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Sábado, 17 de abril de 2004

El eje en la producción

Eduardo Naso es un referente del diseño industrial que hace años puso el énfasis en ese misterio que hace que la idea se transforme en un producto en serie, a la venta.

 Por Luján Cambariere

Eduardo Naso es un referente del diseño argentino: presidente de la Asociación de Diseñadores Industriales desde 1998, Premio Konex 2002, diploma al mérito en DI, profesor titular en Bellas Artes de la UNLP y en la carrera de posgrado de Diseño de Mobiliario de la UBA. Pero además es un tipo diestro en cuestiones de producción, el lado de la actividad que menos se discute.
Después de una larga trayectoria en empresas de mobiliario como Eugenio Diez y Buró, al independizarse sumó a su tarea proyectual la fabricación de sus piezas. Objetos, muebles, sistemas de equipamiento y exhibidores para importantes firmas comerciales como Cucina Bella, Alpargatas y Repsol-YPF. Productos como la silla 400 para Buró –una pieza de altísima producción y sumamente copiada– y otros como el buzón de Correo Argentino, con el que convivimos a diario desde el Sur a La Quiaca.
Un tipo que tuvo la suerte, según él, de empezar a trabajar cuando era estudiante. Hacer lo que él entiende como la “residencia” de diseño que es el trabajo dentro de una empresa y capitalizarlo convirtiéndose en un especialista en lo que podríamos llamar la trastienda del diseño.
–¿Hay diseño más allá de los eventos?
–La realidad es que hay dos aspectos distintos. Está el gran boom que es el ochenta por ciento del diseño que se ve, y un veinte que es el diseño real, oculto y de alta producción. Hoy es mayor la vidriera de lo que pasa realmente en las empresas. Muchas veces me pregunto, cuando voy a una exposición, cuántos de esos productos se producen realmente en serie.
–¿Esto a qué se debe?
–A que hoy el diseño esta más sustentado por los diseñadores que por las empresas. No hay una demanda de las empresas. Es al revés. Los diseñadores tratan de hacer sus productos, mostrarse en las vidrieras de las exposiciones y poder venderlos y llegar a producirlos. Todo sirve. Pero es más genuino cuando el industrial busca al diseño.
–Sin repetir y sin soplar: nómbreme tres empresas que contratan diseño.
–Es difícil ¿no? Creo que Fontenla, sobre todo porque el año pasado invitó a varios diseñadores a participar con algunos productos en sus líneas. También hay que resaltar lo que hizo Santorini con su concurso, que premia contratando y produciendo diseño.
–¿Es difícil producir en nuestro país?
–No necesariamente. Nosotros ahora estamos trabajando para la firma Lacoste Internacional. En la última exportación que hicimos mandamos a México once toneladas de muebles, hechos en la Argentina con nivel internacional. Y eso no tuvo que ver sólo con un aporte de producción sino también con un asesoramiento en desarrollo de producto. Para mejorar el precio empezamos por optimizarlo. Gracias a un trabajo casi de reingeniería redujimos costos que nos hicieron sumamente competitivos más allá de la coyuntura cambiaria.
–¿Por qué al empresariado le cuesta contratar a un diseñador?
–A lo mejor los empresarios argentinos están con demasiadas preocupaciones coyunturales. Sobre todo problemas financieros, que les imposibilitan programar a mediano plazo como puede ser un proyecto que incluya al diseño. A mí me ha pasado siendo diseñador y después convirtiéndome en productor, que dedico más tiempo a temas financieros para poder sobrevivir. Por otra parte, algunos suelen interpretar al diseño como un gasto y no como una inversión. Al fin y al cabo, si hasta hoy estuvieron viviendo sin diseño y siguen vendiendo, para qué cambiar. No se dan cuenta de que el incorporar diseño puede ser la herramienta adecuada para despegarse de sus competidores. Que hoy el diseño es el elemento para distinguirse y sacar réditos económicos. Y el tercer punto es que sigue habiendo un desconocimiento de la actividad real del diseñador. Suponen que es un creativo que tiene ideas locas y no analizanque, por lo menos acá en la Argentina, son profesionales que ayudan a desarrollar un producto, a manejar el precio y mejorarlo. En Italia, el diseñador es un creativo que después delega en el departamento técnico el desarrollo del producto. Acá, desde la docencia los preparamos para que puedan resolver técnicamente un producto, manejar los costos, racionalizar el uso de materiales.
