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Sábado, 31 de enero de 2004

La joya perdida

Arg e Bam era el conjunto en adobe más grande del mundo y una pieza única de increíble antigüedad, con restos de hace 2300 años y una fisonomía medieval. Destruida por un terremoto, Irán convoca a reconstruirla arqueológicamente.

Por Georgina Higueras

El 26 de diciembre, un terremoto destruyó en segundos una de las ciudades más antiguas del mundo. Arg e Bam es tan antigua que Persia todavía era Partia, la tierra mítica que mencionaba Herodoto. Situada en un extenso palmeral conocido como la esmeralda del desierto de Dast e Kavir, la sureña ciudad fue fundada por los partos hacia el siglo III antes de Cristo y cobró relevancia hace unos 2000 años, al convertirse en centro de peregrinación y culto. En Arg e Bam se levantó uno de los primeros templos zoroástricos, en el que se guardaba la llama eterna en honor de Zaratustra, el príncipe profeta que predicó la primera religión monoteísta del mundo.
Por sus callejas de polvo y barro, que ilustres viajeros bautizaron como la Pompeya del desierto, se adentraron las caravanas que, cargadas de especias, sedas, tapices y alfombras iban de China e India a Europa. Para protegerse de las arenas del desierto y de los enemigos, la ciudadela de adobe se envolvió en altas murallas, que con el paso del tiempo añadieron por su interior, de 185.000 metros cuadrados de extensión, otras como círculos concéntricos. El segundo anillo se levantó con el fin de separar a los mercaderes y la plebe de los cuarteles y las cuadras que albergaron más de 200 caballos. En el recinto amurallado más pequeño se irguió, como un castillo feudal, la residencia de los gobernantes, dotada de las mejores aguas del entorno gracias a un pozo excavado en la roca de más de 40 metros de profundidad. Las murallas crecieron y menguaron según el esplendor del momento.
Unas veces arriba y otras abajo. La Pompeya del desierto brindó a sus visitantes el placer de adentrarse por los avatares de su historia. Quienes pusieron el oído atento escucharon las voces que salían de las casas, los baños, los palacios, la mezquita, el bazar, los cuarteles y establos desiertos. Fantasmas del pasado que repetían lastimeros las loas de Omar Kayam, el más insigne poeta persa, y se sentaban sobre la tumba de Mirza Naiim, el astrónomo y poeta muerto hace tres siglos que tuvo el privilegio de ser el único al que se erigió un monumento funerario en el interior de la ciudadela.
En Arg e Bam se distinguía con claridad la fortaleza propiamente dicha, que se levantaba orgullosa sobre un promontorio rocoso de unos 60 metros de altura, y el poblado, que se extendía a sus faldas. Pero, a diferencia de las construcciones europeas realizadas en piedra, los materiales utilizados fueron barro y ladrillos de adobe y arcilla, tanto para la fortaleza como para las 400 casas de tres diferentes tipos. Las más pequeñas, de dos o tres habitaciones, para las familias pobres. La clase media vivía en casas de tres o cuatro ambientes, y algunas de ellas disponían de un pórtico. La docena de casas de ricos estaban trazadas alrededor de un patio central, y sus habitaciones tenían orientaciones distintas para que en su interior se optimizasen las condiciones climáticas de las cuatro estaciones.
Maravilla de la ingeniería, casi podría decirse que la ciudadela disfrutaba de aire acondicionado gracias a las torres de dirección del viento, que eran capaces de absorber los que soplaban en las distintas horas del día y de la noche desde diversas direcciones y despedirlos como corrientes de frescor. Se levantaban en los grandes edificios, por lo que la ciudadela parecía un enjambre de torres, ya que en sus murallas había otras 38 de carácter defensivo.
Dicen los arqueólogos y estudiosos de Arg e Bam que quienes planearon la ciudadela tuvieron visión de futuro y previeron con centenares de años cómo y por dónde se iba a expandir la estructura original. Con una sola puerta de entrada en la gigantesca muralla exterior, pretendía ser inexpugnable, al tiempo que permitía resistir un largo asedio gracias a sus pozos de aguas frescas y cristalinas, y a que en sus establos seguardaban miles de cabezas de ganado. Nadie previó, sin embargo, que el adobe de su construcción no resistiría una sacudida sísmica y que en 13 segundos un terremoto de apenas 6,3 de intensidad en la escala de Richter la dejaría reducida a una montaña de polvo rojizo.
La decadencia de la ciudad comenzó en la dinastía safávida, a partir de 1736, y Arg e Bam sufrió incontables invasiones afganas. Los vecinos la ocuparon y hasta crearon una zona nueva, el Barrio de los Esclavos. Para fines del siglo 19 era una ciudad fantasma, con sus casas vacías, la fortaleza cerrada y su caravanserai –la hostería de mercaderes– derruida. Ya conjunto arqueológico y no población, en 1953 fue declarado “tesoro histórico iraní”. A partir de entonces, el gobierno comenzó su reconstrucción y reconversión en museo.
“Recurriremos a expertos extranjeros y afrontaremos la reconstrucción total, sea cual fuere su precio, para que Bam, símbolo de una civilización de entre 2000 y 3000 años, sea levantada de nuevo”, declaró el presidente iraní, Mohamed Jatami, tras su visita a la zona devastada. A su vez, el ministro de Cultura y Guía Islámica, Ahmad Masyed Yameie, aseguró que la ciudadela será reconstruida en un plazo de cinco años. Destacó que, aunque se hayan perdido casi todos los trabajos de rehabilitación realizados en el último medio siglo, la base de la estructura original permanece, por lo que podrá realizarse una reconstrucción fiel de esta joya de adobe. Yameie indicó que serán invitados a participar en el proyecto expertos en arqueología y sismografía, para que la nueva ciudadela sea lo más resistente posible a la actividad sísmica que permanentemente amenaza la zona, ya que Irán se encuentra sobre tres placas tectónicas en continuo movimiento.
Con los 1815 metros de muralla exterior en ruinas, son soldados iraníes los que hacen ahora de torres vigía contra los saqueadores que tratan de aprovechar la noche para hacerse con alguna pieza del museo. Aún no se conoce la cuantía de lo que quedó sepultado bajo la montaña de polvo. Del laberinto de bóvedas, cúpulas, arcadas y pasadizos que conformaba el poblado –en el que se incluía un bazar de unos 60 metros de largo que originalmente debió de estar cubierto y fue el último hito de actividad comercial del lugar– sólo quedan ruinas. No muy lejos, otro montículo recuerda que allí se encontraba la gran mezquita, levantada en el siglo IX, durante el período safarí, aunque fue sufriendo numerosas remodelaciones.
Tal vez la peor pérdida sea la torre de observación, erigida en el siglo XVIII supuestamente sobre los restos del primitivo templo zoroástrico. Esta torre se hallaba en el interior del último anillo amurallado, junto al Palacio de las Cuatro Estaciones, en el que residían los gobernantes, y desde ella se contemplaba la totalidad de Arg e Bam, los palmerales, el desierto y las montañas de Zagros.

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  • Nota de tapa
    Una modesta propuesta
    cómo cambió de aspecto, de función y de calidad de vida una cuadra boquense, con diálogo...
    Por Sergio Kiernan
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