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Sábado, 30 de octubre de 2010

Una historia de nuestro gran parque

Sonia Berjman y Daniel Schávelzon acaban de publicar una historia del Parque 3 de Febrero que vale la pena ver. Palermo, editado por Edhasa, es una muy detallada historia de ese notable lugar porteño que merece ser leída como una meditación sobre la creación de espacios públicos y las ideas que apuntalan un concepto de ciudad. Palermo no fue simplemente un lugar al que se le pusieron árboles y lagos sino una idea de sociedad y país articulada en el espacio.

Los autores arrancan en la prehistoria, colonial, de esos campos al norte y detallan su primera historia como quinta de Juan Manuel de Rosas. Lo de quinta es un decir, porque Rosas construyó allí una residencia con lago artificial que era, según los viajeros de la época, por lejos el mejor edificio de la ciudad, casi el único que valía la pena mencionar. Que esas tierras fueran del Restaurador, que fueran un proyecto pioneer, como las llamaba el simpatizante Saldías, le dieron un rango simbólico particular. De ahí la revancha de la demolición del caserón, del nombre del parque a fundar –la fecha de la batalla de Caseros– y del nombre de Avenida Sarmiento que cubre lo que fue el camino de acceso a la casa.

El libro tiene una detallada iconografía de esta historia, del origen del parque y de sus distintas etapas de desarrollo. Pero lo mejor de estas páginas puede ser el gradual debate sobre cómo debe ser un parque y para qué sirve, incluyendo la hoy increíble discusión sobre si el presupuesto para construirlo era dinero bien gastado. Buenos Aires es inimaginable sin sus bosques y estamos en deuda con los que siguieron adelante, bancando a Thays en su proyecto y creando el parque.

Que resultó un aparato de lo más flexible, capaz de pasar de ser un bois para la ciudad de pocos habitantes al recreo de multitudes, con recitales y masas sobre sus pastos, sin perder belleza ni destruirse. Quien observe el desgaste que tienen los espacios públicos de una ciudad queda admirado por la durabilidad elegante de Palermo. Como observan Berjman y Schávelzon, lo único que realmente destruyó partes del parque fue la apropiación de tierras cobijada, sobre todo, por el intendente Carlos Grosso, privatizador de facto de muchas hectáreas.

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