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Jueves, 14 de diciembre de 2006

ESPECIAL: A CINCO AÑOS DEL 19 Y 20 DE DICIEMBRE

Todo lo sólido

Ya pasó un lustro desde que miles de personas tomaron la calle por asalto y tumbaron un gobierno que se caía a pedazos. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 enseñaron que la democracia también podía hacerse en la calle. Más allá de lo que pasó después, el NO repasa aquellas historias ante el riesgo de que éstas se desvanezcan.

 Por Juan Manuel Strassburger

Primero un ministro de Economía, Domingo Cavallo, encarceló los ahorros. Y luego, un presidente, Fernando de la Rúa, implantó un estado de sitio que prohibió salir a manifestar. ¿El resultado? Una revuelta popular. No sólo un antes y un después de los saqueos, el cacerolazo, los cinco presidentes o la devaluación. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 implicaron, también, la puesta en escena de un pueblo que se probó a sí mismo y fantaseó con hasta dónde podía llegar. Entre tanto hito (o mito), tal vez lo más destacable hayan sido las pequeñas gestas urbanas. Anónimos devenidos en salvadores y héroes. Y salvatajes logrados a puro ingenio y valor. El NO se puso a investigar a fondo algunas de aquellas historias, y esto fue lo que encontró cinco años después.

Pablo Piovano

Odian las rastas

Muchos recuerdan a Martín Galli por sus rastas. No es casualidad: la imagen del chico de 26 años, baleado en la cabeza y desvanecido en uno de los boulevares de la Avenida 9 de Julio, recorrió los canales de televisión. Al punto de que, tiempo después, algunos distraídos todavía preguntaban: ¿Y? ¿Qué pasó con el chico de los dreadlocks? ¿Se salvó? ¿Se recuperó? Responde el propio Martín: “Estuve varios meses en terapia. La bala me quedó alojada en el cráneo. Entró por la nuca y de milagro no me dañó ningún punto vital”. Y arriesga: “En mi barrio, San Justo, varios dicen que las rastas ayudaron a frenar la velocidad del proyectil. La verdad, yo no sé... Lo que sí sé es que también me hicieron más visible”, tira. Y sentencia, inapelable: “La cana les tiene bronca a las rastas. Odia todo lo que no sea pulcritud exterior”.

Sin dudas, la figura clave en esta historia es Héctor García, alias Toba, por su ascendencia indígena. “Soy docente y estaba dando clase en un Centro de Formación Profesional cuando el director me llama y me muestra por la tele lo que estaba pasando en Plaza de Mayo. Ahí nomás le digo: ‘Me voy’. El director intenta retenerme pero no le hago caso”, reseña Toba al NO. Aunque, recién comprende la magnitud de los hechos, cuando por fin llega a la zona del Obelisco: “Veo que vienen tres vehículos particulares (una 4x4, un palio y otro no identificado) y lo primero que se me ocurre pensar es: ‘¡Esta gente esta loca! ¡Cómo van a venir justo para acá!’”. Pero cierta militancia de los ‘70, ciertas emboscadas ya vividas, rápidamente lo sobreavisan del peligro.

Claudia Aguilera y Marta Pinedo. Foto: Cecilia Salas

“Les pego un grito a los demás y me zambullo al suelo.” Y dice que desde allí ve bajar a varios policías de civil (aunque con chalecos de la Policía Federal) que luego forman un abanico y emprenden fuego contra los manifestantes. La mayoría de ellos, simplemente sentados en el pasto o sobre el pavimento, sin actitud de desafío. “Cuando me levanto veo, a mi derecha, una mujer que llora un hombre en brazos (después me enteraría que eran Marta Pinedo y Alberto Marquez). Y, a mi izquierda, Martín Galli: un de rastas, morral y en plena convulsión. No sé por qué, tal vez por el instinto natural de salvar la vida más joven, tal vez porque no lo pensé, pero lo cierto es que resuelvo ayudar al chico”, devela.

