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Sábado, 17 de octubre de 2009

Un museo virtual

Uno de los usos calladitos de internet es eso de poder ver arte que no está disponible, por geografías o por ser privado. No es cosa de teorizar sobre qué es más real, la Mona Lisa o sus infinitas reproducciones, sino de simplemente tener acceso: ese Turner guardado en Escocia, el que tiene la pincelada que uno necesita y que o está disponible digitalmente o es como si no existiera.

El tema viene a cuento porque acaba de abrirse una fantástica galería de arte virtual pensada para reunir arte que no está disponible para ser visto. Es un museo de imágenes que reúne en 26 categorías de objeto artístico a nombres como Rembrandt, Vermeer, Caravaggio, Picasso, Cezanne, Manet, Brueghel, Tintoretto, Degas, Murillo, Dalí, Henry Moore y Magritte. Y la galería además contiene muebles, tejidos invaluables, objetos de arte y miles de antigüedades de civilizaciones babilonias y egipcias.

Y las 34.100 piezas en exhibición tienen en común que no pueden verse simplemente porque fueron robados desde 1947. La notable colección es mostrada por Interpol, que finalmente puso online el catálogo internacional de arte robado desde su base en Francia.

El archivo de arte robado de Interpol es ya un mito de especialistas, ya que la mayoría de sus piezas vienen de colecciones privadas y es muy difícil haberlas visto alguna vez. Hasta ahora, el catálogo tenía una circulación restringida a grandes galeristas y anticuarios, de los que son capaces de intermediar la venta de un impresionista o una urna súmera. El sostén era una gran caja de CDs o, últimamente, DVDs, numerados y cuidadosamente controlados. Tanta precaución servía para evitar que los ladrones de arte supieran exactamente qué estaba y qué no en la lista, pero que los galeristas honestos pudieran evitar comprar piezas robadas.

El problema es que es muy difícil y toma tiempo actualizar esas cajas, con lo que en muchos casos –más de los que se puede imaginar– varios galeristas terminaron zafando de acusaciones de complicidad señalando simplemente que la pieza comprada no estaba en el catálogo y por tanto todo era de buena fe.

Entonces, a internet. Pero entrar a la colección no es automático. Primero hay que ir a la página central de Interpol, www.interpol.int, y buscar el botón de la sección Robo de Arte. Al querer entrar a la colección se encontrará uno con un formulario a llenar. Días después, se recibe una contraseña para entrar, luego de haber convencido a los policías internacionales de que uno no es un traficante de arte. Y ellos consultan las bases de datos nacionales para asegurarse.

Una vez adentro, los profesionales pueden saber si el Picasso que les ofrecen es robado o no, un servicio particularmente importante para los anticuarios por los centenares de piezas babilonias robadas en Bagdad, que siguen circulando por los canales especializados.

Para los que sean simplemente curiosos, hay de todo: el niño en el chaleco rojo de Cezanne, robado en Zurich el año pasado, el Magritte que se llevaron de un pequeño museo en Bruselas en septiembre, las 2600 piezas saqueadas después de la caída de Saddam Hussein. Hasta hay una curiosidad para argentinos, un Henry Moore de dos toneladas de bronce que alguien se llevó en 2005 de la fundación dedicada al artista en Gran Bretaña. Resulta que la foto está en la nueva página web, aunque Interpol sospecha que la escultura ya no existe porque debe haber sido robada por revendedores de bronce que seguramente ya la derritieron.

Lo curioso de la colección de Interpol es que ni siquiera es la mayor en su tipo. La policía italiana tiene una lista de 300.000 objetos, aunque no online, mientras que en Francia opera una página especializada con 80.000 imágenes, reservada a policías. Esta web tiene hasta un sistema de reconocimiento de imágenes que permite comparar en tiempo real y con gran precisión el objeto ofrecido y el robado.

Es que Interpol limita su catálogo a objetos de alto precio que tienen alta chance de pasar de contrabando de un país a otro, de los que se disponen fotos y que fueron indudablemente robados, con lo que no valen perdidos o llevados por ese primo tan antipático. Después de todo, el robo de arte es el tercer crimen más lucrativo, luego de las drogas y las armas, y factura al menos cinco mil millones de dólares al año.

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