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Sábado, 26 de enero de 2002

Edificios enfermos

Degradados, rotos, sucios, muchos edificios de valor patrimonial y belleza propia parecen listos para la demolición. Pero susproblemas son solucionables. Un diagnóstico de los más comunes y una manera de obtener asesoramiento del Gobierno de la Ciudad.

 Por Sergio Kiernan

Hay muchos que en el fondo los detestan y les gustaría verlos desaparecer: dejan que se caigan, como si se lo merecieran. Otros no saben y no quieren admitir que no saben: recomiendan siempre la piqueta y después tapan lo que rompen con cemento. La cosa es que muchos edificios viejos de la ciudad, con valor patrimonial y con una belleza muy propia, no reciben mantenimiento alguno y, cuando se quejan y se rompen, son tratados peor todavía. Para los vecinos de San Telmo y Montserrat, la Dirección General de Casco Histórico de la Ciudad tiene un programa de asesoramiento que evita los dos males: la degradación de los edificios y las intervenciones que empeoran el problema. Como todo en esta vida, el trabajo empieza por un diagnóstico.
El planteo es simple: el que se de una vuelta por el edificio de La Prensa, sede de la Secretaría de Cultura de la Ciudad, y pregunte por el Programa de Asesoramiento para la Recuperación de Fachadas va a ser atendido por arquitectos especializados que harán una inspección del edificio y entregarán una ficha con los problemas del edificio en cuestión. Si el vecino quiere reparar su inmueble, el equipo de la dirección de Casco Histórico hace un diagnóstico más detallado con recomendaciones. Este informe evita, entre otros males, que al vecino le digan que “no se puede” arreglar algo, que lo mejor es romper todo y poner... bueno, el famoso cemento que todo lo tapa y queda “nuevito”.
Los problemas que enfrentan las casas antiguas son sistemáticos y se repiten. Los más comunes son:
u Frentes ennegrecidos por la polución, el polvo y la humedad. La cáscara negra que recubre fachadas y ornamentos se remueve con hidrolavado a la menor presión posible. Hay que revisar con cuidado lo que se va a lavar, a ver cuánta agua resiste. Las manchas rebeldes se remueven a espátula y con productos especiales, como el gel para sulfatos. Pintar las fachadas es casi delincuencial y tonto: quedan mal –excepto en esos edificios que fueron construidos para ser pintados– y la pintura se ensucia mucho más rápido que un buen frente recién lavado.
u Manchas de sales solubles. Son esas manchas blancas que parecen hongos. Resultan de la filtración de humedad que de a poco hacer reaccionar el material del muro o balcones, con lo que se precipitan sales del cemento. Primero se solucionan las filtraciones, luego se quitan las manchas.
u Verdín. Este musgo crece en los poros del material de las fachadas. Lavarlo es fácil: cepillo de fibra vegetal y lavandina concentrada disuelta mitad y mitad en agua. El tema es evitar que vuelva a crecer, lo que se logra pasándole al material un hidrorrepelente. Si bien el verdín no afecta en sí a la fachada, es un signo de humedad y ayuda a concentrarla.
u Malezas en los frentes. Las plantas no deberían crecer en las paredes y si lo hacen es porque hay algo roto que les hace lugar a las raíces. No hay que arrancarlas: eso rompe todavía más los muros y sobre todo las cornisas y molduras. Primero hay que matarlas con herbicidas de acción total –se consiguen en las ferreterías– y cuando están bien secas hay que sacarlas con todo cuidado, sin romper. Obviamente, hay que reparar el daño que les hizo lugar para crecer.
u Humedades. Lo más complicado de tratar. Si la humedad es descendente, el problema suele estar en los desagües y juntas de techos planos, donde se acumula el agua. Hay que revisar los pluviales y repasar juntas, medianeras y las uniones de la mampostería con los frentes. Muchas cornisas muestran marcas de humedad, y hay que impermeabilizar su cara superior porque simplemente son atravesadas por las lluvias. La humedad ascendente es más difícil y requiere un tratamiento especial con inyección de productos aptos. Lo que no hay que hacer es revestir todo con ceresita, que simplemente evita que se vea el problema pero deja que el muro se pudra sin ser percibido.* Pérdida de revoques en los balcones. Generalmente es producto de filtraciones que oxidan los hierros internos de la estructura. El hierro exfolia, aumenta de tamaño y la tensión resultante parte el material, que se pierde. La reparación debe tener en cuenta este aspecto estructural antes del aspecto exterior.
u Destrucción de ménsulas y ornamentos. Rajados o en peligro de caer, son en general simplemente eliminados a martillazos. Y se deja el ladrillo a la vista, invitación a la humedad, o se tapa a las malas con algún cemento. Visualmente, es una de las cosas más destructivas que pueden pasarle a un edificio: el casco histórico todavía está lleno de edificios atacados de este modo, con sus molduras y ornamentos destruidos o afeitados, chorreados y partidos.
u Guano, pintura, suciedad. Es increíble el daño que se realiza a muchos edificios con revestimientos de piedra París por pintarlos. Este material fue inventado para ser la terminación final de fachadas y ciertos interiores: pintarlo es arruinarlo. Las palomas también hacen lo suyo, con su guano ácido que marca y rompe molduras más delicadas. Y la simple suciedad de décadas, sobre todo a nivel de la acera, afea y arruina materiales que podrían lavarse.

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