recientemente en m2. El agregado sólo se ve desde la calle con un fuerte estiramiento de cuello, desde la vereda de enfrente y sabiendo que allí está. La foto de tapa lo prueba: de los tres pisos nuevos sólo se adivinan dos ángulos que parecen un pequeño ambiente.

El petit hotel fue construido en 1918 y siempre tuvo algo de raro. Se alza en una cuadra muy bonita de un barrio residencial, entre Juncal y Arenales, que en su época era unánimemente afrancesado. Todavía sus vecinos muestran pieles de piedra París y una mayoría ante los bodrios de hormigón. La esquina de Juncal es especial, con Junín dando una vuelta rara picada de esquinas francesas, racionalistas y hasta Art Déco.

Lo raro del petit hotel se veía desde su fachada. Resulta que tiene una planta baja llamativamente baja, con una puerta doble central que alguna vez fue de verja y dos entradas laterales, una sobre cada medianera. Arriba, se eleva un piano nobile de gran altitud, con una inmensa ventana en arco, a la francesa, en el centro, y dos pequeñitas a los lados, cada una rematada por un óculo perfectamente redondo. Por encima de estas rarezas se elevan dos pisos bastante convencionales, con balcones al centro de tamaños diferentes como para dar movimiento. Al tope, un gran arco ornamental remata el conjunto.

Este despliegue de huecos y cambios es muy conveniente para desplegar ornamentos, y la fachada abunda en ramilletes de gloria, ménsulas machazas, rusticados y herrería. Pero resultaba anómalo para lo que parecía un edificio de departamentos y demasiado grande para que fuera una casa. La respuesta es que eran dos casas, en propiedad horizontal y de dos pisos cada una, compartiendo un garage en la planta baja.

Toda esta información viene del equipo de intervención y de su trabajo de detectives, porque el edificio pasó por varias manos en su casi siglo y hasta fue hotel de estudiantes, además de sede de algún tipo de empresa o institución. En la planta baja hasta había uno de esos grandes platos de metal que permiten girar automóviles para entrarlos y sacarlos sin tanta maniobra.

En 2006, el petit hotel duplicado fue comprado por el Zaza Group, una firma capitaneada por Brent Federighi, norteamericano asentado entre nosotros y alma bastante sensible a este tipo de edificios. Después de una larga obra dirigida por el arquitecto Pablo Calderón Nessi, Junín 1280 fue abierto con una fiesta, transformado en una serie de departamentos bastante ecléctica, de los que adoran los jóvenes y los turistas.

Lo que vale aclarar es que los interiores del edificio estaban arrasados. Aquí y allá asoma alguna moldura salvada con cariño y se pueden contar los metros de pinotea encontrados y reparados. Con lo que la restauración se concentró en la fachada, que mantiene todos sus elementos, fue cuidadosamente retomada y hasta se salvó de esas lavadas de cara excesivas que son el colágeno de la arquitectura. Por ejemplo, el equipo se tomó el trabajo de desarmar los cerramientos originales, adaptarlos para paños dobles de vidrio y calzarlos en burletes, de modo de aislar el atroz ruido de los colectivos porteños. Nada de aluminios berretas para este bebé.

En el interior, se ven varios rasgos de respeto al edificio original. A Junín 1280 se entra hoy por lo que fue el garage, transformado en un gran hall común, amueblado y con vistas al patio y a la calle. Quien se asome al patio verá una fuente escultórica de agua y, levantando la vista, muros texturados como los del frente, con herrería nuevas en los balcones que no se pelean con las originales y, sobre todo, nuevos ventanales que mantienen el blanco y las líneas verticales.

Esto es porque estos espacios interiores tuvieron que ser rehechos en toda su extensión. Hasta la línea original del edificio, se ven hasta las líneas de marca y los fuertes marcos de las aperturas. Los pisos superiores son más lisos y de otro color, asumidamente modernos, pero nuevamente hay que asomarse con ganas para verlos.

En los interiores se reparten los nuevos departamentos. Los asentados en los viejos ambientes exhiben sus bovedillas de ladrillería y metal allá arriba, en las fantásticas alturas de los viejos cielorrasos ya sin su cubierta de yesería en artesón. Son ambientes muy verticales que inmediatamente hacen pensar en arte: cuadros, cuadros grandes para colgar en esas superficies. Estos departamentos tienen sus cocinas sencillísimas a la vista y un entrepiso parcial que sirve de dormitorio.

Otros no resultan tan altos pero muestran una agradable tendencia al desnivel y al multiambiente, mientras que los de la parte nueva disfrutan de cargas de sol francamente notables. Los dos del tope tienen una terraza privada, con una escalera romántica para subirse, que casi exactamente duplica la superficie disponible. Es como si fuera un departamento de un ambiente cuando hace frío y de dos cuando no. Desde allí se tiene una vista privilegiada del gran arco que remata el frente, con una moldura secreta que fue restaurada con cuidado.

A mitad de camino del edificio, en lo que fue el techo original, está la piscina, un espacio común para los futuros vecinos. El lugar fue urbanizado con decks de madera y pileta rasante, como indica la más impecable modernidad, con una baranda de hierros y pilones coronados con una urnita de planta y todo. Este amable diálogo es agradable y funciona, además de probar que no hay que ponerse dogmáticos con tonteras como una pileta.

En un muro, firmemente calzado en hierros, sobresalta un inesperado mural, una gran placa con guerreros antiguos rumbo a la batalla. El artefacto apareció en lo que supo ser un baño principal y, luego de mucho debate, fue recolocado allá arriba, como para darle ambiente a la terraza, cosa que hace con buen efecto. Será propiedad común del consorcio a formar.

Entre medio de esto, y sin que se note, hay una nueva estructura de hormigón que sostiene los pisos nuevos, una escalera interna realizada a medida –hierros y chapas modeladas en obra, para no enloquecer con las alturas variables– y un ascensor de alta velocidad. Cables y cañerías fueron, por supuesto, reemplazados por completo, y cada unidad tiene en su lugar la conexión lista para un split, cosa de controlar el caos visual de ese aparataje.

Por afuera, en lo que nos toca a todos, el petit hotel no mostrará más cambios que una fachada refrescada, con sus blancos, sus negros y sus arenas limpios. Este mínimo de respeto al espacio social, tan raro, habla de una actitud. Ojalá que a Junín 1280 le vaya bien y que otros se contagien de su manera.

Junín 1280: www.zazagroup.com.

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  • Nota de tapa
    Una opción para el petit hotel
    un caso de reciclado, reutilización y obra nueva que se acuerda del espacio urbano
    Por Sergio Kiernan
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