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Sábado, 31 de enero de 2004

Una modesta propuesta

Entre vecinos y Ciudad, una cuadra de una calle de La Boca cambió la cara. Magallanes al 800 pasó de perdido patio de servicios a protagonista de la movida artística y turística, con una clara mejora de calidad de vida para sus habitantes. Un trabajo que tuvo poco presupuesto, muchas ideas y buen diálogo entre las partes.

 Por Sergio Kiernan

A metros del mástil de La Vuelta de Rocha, en diagonal a la plazuela y a Pedro de Mendoza, pegadita a Caminito, está la calle Magallanes. En medio, entonces, del polo turístico boquense, entre gringos con cámaras, acentos diversos y vendedores de souvenirs y pinturas, era la calleja de servicios, el lugar para estacionar el ómnibus de la excursión. El que llegara al lugar –desde el Riachuelo, como corresponde– se encontraba con una ribera renovada y sus bares, la curva Caminito llena de atriles, la Iberlucea con locales y, a mano izquierda, la cuadra degradada y perdida de Magallanes. Los vecinos y la Ciudad se tomaron estos dos años para realizar un experimento de renovación urbana modesto, cuerdo y finalmente exitoso: con los pocos pesos disponibles, con sponsors y buena voluntad, la primera cuadra de la calle se revitalizó, luce mejor y es parte integrada del circuito que le cambia la cara al barrio.
Lo de modesto no es despectivo: Magallanes lleva su marca obrera con orgullo y no se trató de gentrificar el lugar, expulsando su población. Tampoco hubo un plan central como en el Pelourinho bahiense, en el que se invirtieran millones para reflotar una industria turística. Fue, simplemente, una buena idea llevada a cabo entre los vecinos de la cuadra y la Dirección General de Patrimonio porteña, parte de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural.
La cuadra, que va de la plazuela de la Vuelta a las vías muertas del ferrocarril, fue renovada, consolidada y reparada en el estilo boquense. Son cien metros variopintos, con casas de pretensión y fachadas de chapa, una gran pared ciega y una galería comercial que se beneficiaron del programa de Puesta en Valor y Revitalización de Edificios y Conjuntos con Valor Patrimonial.
La propiedad que más trabajo demandó fue la del 877, una gran casa de fachada sin pintar a la que todavía le falta una capa de cemento pero muestra su frente íntegro, con balaustres en la azotea y ornamentos en sus balcones, todos reconstruidos. El edificio estaba rumbo al colapso y tomó una gran cantidad de trabajo para consolidarlo. Parecido estado mostraba la casa del 859, con un fuerte compromiso estructural que tomó muchos días de trabajo revertir, y a la que hubo que reconstruirle los ornamentos de fachada y balcones, desmontarle y hacer a nuevo su coqueto alero con estructura de madera, e impermeabilizar.
Llegando a la esquina –por la vereda impar y hacia la vía– hay una propiedad de aires, con un estilo español y en buen estado, que no fue intervenida. Y justo en la esquina, en los números 891 y 891 A y B, dos propiedades unificadas –una, criolla y con pilastras, muy intervenida y transformada en localcitos; la otra una esquina de chapas muy comprometidas– esperan una futura fase de trabajo. Esta banda de Magallanes se completa con el pintoresco Centro Cultural, una fantasía boquense basada en un conventillo de la década de 1880 y transformada, casi escenográficamente, en galería comercial y restaurante.
La vereda par también muestra un estado variado. En la esquina de la vía hay otra casa de chapa, consolidada y pintada de parejo verde. El mismo material se repite en el 846, ahora brillante en un subido color aluminio, con las ventanas bordeadas en rojos. Parejita, la vivienda del 874 es de madera pero tiene la misma textura y, ahora, color que sus colegas de metal corrugado.
En el 886, al lado de una entrada de garaje que esconde un par de añejas palmeras, se alza un inquilinato activo, de altos, muy italiano y ornado, en pésimo estado. Por problemas familiares de los dueños, no se pudo intervenir y la casa exhibe un terrible daño estructural, con una fisura de feo pronóstico. Lo único que pudo hacerse es una limpieza básica de la fachada, un despeje de elementos a punto de desplomarse y un estudio de ingeniería. El costo de poner en valor el edificio supera con mucho cualquier cifra disponible en el proyecto. Tal vez la pieza más llamativa de esta primera cuadra revivida es el mural que cubre una amplia fachada ciega –la espalda ciega e indiferente de un edificio sobre Pedro de Mendoza– donde los vecinos hicieron un mural. Las pinturas públicas de Buenos Aires suelen ser un ejercicio en mal gusto, meras estudiantinas que deberían guardarse con pudor en un cuaderno y no imponerse al prójimo. El mural de Magallanes es una excepción: sin alardes de talento, es bonito y ubicado. Para empezar, sigue con un trompe l’oeil la trabajada fachada del 852, lo que crea una amplia banda de aparente unidad de estilo. La pintura muestra a vecinos y locales virtuales, con un anciano tomando el fresco en la puerta de un pasillo inexistente. El mural es convincente y, como la vereda es en ese tramo elevado, se transformó en telón de fondo de reuniones musicales más o menos espontáneas.
La fachada del 852 cubre una de las perlas de la cuadra, un viejo conventillo pintoresco hasta la médula y lo suficientemente bien conservado como para ser valuable históricamente. En su momento, el lugar debe haber sido de los de más cotización en la zona. La fachada, con un local y una vivienda a la calle, hace pensar en una residencia de clase media, o en esas viviendas obreras a las que accedía el inmigrante luego de asentarse y subir en la vida, como las muchas que todavía exhibe la calle Olavarría, en Barracas. Pasar el zaguán, sin embargo, permite ver que la realidad es muy diferente: la fachada esconde un convoy con todas las letras, desparejo, de madera y chapa, resuelto como un villarejo que sigue una calle interna de anchos variables, con casitas autónomas y pequeñas.
El conventillo sería perfectamente reconocible para sus habitantes originales, ya que mantiene intacta su estructura básica. Están los baños compartidos, está el lavadero con sus dos piletones comunes, están las discretas carboneras, cajones con puertas y trabas al pie de las casas. Por todos lados hay escalerillas que trepan a primeros pisos privados o compartidos, con galerías de baranda que se comban y crujen al pisarlas.
Este pequeño universo de maderas fue restaurado con cuidado: se reemplazó lo podrido, se trató con nutrientes lo seco, para darle flexibilidad. Y luego se pintó todo, lo que creó la curiosa situación de darles a elegir a los habitantes –algunas familias, cinco ateliers de arte, un matrimonio con 40 años en el lugar– de una paleta resultante de cateos que mostraron los colores usados a lo largo de un siglo. El resultado es una policromía boquense que hace convivir en paz el verde y el amarillo, el rojo y el azul más vivos. El mismo criterio de consenso se siguió en los colores que pueblan las fachadas, con los habitantes, los vecinos, eligiendo con buen tino.
La calle Magallanes, entonces, cambió su eje. Es una peatonal de facto, con el tránsito cortado en horario de atención, y pasó a ser zona de artes, turismo y vivienda, donde antes era como un pañol de servicios.

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  • Nota de tapa
    Una modesta propuesta
    cómo cambió de aspecto, de función y de calidad de vida una cuadra boquense, con diálogo...
    Por Sergio Kiernan
  • La joya perdida
  • Por los barrios

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