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Sábado, 7 de agosto de 2010

Maderas del sol

Solantu, un emprendimiento de diseño con base en el manejo sustentable de maderas nativas del bosque andino patagónico y cueros de yacaré de los esteros correntinos.

 Por Luján Cambariere

Muchas cosas se pueden decir de este proyecto. Que están involucradas todas las partes del proceso y eso hace a la diferencia. Que se investiga e innova desde una materialidad propia pero poco documentada. Que se la maneja de un modo responsable con el ambiente. Que se trabaja con las personas logrando que genere una salida laboral para pobladores de las distintas regiones donde se emplaza. Y, por último, que convoca a profesionales de la disciplina para diseñar las distintas colecciones que comercializan en las tiendas más importantes de museos. Y ahora desde un local propio en el Palacio Duhau, el Park Hyatt de Buenos Aires.

La historia comienza con una empresaria de la industria farmacéutica, la doctora Silvia Gold, presidenta del Grupo Insud (una empresa familiar que además suma actividades agropecuarias, producción de cine y emprendimientos en el mercado editorial), a quien su amor por un paraje maravilloso en Cholila, Chubut, la lleva a sumar una actividad más: el desarrollo de un emprendimiento productivo y línea de objetos Solantu que rescatara su hermosa materialidad.

Maderas nativas de bellísimos colores y vetas –ñire, maitén, radal, entre otras– que dan vida a todo tipo de mobiliario y objetos –bandejas, ensaladeras, fuentes, floreros, organizadores, bodegas– con el aporte del diseño. Así, Gold enseguida sumó a la cruzada a una diseñadora oriunda de Barcelona, Olga Recio, para ocuparse del desarrollo de la etiqueta. Y juntas, a su tiempo, convocaron a varios diseñadores locales entre los que se encuentran Federico Churba, Federico Novelli, Patricio Lix Klett, Cristian Mohaded y los Diseñaveral, para que desarrollaran algunas piezas con el know how sobre estas originales especies que ellas venían desarrollando. Con ambas, desandamos los comienzos.

–¿Cómo nace el proyecto?

S. G.: –Solantu nace en el ‘98 cuando nosotros empezamos una actividad agropecuaria en el sur, en la Patagonia, en la provincia de Chubut, en la zona cordillerana. Y la verdad que a mí personalmente me impactaron la belleza de las maderas y lo que representa, un bosque nativo, un bosque cuidado. Me impactaba por un lado la riqueza y la preservación de la maderas, y por otro lado que poco a poco se convertía eso en una fuente de trabajo para la gente del lugar. Así, lo que primero empezó como un hobby enseguida se transformó en un desafío, porque no entendía cómo con maderas tan hermosas no se podía hacer un producto con valor que compita en los mercados de productos sofisticados. El radal, que tiene una veta y color tan hermosos, que está prohibido talarlo en cualquier circunstancia, y del que se puede usar el árbol caído para trabajar. El maitén, el ñire, del que no veíamos más que leña. Entonces el proyecto comenzó a tornarse ambicioso. Hicimos tipificar las maderas, estudiar cómo se secan, ensayos de reforestación. Hicimos algo muy lindo: un taller de carpintería en la escuela de la villa más cercana que tenemos en Cholila, Villa Lago Rivadavia, de 60 alumnos, que empezó como una actividad extracurricular y la directora nos pidió que pasara a curricular, ya que los chicos no iban a la escuela pero no faltaban al taller, así que se convirtió en un estímulo muy importante. Además de una salida laboral.

–¿Cómo fue el proceso hacia la etiqueta?

S. G.: –Fue una secuencia. La gente empezó a ver algunas piezas y a querer comprarlas, entonces es cuando se incorpora Olga, para profesionalizar el proyecto desde el diseño. Hacer la línea, el catálogo, los productos.

O. R. –Comenzamos a investigar las cualidades físico-mecánicas de las especies para aplicarlas. Qué madera aplicaba mejor para cada tipo de diseño, y paralelamente empezamos a trabajar con productores de la zona. Con artesanos para llegar al grado de calidad que nosotros queríamos, ya que buscamos desde siempre la pieza perfecta, aunque fuese de madera. Al principio les costó entender que no íbamos a comprar materia prima, madera que no viniera con el certificado correspondiente, con su trazabilidad, pero hoy ya hay una enorme conciencia de cómo trabajamos en la zona.

–¿Cómo surgieron los primeros productos?