El Toba no sólo le aplica ejercicios de respiración y salvación para sacarlo de un paro cardíaco, sino que segundos después lo defiende de los mismos policías que a los minutos vuelven para llevarse los cuerpos. “En los ‘70 yo ya había perdido a mi hermana y a mi cuñada, y me dije: ‘A este chico no me lo llevan. Otra vez no. Primero me llevan a mí’.” Toba entonces se incorpora y decide enfrentarlos. Los policías estaban armados. Tenían todas las de ganar. Pero la firmeza de Toba surte efecto: los azules suben al patrullero y se retiran. Galli se salva por segunda vez.

Pero el siguiente paso es igual de urgente: dar con un taxi. “Después de mucho buscar, logramos que nos pare un taxista de origen misionero o chaqueño que nunca más volvimos a ver. La verdad, me gustaría contactarme con él. Durante el trayecto, hace las mil y una para llegar a tiempo al Argerich: esquiva policías, piquetes, barricadas, de todo.” Para colmo, Martín sufre un segundo infarto. Pero esta vez, Toba directamente le aplica trompadas al corazón. Créase o no, funcionan.

Héctor “Toba” García y Martín Galli. Foto: Cecilia Salas

Hasta que renuncie

No tan lejos de allí, Marta Pinedo aún intentaba salvar la vida de su esposo, Alberto Marquez. Ambos se habían conocido, ya de grandes, en unas clases de tango en Villa Maipú, partido de San Martín. Habían congeniado y al poco tiempo empezado a salir. Era la época de la hiperinflación de Alfonsín: ella tenía treinta y siete años, y él cuarenta y siete. “Me gustó su ternura y su bondad. Incluso mi hija de mi anterior matrimonio lo recuerda como si fuera su padre”, destaca Marta. Alberto era un peronista contrario al neoliberalismo y militaba en el Partido Justicialista de San Martín. Se había entusiasmado con que el levantamiento terminara “con ese gobierno que hambreaba el pueblo”, sostiene Marta. “Aquel día él había vuelto de trabajar y me había dicho: ‘Preparate que vamos al centro’. Yo no quería, porque me daba miedo. Pero él estaba feliz, incluso llamó a una amiga de los ‘70, Susana González, para que nos acompañara.” Y grafica: “Cuando llegamos yo seguía aterrorizada por el humo y los gases, pero ellos estaban chochos, decían que le hacía acordar a cuando había vuelto Perón”. La idea era quedarse allí hasta que De la Rúa renunciara. “En un momento pasan unos chicos con unos baldes de helado y nos convidaron un poco. Nos sentamos a tomarlo ahí sobre la vereda de la 9 de Julio.”

Pero la tranquilidad duró poco. Algunos minutos después de que Alberto llamara a su hija para cerciorarse de la ansiada renuncia del Presidente, aparecieron los autos ya descriptos antes. “‘¡Cuidado!’, le grité al Gordo porque vi que ponían las armas sobre los capot y empezaban a disparar.” Pero apenas Alberto la empujó para protegerla, Marta notó que ya estaba herido. “Nunca imaginé que pudieran ser balas de plomo”, se lamenta. Lo siguiente fue crudo: Alberto se arrodilló sobre la vereda y empezó a largar sangre. Era tanta la desesperación de Marta que no vio que a pocos metros también había caído Martín Galli. Cuando por fin llegó el taxi para Alberto, ya era demasiado tarde.

Por la ventana

A Carlos Almirón le decían Petete por los labios gruesos, la barba de algunos días y una parálisis de nacimiento que le afectaba parcialmente el costado izquierdo del cuerpo. Un simpático apodo que, a decir verdad, no le iba tan mal: era buen alumno (estudiaba Sociología en la UBA) y se devoraba cuanto libro andaba por ahí (en especial temáticas relacionadas con el Che, Mao o los movimientos revolucionarios argentinos). Eso sí, a diferencia de aquel personaje de García Ferré, Carlos era cualquier cosa menos sedentario. Ya a los veintitrés, se había convertido en uno de los referentes de su zona: había fundado varios Centros Populares (Lanús y Remedios de Escalada) y participaba activamente del MTD Teresa Rodríguez.