–¿Cuáles son las mayores dificultades a la hora de producir?
–Los argentinos tenemos la habilidad de mantener un diseño de vanguardia internacional con los recursos que tenemos. Ves productos italianos de equipamiento de oficinas y no podés creer los lujos que se dan. Eso me fascina, pero no lo puedo hacer. A lo mejor puedo hacer dos o tres matrices, entonces las pongo a la altura de los ojos. Si hago una pieza inyectada y me gasto tanta plata, la justifico y mucho. Eso empieza a generar un estilo de diseño. Y esto es lo que tiene más que ver con la famosa identidad de la que tanto se habla. Lo que nos distingue: una estrategia, una mecánica, un método común.
–¿Hay materiales prohibidos por falta de tecnología o por el costo?
–Sí. Ciertos aluminios que se ven en Milán acá serían prohibitivos. Pero tenemos otras cosas y eso no hace que baje la calidad de diseño. El rebusque local es interesante. Hoy hay colegas que producen lectores electrónicos para laboratorios mediante carcasas plásticas termoformadas que parecen y funcionan como piezas inyectadas. Es maravilloso.
–¿Con qué se compite en tren de exportar?
–Yo soy jurado en Movesul, feria y concurso que se realiza al sur de Brasil. Allí hay empresas de altísima producción de 20.000 m2 que producen entre 1000 a 2000 productos por día. Con esa velocidad y tecnología no podemos competir. Pero cuando vamos a muebles de más baja producción y más artesanales, estamos a la par o casi mejoramos el precio y calidad. Y si nos vamos a muebles más exclusivos, sin dudas los superamos.
–¿Qué es esto de cambiar el concepto de lo “importado” por lo “exportable” del que usted habla?
–Lo puedo explicar mediante ejemplos. Nosotros cuando hacíamos folletos en Buró los redactábamos en castellano y en inglés, y no sólo por la utilidad sino también porque quedaba como en una nebulosa si eran productos nacionales o importados. Este es un problema social. Acá, el consumidor quiere parecerse a otra sociedad, entonces una manera de parecerse es tener y consumir lo que ellos consumen. Mucho del tener productos importados tiene que ver con esto. Pero con lo exportable pasa lo mismo. Si yo tengo productos nacionales pero ésos se consumen en el exterior y ellos los tienen, yo también los voy a querer tener. Pero a esos productos no los tomo teniéndolos al lado mío. Sino que hice que esos productos viajaran conceptualmente 15.000 km, volvieran y ahí recién los incorporo. Como el tango al que muchos valoran después del auge internacional.
–¿Podemos hablar de un diseño al sur del mundo?
–Cuando hablamos de identidad hay que tener cuidado de no confundirnos con folklore. Pero hay una manera de que eso también sea diseño genuino. Si planificás un diseño de exportación donde te proponés ofrecerle al mundo algo distinto de lo que tienen, podés apostar a lo artesanal o al cuero. A partir de ahí puede aparecer un diseño premeditado para exportar y, con el tiempo, quién te dice, una identidad.
–Es jurado en numerosos concursos: ¿ha descubierto alguna perlita?
–Hoy se da algo que puede compararse a lo que se da en la música. Antes aparecían conjuntos con un gran repertorio y hoy se hacen conocidos los temas y después el cantante. En el diseño está pasando lo mismo. Veo muchos diseños buenos, pero que es difícil encontrar al diseñador que consecutivamente haga buenos diseños.
–¿Se puede vivir del diseño? –Es difícil la pregunta o la respuesta. Yo siempre viví del diseño o de algo que se le parece porque en épocas duras viví del desarrollo de productos. Lo que sí es cierto que en determinado momento tuve que incorporar la producción para tener un beneficio económico mayor.

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