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Sábado, 18 de mayo de 2013

Con sabor holandés

 Por JORGE TARTARINI

A fines del siglo XIX, América aparecía como tierra de promisión. En el continente, la Argentina se presentaba como un país que estaba recibiendo grandes contingentes migratorios europeos, entre los que se contaban profesionales, técnicos y mano de obra proveniente de un variado grupo de nacionalidades. Cada una de ellas dejaron obras de ingeniería y arquitectura que hoy son parte indisoluble del patrimonio cultural argentino. Entre estos profesionales merece destacarse el conjunto de ingenieros y arquitectos holandeses formados en diversas academias y escuelas de su país de origen y con experiencias de trabajo en Europa, Asia y otros países de América. Un grupo que, aunque menos numeroso, tuvo destacada actuación creando empresas constructoras a cargo de grandes obras de infraestructura portuaria, y abarcando además los más variados programas edilicios, públicos y privados. Una obra que merece ser conocida y difundida.

En el campo de la ingeniería hubo profesionales como H. W. Ackermans y J. A. J. Van Haaren, quienes realizaron obras de dragado en varios puertos argentinos como los de Buenos Aires, Rosario, San Nicolás, Bahía Blanca y Puerto Belgrano, y se ocuparon de la construcción del edificio e instalaciones de la Usina Eléctrica de Rosario. Van Haaren había nacido en Luttelherp, graduándose en Delft y arribado a la Argentina hacia 1903. Trabajó en obras de ferrocarriles, portuarias y sanitarias, en las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Villa Constitución, Rosario, San Nicolás, Campana, Formosa, Diamante, Comodoro Rivadavia, Río Gallegos y Viedma, entre otras.

También hubo empresas como la de los ingenieros Dirks & Dates, vinculada a la realización de obras de ingeniería de gran envergadura en la última década del siglo XIX. Realizaron los desagües de Buenos Aires, la construcción de Puerto Belgrano (conjuntamente con Van Haaren, 1907), las obras hidráulicas de Bahía Blanca, la construcción del Ferrocarril de La Plata al Meridiano V, el Puerto de Santa Fe (1912), el dragado de los ríos Uruguay y Paraná, y los muelles del Mercado Central de Frutos en Barracas. El ingeniero holandés Juan Abel Waldorp, por su parte, fue quien proyectó y dirigió la construcción del Puerto de La Plata (1883-1889), actuó en obras de arquitectura y se ocupa de la reconstrucción del Pabellón Argentino en Plaza San Martín (1893). Y su hijo, Juan Abel Adrián, nacido en Buenos Aires, fue ingeniero y arquitecto y se especializó en arquitectura escolar, realizando una importante cantidad de edificios educacionales. Proyectó el Teatro del Lago en La Plata, las ramblas de Necochea y dirigió la construcción de la de Mar del Plata, las municipalidades de Tandil y Balcarce, el Club Gimnasia y Esgrima en Palermo, el Tattersal de Adolfo Bullrich y Cía., y residencias particulares.

Otro holandés, el arquitecto Enrique Folkers, se había instalado en Buenos Aires a principios de siglo, y dentro de su relevante actividad profesional, se destaca el edificio del Club Español, en Bernardo de Irigoyen 172.

El arquitecto John J. Doyer (1862-1939) había nacido en Livolle y cursado estudios en las academias de arquitectura de esta ciudad y de Amsterdam, entre 1885 y 1888, donde finalmente se graduó. Viajó a la Argentina en 1888, y realizó varios trabajos en colaboración con el arquitecto Lavigne.

Proyectó distintas obras para The Buenos Aires Western Railway Co. Ltd. –ex Ferrocarril del Oeste–, entre las que se encuentran la Estación Ramos Mejía (1905), la Estación Once de Septiembre (1896), algunos edificios de los Talleres de Liniers, etc. También le pertenecen la Estación Terminal de Bahía Blanca del Ferrocarril Pacífico (1908); la Oficina Central y varias sucursales de la antigua Cooperativa Telefónica, así como numerosos chalets en los alrededores de Buenos Aires y Mar del Plata.

Aportes holandeses que, ya en la primera mitad del siglo XX, también pueden rastrearse en plena Patagonia, en la pequeña localidad de Diadema Argentina, nacida del campamento instalado por una compañía petrolera de ese origen.

En cada ejemplo hoy pervive una parte del saber llegado a estas tierras y los valores propios surgidos de un proceso de transferencia tecnológica y cultural con matices y sabores de ambas latitudes.

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