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Sábado, 21 de abril de 2012

Misceláneas

 Por Jorge Tartarini

En 1810, un neoyorquino de treinta años, Samuel Williams Taber, podría haber ingresado a la historia naval argentina. Al enterarse de que la Revolución por aquí prosperaba, vino desde Montevideo para exponer ante los miembros de la Primera Junta su proyecto de submarino para atacar la flota realista. El artefacto –una especie de zeppelin de madera de unos 10 metros de largo– perforaría los buques enemigos en la rada de Montevideo y colocaría en ellos explosivos. La Junta estudió los planos y, en un informe secreto, los aprobaron. Costeada por el yanqui –un émulo de Verne con vocación de espía–, comenzó la construcción. El 11 de octubre de 1811 Taber partiría en una carreta tirada por bueyes a la Ensenada de Barragán, donde experimentaría su creación en las profundas aguas del río. Todo en el máximo secreto. Pero jamás llegó a destino. Unos días más tarde, el 22 del mismo mes, cayó la Junta Grande y asumió el Primer Triunvirato, que decidió anular la operación. Un cambio de gobierno, viejo enemigo de proyectos y continuidades. ¿Qué habrá pasado con aquel fellinesco aparato? Quién sabe. Por las dudas, arqueólogos urbanos sin pistas serias, abstenerse.

Acostumbrarse a los cambios no siempre fue fácil. Más cuando lo que se deja atrás ha calado hondo en nuestras costumbres por mucho tiempo. Una prueba fue la aparición de la iluminación a gas en el hogar. Acostumbrada a las velas, la gente soplaba el pabilo y se iba a dormir olvidándose del fluido. Las explosiones en aquellos años estuvieron a la orden del día, causando serios accidentes.

Antes de las aguas corrientes, era común que la gente se abasteciera del agua del Río de la Plata con el aguatero, y los más pudientes con la que recogían de las lluvias los aljibes. Decía Lucio V. Mansilla en sus memorias que tener aljibe en el barrio era sinónimo de alta prosapia o bien que la familia “teniá el riñón cubierto”. De tal forma que tal o cual vecino pasaba por grosero por los muchos baldes de agua fresca que pedía, o bien el propietario por tacaño, porque sólo a ciertas horas no dejaba con llave el candado de la tapa del precioso recipiente. Los hurtos por la siesta o por la noche fueron desapareciendo con la llegada de las redes en 1869, un cambio que ayudó a mitigar las odiosas diferencias.

Aun en la década de 1920, en la mayoría de los hogares se cocinaba con leña o carbón, en las cocinas de hierro fundido. Del gas ni hablar, pocos hogares lo utilizaban para el baño y la cocción de alimentos. Las compañías de gas alquilaban cocinas inglesas, por día, pero no eran populares. Recién a finales de los ’20 –cuando el gas perdió el negocio del alumbrado público a manos de la electricidad–, las empresas concentraron grandes esfuerzos publicitarios para promover el uso del gas en el hogar. Una de las herramientas más poderosas fueron los cursos de cocina dictados por un grupo de ecónomas en radios, teatros y sucursales de La Primitiva. Entre ellas, pronto descolló una joven santiagueña, Petrona Carrizo de Gandulfo. Las campañas de publicidad gráfica de aquellos años se inscriben en lo mejor de la historia publicitaria argentina. En ellas, generalmente se veía a dos amas de casa: una moderna, de punta en blanco, frente a una cocina de gas, con tiempo para hacer otras cosas dentro y fuera del hogar; la otra, “Doña María Castaña de Retraso”, desaliñada, luchando contra los humos y suciedades de una cocina a carbón. Sin saberlo, difundir el uso de la novedad, la cocina a gas, permitió a una persona que hasta entonces no sabía hacer un huevo frito, doña Petrona, iniciar una vocación que la convertiría en icono inseparable de la cocina argentina. El cambio llevó años pero, sin ella, seguramente hubiera llevado más.

Es curioso observar cómo los nuevos artefactos e invenciones en general utilizaban en su diseño las formas de los objetos que sucedían, aunque usaban otra forma de energía. Cocinas con formas de muebles, automóviles con líneas de carruajes, inodoros apoltronados, lavabos con canillas utilizándose como jofainas, etc. Otra particularidad es que los cambios en los modos de energía raramente fueron drásticos. Lo común fue que coexistiesen, por ejemplo en los hogares, las velas, el carbón, el kerosene, el gas y la electricidad.

El delicioso libro Apenas ayer, de Frederick Allen (Only Yesterday, 1931), da cuenta de la velocidad que tuvieron los cambios en la sociedad estadounidense y por extensión en buena parte del mundo en los años ’20. Un fenómeno en más de un aspecto comparable a lo vivido con los cambios culturales y tecnológicos de décadas recientes. ¿O acaso imaginábamos que el pequeño celular del Capitán Kirk en Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966) hoy formara parte de nuestra adictiva realidad? Asimov y otros cultores de la ciencia ficción, probablemente. Pero los demás...

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