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Sábado, 21 de diciembre de 2013

Contextos y peleas

La Defensoría del Pueblo pide que Caballito sea analizado como se debe, mientras el monumento a Colón parece acercarse a una solución y en Mar del Plata se movilizan por una casona.

 Por Sergio Kiernan

El defensor adjunto del pueblo porteño, Gerardo Gómez Coronado, le envió una nota a la presidenta de la Comisión de Planeamiento Urbano de la Legislatura porteña, la diputada Karina Spalla, sobre el maltratado tema del shopping de Caballito. Gómez Coronado refleja en su nota varias preocupaciones vecinales sobre el enorme proyecto, que quedó de vecino al parque-núcleo de viviendas concursado en el patio de maniobras ferroviarias de la estación Caballito. El choque entre ambos proyectos puede ser complicado y pasa por el proyecto de Ley 2513, que pide normas urbanísticas especiales para el futuro shopping.

El terreno está sobre la avenida Avellaneda, entre Olegario de Andrade y la línea de la calle Fragata Sarmiento, tiene casi 25.000 metros cuadrados –un par de manzanas y media– y queda entre el patio de maniobras y el Club Ferro Carril Oeste. Actualmente, el lugar tiene una zonificación R2aII, ideograma chino que significa en concreto que se puede ocupar el 80 por ciento del lote y construir hasta 38 metros de altura. Y ahí se pueden hacer centros de compras, restaurantes, juegos infantiles, estacionamiento y hasta un museo.

Todo muy lindo, pero Gómez Coronado señala un viejo vicio de la cosa pública, que es la de tratar los temas aisladamente, como en el aire. El defensor adjunto pide que no se regule el emprendimiento comercial en el terreno privado sin tener en cuenta que al lado habrá una obra vasta en el terreno público. Esto porque Primera Junta y alrededores es la zona más densa de la ciudad, como se sabe desde las célebres luchas contra las torres, y porque es además la que más permisos de obra recibió del macrismo.

Con lo que un shopping más un importante conjunto de viviendas van a crear un nivel de tránsito y circulación peatonal para el que la zona no está preparada en su actual planteo. Lo que señala el defensor adjunto es que el proyecto de ley que debe tratar la comisión no es preciso en cuanto a cosas como abrir calles a través de las vías ferroviarias, y no toma medida alguna para proteger el tejido urbano cercano.

Lo más curioso es que Buenos Aires no necesita en absoluto este shopping. La ciudad ya tiene trece de estos centros comerciales de entre 50 y 100 locales cada uno, con marcas que se repiten hasta el aburrimiento intercambiable. En Rivadavia e Hidalgo, cerquita del proyectado en la estación, ya hay uno de cien locales que ocupa el viejo Hogar Obrero. En otros puntos de la ciudad se están construyendo otros dos y eso sin contar los que están legalmente fuera de Buenos Aires pero físicamente integrados a la megaciudad porteña. Y todos, todos, con la misma monotonía de oferta y diseño. El emprendimiento de Caballito no tiene, claramente, el menor valor urbano, es únicamente un negocio.

En estos términos, Gómez Coronado pide a la diputada Spalla que se realice una audiencia pública sobre el tema y que el shopping sea analizado en todo momento en el contexto del centro de vivienda y del barrio en general.

El Colón

En este mismo suplemento, el arquitecto especialista en patrimonio Fabio Grementieri hace un llamado a la cordura de las partes en el ya ríspido lío del monumento a Cristóbal Colón de atrás de la Casa Rosada. La novedad de la semana es que queda en claro que Ciudad y Nación están acercando posiciones para cerrar el tema con un traslado de la pieza escultórica a otro punto de la Capital, descartando la idea de mandarla a Mar del Plata o de litigar para que se quede en la plaza, que efectivamente es hoy el jardín de la Presidencia. Esto dejó descolocado a más de uno.

En un punto, es un caso de aquello de que quien se acuesta con niños, mojado se levanta. Por razones insondables, parece que se pensó que el macrismo súbitamente respetaba en serio el patrimonio, como si hubiera aprendido una lección o hubiera tenido un cambio íntimo. Creer que la gestión más cínica y comercial que se pueda imaginar hiciera una excepción con Colón por razones culturales o patrimoniales es parte del largo catálogo de las cosas que uno cree porque quiere creer. Obviamente, era una oportunidad de atacar al gobierno nacional al pescarlo en el error.

