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Sábado, 30 de abril de 2016

OPINIóN

El sueño de los chinos

 Por Gerardo Gomez Coronado

En dos columnas anteriores nos referíamos a China en sus aspectos de densidad urbana y de protección del patrimonio, basándonos en la experiencia vivida en un reciente viaje al gigante asiático gestado y planificado por Estela Berlinerblau. Así comprobamos que existe una matriz territorial y cultural que deriva de una planificación estratégica basada en un proyecto político que excede los simples lineamientos de gestión pública para satisfacción de demandas internas, e incursiona en objetivos de liderazgo geopolítico regional y global.

Si bien algunos sinólogos enmarcan este proyecto político en la vasta y milenaria historia china, nosotros nos atendremos -afirmándonos en el ensayo sobre el Sueño Chino que escribieron Néstor Restivo y Gustavo Ng- a la tradición instaurada en las últimas siete décadas por los líderes de la República Popular. Se trata de sintetizar la doctrina de sus mandatos con ideas o lemas: Mao Zedong tuvo varias, Deng Xiao Ping instaló la de “reforma y apertura” que significaba privatización de empresas y liberalización del mercado, Jian Zemin que bajo el lema de sus “tres representaciones” instauró formas de propiedad privada a la vez que ratificaba sus raíces marxistas, Hu Jintao con su “Sociedad en Armonía” focalizado en la redistribución del ingreso hasta el “Sueño Chino” explicitado por el actual presidente Xi Jinping cuando asumió en marzo de 2013.

Este “Sueño” que, como explicó el propio Xi “son objetivos, pero como están revestidos de mística se convierten en sueños”, se enlaza en el nacionalismo y recuperación de la integridad territorial implantada por Mao, pero fundamentalmente en la proyección global de China derivada de la reforma de Deng.

Al referirnos en m2 a la planificación urbana y territorial de la China actual () hacíamos referencia a que detrás de ese “rascacielismo” exacerbado que se evidenciaba en las grandes ciudades costeras no respondía tanto a demandas de mercado. Más bien tenía que ver más con el reflejo arquitectónico de la apertura a Occidente que por esos lares tenían como modelo a ciudades como Hong Kong, Tokio o Singapur, mostrando que en ese rubro China podía construir edificios mas altos y en mayor cantidad. Y a su vez poníamos como ejemplo de capacidad y poderío tanto la reconstrucción en términos faraónicos futuristas del centro de Guanzhoug en un plazo no mayor de cinco años o la construcción del tren magnético mas rápido del mundo, cuyo trazado no llega a los treinta kilómetros pero que fueron suficientes para bajarle el record al tren bala japonés reafirmando el objetivo político de mostrarse como la gran potencia del siglo XXI.

Esta necesidad geopolítica también tiene su paralelismo en lo que respecta a la Protección del Patrimonio arquitectónico y cultural. A esto nos referimos en el suplemento anterior ( ) cuando comentábamos que en función de un proyecto nacional con pretensión de liderazgo mundial hay un especial cuidado por parte del gobierno en la restauración, preservación y revalorización de los símbolos de la China imperial, que ejercía un indiscutido liderazgo continental como las obras de restauración y mantenimiento de los soldados de Xian (ejército de Terracota), los Palacios Imperiales y la propia Muralla en desmedro del patrimonio (especialmente el arquitectónico) de los siglos XVIII, XIX y XX. Este período coincide con la época de neocolonialismo y los periódicos sometimientos a las potencias europeas o a Japón.

Ahora bien, mas allá de lo interesante que nos pueda resultar poder visualizar empíricamente como en casi ningún lugar del mundo cómo se lleva a la práctica un modelo o render de planificación estatal estratégica a escala monumental, uno no puede dejar de plantearse o interrogarse si efectivamente gracias a toda esa indudable capacidad económica y de gestión China logrará convertirse en primera potencia, inclinando hacia Oriente la hegemonía que actualmente existe en Occidente, particularmente en los EEUU. Si nos basamos en los guarismos geopolíticos de territorio, población, capacidad industrial instalada, recursos naturales, mano de obra capacitada, fuerzas armadas, participación en el comercio internacional, crecimiento del PBI, indudablemente el cambio de mando en el liderazgo mundial (que podría tener o no formato de imperialismo) resulta una simple cuestión de tiempo, de décadas.

Pero si entendemos que un liderazgo mundial se afirma como tal no sólo por factores cuantitativos sino también por el grado de aceptación y asimilación socio-cultural que logre obtener por parte del resto de los países, ya la certeza sobre el cambio de mando que esbozábamos en el párrafo anterior comienza a flaquear. Si el liderazgo no va a acompañado de un paradigma con vocación universalista complementario, difícilmente un Estado o Pueblo puede ejercer una hegemonía que se mantenga lo suficiente en el tiempo. Este paradigma cultural puede ser propio como el de los griegos y persas, o bien ser adoptado y/o asimilado como el de los babilonios y romanos. Pero no lograron pasar la prueba o filtro del tiempo otras grandes potencias militares como los mongoles, los hunos o inclusive nuestra más vigente Rusia, ya sea en su faceta zarista, en la faceta Soviética o en su versión contemporánea.

Alguien podrá señalar que ese universalismo que le reclamamos a quienes pretendan plantarse como potencia global tiene un tinte a etnocentrismo occidental. Podría ser, como también es cierto que en la sociedad china uno no vislumbra grados de apertura cultural que vayan mas allá del consumismo occidentalizado de marcas y modas. Pero mas allá de lo que uno pudo vivenciar, las palabras del presidente Xi, “ahora tenemos la confianza en nuestra teoría, nuestro sistema y nuestro camino, basados en nuestras condiciones nacionales. Nunca antes el pueblo chino estuvo tan cerca de realizar su sueño como hoy”, nos muestran una vocación de liderazgo basado en una impetuosa política de apertura comercial pero acompañada de un ombliguismo cultural que a nuestro entender difícilmente logree globalizarlo.

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