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Sábado, 18 de mayo de 2013

Una discusión sobre qué es patrimonio

 Por Sergio Kiernan

La facultad de arquitectura de la Universidad de Palermo publica una revista libro, Arquis, que canaliza las investigaciones de alumnos y profesores de la carrera que dirige Daniel Silverfaden. La edición de julio de 2012 volvió a la circulación después de ganar el primer premio de la Sociedad Central de Arquitectos y el Consejo Profesional de Arquitectos y Urbanistas a la investigación publicada. El libro se titula Patrimonio moderno 1940-50-60 y resulta una caja de Pandora de ideas contradictorias. Y en particular de la que se pregunta, tipo Mordisquito, si es posible que la arquitectura moderna sea alguna vez patrimonial.

Para que quede en claro, esta vez no es una afirmación casi dolosa como la que hizo el CPAU en una de sus revistas, cuando afirmó que las torres de hoy son el patrimonio del mañana. Esta liviandad tan conveniente –el CPAU se dedica a cobrar la matrícula profesional y a apoyar a los megaestudios concentrados– no puede tomarse más que como propaganda. Pero el libro de la UP sí despierta la pregunta en serio por la calidad del relevamiento dirigido por Gustavo Robinsohn y Martín Torrado, y realizado por seis pasantes universitarios, dieciséis alumnos, nueve arquitectos invitados a colaborar y cinco asesores técnicos. El libro es realmente un aporte al estudio de la vivienda en altura de esos años y realmente cumple lo que anuncia cuando habla de rescatar olvidados, delinear carreras y sistematizar obras. Cada entrada cuenta con fotos y documentación como plantas, alzadas, cortes e insertación urbana.

El problema es el uso de la palabra patrimonio. Para empezar, un mapita muestra que casi todos los edificios así exaltados en el libro se concentran en la zona norte, de Retiro a Palermo. Esta es la misma zona donde se concentró el primer patrimonio porteño, el que hoy reconocemos regularmente con esa palabra. Ergo, se puede asumir que cada edificio que se ve en estas páginas costó la demolición de uno anterior, ese unánimemente llamable como patrimonial.

Pero este libro quiere incluir en esa categoría hoy positiva a los modernos, a los que demolieron para aparecer, con lo que nunca se menciona ese costo social.

Luego hay que ver qué se construyó en esos terrenos abiertos a maza y destrucción.

La década del ’40 es la más rica y cuidada, con edificios preciosamente balanceados y proporcionados, negados en la decoración, pero texturados con mano segura. Es el caso de todos los de Hardoy-Kurchan o los de Wladimiro Acosta, con casos menos conocidos como la bella esquina de Juncal y Rodríguez Peña de Camicia, Espinosa y Lafosse (justo atrás de la plazoleta), o los inolvidables cerramientos deslizables de Onetto, Ugarte y Ballvé Cañas allá en Juramento al 3300.

Pero con la misma calma y la misma falta de comentarios –las fichas incluyen autores, año y bibliografía, nada más– se apilan las obras de Mario Roberto Alvarez o del interminable estudio Sánchez Elía-Peralta Ramos, ambos de pesadas horizontales y un aire práctico, comercial, que no afloja nunca. Hay destacados entendibles, como el edificio curvo de Cerrito y Posadas, tan logradamente norteamericano y casi garboso en las proporciones que le dio Arturo Dubourg, pero hay misterios reales: ¿el bodrio a tanto el metro de la esquina de Ayacucho y Alvear merece figurar? Más aún, ¿merece una foto en detalle de un pequeño retiro en el hormigón de las salientes? ¿En serio? Pero la década del cuarenta es, como se ve, debatible, lo que continúa en los cincuenta, aunque hace su aparición la peste del azulejito en fachada. Aun así se ven piezas muy bien pensadas, con algo más en mente que el costo final y la planilla Excel.

Pero ya en los cincuenta y lanzadamente en los sesenta, se ve dominar al edificio aburrido, horizontal, hecho al mínimo posible del código. Todavía al arquitecto le permiten cosas como un mínimo retiro aquí o allá, o el diseño de persianas especiales, pero aquí aparecen ya las torres tan detestadas que destruyeron esta ciudad. Las páginas dedicadas a Belgrano son un catálogo de edificios indudablemente patrimoniales sacrificados por el lucro, de jardines arrasados para hacer cocheras y cimientos.

Las páginas finales son francamente cuestionables en su ecumenismo. Cabildo 1350 es indudablemente un edificio sin valor alguno, más allá del medible en dólares por metro cuadrado, lo mismo que Moldes 1511, excepto que se considere genial eso de poner puertas corredizas en lugar de persianas en los frentes. Y que figure Libertador 3130, vecino y enanizador de un edificio francés tardío, parece una provocación.

Como se ve, un libro muy recomendable en estos tiempos en que la bibliografía de la arquitectura moderna es compuesta únicamente por sanata oscurantista, chivos, gacetillas glorificadas o álbumes de figuritas. Al menos éste se toma las cosas en serio e invita a discutir el tema de tapa, lo cual no es poco.

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