Y es que, más allá de alguna changa aquí o allá, Petete nunca tenía plata: “Vivía con su bisabuela en una casita de Lanús y para salir había que insistirle como tres horas porque nunca tenía un mango”, recuerda Mariano González, amigo de la niñez y compañero de militancia. “Ojo, Petete nunca se lamentaba de su situación, vivía todo con alegría. Capaz de recitarte un pasaje de Lenin y al minuto cantarte una canción de Los Charros”, agrega Alejandro Abraham, otro compañero que estuvo con él en Plaza de Mayo. “Con el movimiento ya habíamos arreglado ir ese 20 de diciembre a la Plaza. Pero cuando llegamos a Constitución y nos enteramos de que les estaban pegando a las Madres, armamos una asamblea y planteamos: ‘Esto no pasó nunca. Quien se quiera volver está en todo su derecho’. Nosotros seguimos”, cuenta.

Lo que les espera no es otra que una feroz avanzada de gases, carros hidrantes y balas de goma que los empuja desde la Plaza de Mayo a la Avenida 9 de Julio. Allí, en un segundo tándem represivo —esta vez con balas de plomo a cargo de policías sin identificación—. Almirón encuentra la muerte. Aunque antes, se gana el título de héroe. Por lo menos para un desprotegido grupo de señoras. Relata Alejandro: “Mientras vamos para la zona del Obelisco, él acompaña a unas señoras mayores a que lleguen al subte. Pero en un momento dado les cae una granada de gas y entonces él la levanta, se trepa hasta el carro hidrante y se las introduce por la venta. Imaginate, ¡les llenó todo el carro de humo! Así, las señoras pudieron llegar sanas y salvas”. Luego, por la noche, Petete fallece en el Argerich y es enterrado ese mismo domingo en Lanús. Del cortejo fúnebre participan alrededor de mil personas. Y, en el cajón abierto, brilla su mano quemada.

Perder el ojo

A Claudia Aguilera el cacerolazo del miércoles 19 la sorprende trabajando en un hogar de niños de Flores. Apenas De la Rúa declara el estado de sitio y la gente sale a abollar sus cacerolas, Claudia hace lo mismo pero en las cuadras que rodean al hogar. Vuelve rápido. Su deseo es estar en la Plaza. Y se promete que lo hará al día siguiente. Junto a varios de sus compañeros de Hijos.

“Yo nací en Chile —explica Claudia—. Pero me siento argentina porque desde chiquita que vivo aquí, este es el país que adopté. Mis padres fueron torturados por la dictadura de Pinochet y tuvieron que venirse para Buenos Aires. Así que viví las dos dictaduras. La chilena y la de Videla. Mi novio siempre me decía: ‘Al final, vos tenés más historia argentina que nosotros .”

Claudia llega a la zona del Congreso alrededor de las dos de la tarde del 20, y ahí nomás se encuentra con una represión a pleno. Gases lacrimógenos, palos indiscriminados, violencia a destajo. Pero entre todo el lío, descubre que una señora ciega y un hombre mayor son agredidos frente a la esquina de la ex confitería del Molino. “Les pegaban porque eran de la calle y tenían un cuchillo y un tenedor en el cinto”, señala Claudia. “Cuando con los chicos empezamos a pedir que no se los lleven, una bala de goma me da a mí en el ojo, y otra a Julio en la oreja.” Caen los dos.

Los trasladan a la comisaría 6ª y allí Claudia pierde horas cruciales para atenderse el ojo. “Me sacan los cordones, me encierran en el calabozo y me niegan la atención médica. Recién a la noche me llevan al Santa Lucía. Ahí me operan y me salvan el ojo. Pero no la visión: la pierdo en un 90 por ciento.”