O. R.: –Los primeros los trabajamos nosotras con los artesanos para ver cómo se comportaba la madera. Empezamos con las ensaladeras, las yerberas y las reposeras. Cuando ya teníamos mucho más claro qué maderas aplicar en qué, empezamos a convocar a algunos diseñadores para hacer algunas colecciones, ya que nos gusta que además nuestra marca sea una plataforma de diseño. El primero fue Federico Churba.

–¿Y cómo trabajaron con ellos?

O. R.:–Nosotros tenemos siempre una idea, un brief, de lo que queremos, pero la madera es siempre un desafío porque es un ser vivo. Reacciona frente a cualquier cambio climático. Cambia, se adapta y se tiene que trabajar como tal. Su tacto, olor, color. En todas las piezas, sobre todo las que tienen contacto con los alimentos, lo único que tienen como terminación es cera de abeja, justamente para proteger la pieza pero sin cambiarla. No le damos ningún tinte o cambio al veteado natural de las especies. Eso hace que cada una sea diferente a otra. Por eso son únicas.

Nosotros tenemos varios procesos tecnológicos, pero nuestra parte más artesanal está sobre todo en la terminación que es una seda y hace a la diferencia. Y eso es lija, lija y lija.

¿Los resultados?

O. R.: –Hoy tenemos una colección de 80 piezas a la que se les siguen sumando objetos. Y distintas líneas. Las diseñadas por nosotros, como la Oval que reúne todo tipo de ensaladeras, bowls, platos de sitio, posafuentes en maitén; la Trama de caminos, bandejas e individuales en ñire y cuero; la Cayú con bandejas, platos de sitio, porta bowls, tablas de aperitivos en ñire y cerezo y la Acer en petiribí e incienso. Además de piezas diseñadas especialmente por proyectistas locales como los floreros y carameleros Mareados en radal de Churba y Lix Klett. De Churba solo, la Saeta que son bandejas en radal, Viceversa que suma distintos contenedores, la Gota de platos y la Triángulo de organizadores y portalápices en ñire y maitén.

¿El nombre?

S. G.: –Antu es sol en mapuche. Así que Solantu es puro sol. Mucha luz.

–¿Y ahora se incorpora el cuero?

S. G.: –El tema empieza con un criadero modelo, Yacaré Porá, ubicado en la estación Puerto Valle del departamento correntino de Ituzaingó. Yo digo que últimamente me dedico a las producciones no tradicionales. Ganaderías no convencionales, en este caso. Tenemos otro campo en Corrientes al lado de los Esteros del Iberá donde habitan los caimanes o yacarés, en su hábitat más natural y nos empezaron a hablar de lo que es un programa de ranching, de crianza sustentable que favorece la conservación de la especie, con el beneficio de generar trabajo local. Entonces empezamos el tema de la crianza sustentable de los caimanes. Y de nuevo nos encontramos con que tenemos una materialidad fabulosa, un cuero bellísimo, en una provincia muy pobre. Así que decidimos optar una vez más por el compromiso, en otro mundo fascinante, porque si en las maderas tuvimos que aprender, acá mucho más. Y hoy podemos decir que tenemos un criadero con muy buenas prácticas y produciendo piezas que nos gustan mucho. Un proceso similar al de la madera, con un recurso quizá más fácil de posicionar por ser un material sofisticado. La especie argentina, el yacaré obero o Caiman latirostris, es muy parecido al aligator, que es reconocido como el mejor en el mundo, pero con un cuero que a nosotras nos gusta más porque tiene una escama más chica. Lo que da la calidad del cuero de cocodrilo es la cantidad de calcio que acumula en la escama.

–¿Sumando nuevas experiencias..?

S. G.: –Y anécdotas. Si las tenemos con la carpintería, acá se multiplican porque para recolectar los huevos los pobladores locales participan de distintas maneras. Desde el criadero nosotros hacemos todo con monitoreo del Conicet y convenios con gente de fauna. Recolectamos de la naturaleza, los incubamos y de los que nacen devolvemos un diez por ciento. Normalmente de los huevos solos en la naturaleza sólo nace el diez por ciento y sólo llegan al año de edad otro diez, o sea un 1 por ciento llega a adultos por depredación, frío o falta de alimento. Así que cuando nosotros devolvemos el diez por ciento, repoblamos. Además se devuelve nido entero para respetar la diversidad y siempre con el control de fauna. Y tenemos experiencias maravillosas, como que nacieron por primera vez porque no estaban descriptos en la naturaleza cinco albinos. Además de todas las piezas que vamos sumando y que seguiremos desarrollando con la intención de trabajar con respeto y ética desde nuestra identidad.

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