Con lo que apenas hubo un acercamiento político, una baja de tensión como se vio en estos últimos días, el problema de Colón dejó de ser terrible e insoluble y comenzó a ponerse cuerdo. Pese a los fantasmas, nunca se trató de una demolición, de las tantas que aprueba cotidianamente el macrismo. Nada se perdía, nada se tiraba a la basura, sino que se movía un delicado objeto construido, lo cual no es poco y merece toda vigilancia. El gobierno porteño abandonó su forzada y poco creíble postura de cruzado de la historia urbana –el jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta avisando que “mañana nos afanan el Obelisco”– y dejó pagando, para usar una frase común, a quienes se habían ilusionado.

Mansilla y un premio

La Cámara porteña ratificó la cautelar que frena la demolición del edificio viejo de la iglesia Guadalupe, en plena Villa Freud. El edificio sobre la calle Mansilla pareció caer víctima de un nuevo jardín de infantes del complejo educativo, privado él, que hace tantos años anda en esa manzana. Las cosas raras sobre esta obra son varias, empezando porque sigue sin aparecer la nota del CAAP que descataloga el lote, en otra de esas “reconsideraciones” que tanto trabajo darán a los fiscales alguna vez, cuando ya no gobierne el macrismo. Los jueces hicieron una visita al lugar y escucharon al fiscal diciendo que el interés “social” de tener un jardín privado supera el interés patrimonial, una lógica realmente curiosa y evidentemente poco convincente.

En el mismo barrio y a pocas cuadras, este jueves hubo una fiesta entre amigos del patrimonio. El Observatorio de Patrimonio y Políticas Urbanas que anima Mónica Capano entregó un premio a activistas que este año trabajaron y mucho por salvar edificios, cuidar empedrados y en general frenar los desmanes del macrismo en funciones y sus socios comerciales. Hubo gente de varias comunas, que cotidianamente patean las calles estudiando la vida de sus barrios y haciendo listas para darles contexto a sus amparos y proyectos. Es notable, pero estos vecinos activos trabajan con mucho más tino que los supuestos profesionales del gobierno porteño. Para dar apenas un ejemplo, los vecinos de Parque Chacabuco se pusieron a contar bares y kioscos alrededor de su espacio verde, para demostrar que el lugar no necesita más bares adentro, como se aprobó recientemente. De hecho, el Chacabuco ya tiene sus bares bajo la autopista que lo cruza, donde hay un centro comunitario que, a la muro de Berlín, lo divide en dos.

También se reconoció a figuras más públicas, como los diputados porteños María José Lubertino y Tito Nenna, que impulsaron leyes y pusieron el hombro en movilizaciones, amparos y causas judiciales. El abogado Pedro Kesselman recibió su diploma a la paciencia, el buen humor y las interminables horas de tribunales tratando de parar la piqueta y otras trampitas de la industria. Y Jaime Sorín, flamante presidente de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, fue reconocido por sus trabajos desde el llano y su todavía muy nueva gestión.

Fue una noche cordial, con libros para todos y unos cuantos mensajes muy básicos, como que la custodia del patrimonio es un tema explícitamente político porque es parte de las políticas de una ciudad, como la salud o la educación.

Marplatenses

Quienes tienen edad para recordar la vieja Mar del Plata anterior al Mundial ’78 y la infame comercialización de toda su orla urbana, la tienen en su corazón como una de las cosas más bellas creadas por los argentinos. Esa ciudad quedó tapada por torres de ínfima calidad, nulo gusto y ninguna preocupación más allá de ganar dinero. Aquí y allá quedaron algunas casas como para hacer contraste con lo nuevo, testimonios de la calidad constructiva y el gusto local. Una de esas construcciones es conocida como La Cuadrada, en la calle Nueve de Julio.

Hasta febrero, el caserón era un restaurante y centro cultural muy animado que se ganó un lugar importante en la escena marplatense (la permanente, la de los que viven allá). Para este fin de año, corrió la voz de que se iba a demoler para hacer, cuándo no, otra torre. La historia, que nos llega por nuestro roving editor Jorge Cohen, es que un temporal de granizo arruinó el techo de la casa y por eso terminó en venta, todo un síntoma de la fragilidad de las cosas.

Como en Mar del Plata no hay una ley clara de patrimonio y el todo vale sigue siendo duro, la productora cultural Liliana Wolansky organizó un abrazo a la casa. Lo hizo por redes sociales y llamando a los amigos, cosa de no quedar sola. Resultó un éxito, una muestra de preocupación y de conciencia tal que motivó una respuesta del gobierno municipal local. Desde la Secretaría de Cultura avisaron que van a presentar un proyecto para preservar la casa y tal vez expropiarla como centro cultural público. Desde Planeamiento Urbano confirmaron que “hubo consultas”, pero que todavía nadie pidió un permiso formal para demoler La Cuadrada, ya vendida a nuevos dueños.

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Imagen: Rafael Yohai
 
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