A casi la misma hora, María Arena llega al Argerich y confirma la peor sospecha. Uno de los ocho muertos de la jornada es su marido: el motoquero Gastón Riva. Horas antes —al igual que con Martín Galli y con Gustavo Benedetto, este último muerto por un ex represor y custodio del HSBC de Avenida de Mayo— la televisión difunde su caída a todo el país. María lo reconoce por su remera y riñonera. “El nunca me dijo que iba a ir a la Plaza. Pero se acercó a dejar un recado y se mandó. Ya en la noche anterior me había comentado que andaba con ganas de manifestarse”, revela.

A través de los testigos, María —que en ese momento tenía 29 años y debió hacerse cargo de sus hijos de dos, tres y ocho años, respectivamente— pudo reconstruir lo sucedido: “Una vez en las zonas aledañas de la Plaza, Gastón ve que la policía le corta el paso y decide mandarse solo”, dice. Y agrega: “Pero, entonces, un desconocido —Daniel Guggini— lo frena y le dice: ‘Pará, vamos juntos’. Gastón, En un gesto muy típico de él, lo escudriña en un segundo y acepta”. No pudieron llegar muy lejos. A las pocas cuadras, a ambos reciben una ráfaga de plomo, aunque sólo le aciertan a Gastón. Daniel cuenta que le dijo: “Vamos, levantate, son balas de goma (sic)”. Pero no.

En la calle

A cinco años del 19 y 20 de diciembre, ¿qué sienten hoy los sobrevivientes directos de la represión? Alejandro Abraham, no tiene dudas: “A nivel militancia, a mí me dio el compromiso de seguir peleando más fuerte. Tal vez ya no tanto desde el movimiento piquetero, pero sí del lado del pueblo. De hecho, al poco tiempo del 19 y 20, a mí me parten la pierna en el Puente Pueyrredón, fui uno de los heridos de esa fecha”, señala. Para Martín Galli, en cambio, también hay lugar para cierto hastío: “Me molesta la falta de justicia. O que algunos grupos busquen sacar su propia tajada y tiren consignas que no son representativas o que espantan a la gente”.

Marta, por otro lado, apunta a lo personal. “Para mí es muy simple: siento tristeza. Me quitaron la persona que más adoraba”, afirma. Sin embargo, palabras más, palabras menos, todos coinciden en remarcar como una mejoría lo que la memoria colectiva guarda desde entonces. Claudio Aguilera lo sintetiza bien: “El haber aprendido que la verdadera democracia se ejerce en la calle y no en otro lado. Eso creo es lo más importante”.

La experiencia y el sentido de un sobreviviente del 19 y 20 de diciembre, ¿se limita a aquellas jornadas? Martín Galli volvió a tocar el bajo el año pasado y logró reunir a los Charlan Jáparos, el grupo de reggae que a fines de los ‘90 sacó su único disco (Gritos) y llegó a telonear a Los Cafres. “La verdad, estamos contentos. Ensayamos con muchas pilas”, reconoce. Y la prueba está en que ya volvieron a los escenarios. Casado y con un hijo, Martín también dejó su trabajo de monitoreador en Edenor, para pasar a una biblioteca pública. Una orientación más acorde a sus estudios de literatura en el Joaquín V. González. La vida de María Arena cambió por completo. Obligada a buscar el sustento para sus tres hijos, terminó dedicándose a lo que siempre le había gustado: la radio. Estudió en el Eter y ahora es productora de Radio de la Ciudad. Claudia Aguilera, por su parte, solucionó el estrabismo de su ojo (con el perjuicio estético que le ocasionaba) y, también, terminó con la catarata de miedos que la aquejaban: a los ruidos, a las explosiones, a la presencia policial. “Llegaba Navidad, los petardos, y no podía evitar traumatizarme. Me escondía detrás del arbolito. Ahora por suerte lo superé”, dice. Se anotó en sociología en la UBA y le va bien. Tal vez, tan bien como Petete Almirón. Quién sabe. ¿Y Toba? Toba no cambió tanto. Sigue dedicándose a una de sus mayores gratificaciones: la docencia. Siempre y cuando no ocurra otro 20 de diciembre.

¿Sin condena?

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires tuvo ocho muertos (Carlos Almirón, Rubén Aredes, Gustavo Benedetto, Diego Lamagna, Alberto Márquez, Gastón Riva y dos NN) y más de doscientos heridos, que se suman a los más de treinta ocurridos en todo el país. Sin embargo, a cinco años de las jornadas del 19 y 20 de diciembre, sólo esperan juicio los responsables policiales (y no así todas las cabezas políticas). Al ex presidente Fernando de la Rúa —por ejemplo—, la jueza federal a cargo, María Servini de Cubría, le dictó falta de mérito. Y si bien el ex comisario general Rubén Santos y el ex secretario de Seguridad Enrique Mathov se encuentran procesados en el plano político, lo cierto es que, según el abogado Rodolfo Yanzón (de La Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que lleva adelante la mayoría de los casos) “las defensas estarían buscando dilatar el juicio y conseguir la prescripción penal con la complicidad de cierto guiño del juzgado”.

En criollo: Servini de Cubría estaría dando el visto bueno para que Santos y Mathov pateen la pelota hacia adelante y así evitar el juicio y una posible condena. Yanzón: “Si ellos decidieron un operativo que implicó centenares de agentes policiales munidos de armas, municiones de guerra, exceso de rodados y sin identificación frente a un conjunto de miles de ciudadanos desarmados y que estaban allí por el siempre hecho de peticionar..., entonces no podían dejar de prever que los resultados iban a ser los que fueron. Es más, si no hubo más víctimas fue gracias al azar. Por eso la carátula de juicio doloso (intencional) es lo que voy a sostener en el juicio oral”.

El rock del 20

Depende de cómo se lo mire, el rock argentino anticipó (o no) la ruptura del 20 de diciembre. Si hay que hablar pioneros, no queda otra que hablar del rock barrial. Bersuit Vergarabat habrá sido el que más (y tal vez mejor) tematizó la ruptura social y económica del argentino medio en todas sus variantes (el emblemático Se Viene, pero también El Baile de la Gambeta, Otra Sudestada, y otros). Y sin duda, Las Manos de Filipi patentó la puteada lisa llana en la era pre Dic-20 en ese temazo Sr. Cobranza. Mientras que Bersuit y Las Manos brillaron tarde en el lúcido alegato de protesta, Los Piojos y Los Caballeros de la Quema ganaron al describir antes que nadie al chabón del conurbano, bien neo-discepoleanos (Los Mocosos, Pistolas, Yira-Yira los primeros; Patri, Con El Agua En Los Pies, Primavera Negra los segundos). Y es lógico, la convertibilidad que estalló recién el 19 y 20 de diciembre de 2001 pudrió primero lo de afuera (Morón, El Palomar, San Miguel). Y mucho después lo de adentro (Caballito, Palermo, Saavedra). Villa Alsina de 2 Minutos, y Moquiento o A.D 90 de El Otro Yo, son otros dos buenos ejemplos de roncha rockera más allá de la General Paz. Las Pelotas, casi en stereo con las revueltas de ese verano ya mítico, sacó Desaparecido. Y Érica García, con bastante menos de timming, se quemaba con Positiva y su “¿está todo bien? ¿o está todo como el orto?”. La Renga, si bien algo imposibilitados por letras que no apuntan directo a la identificación de clase (como vulgarmente se cree) sino a la épica rutera o la fantasía mitológica, se dejó ver en más de un corte piquetero (el lounger Pángaro, también participó de algunas protestas). Los Decadentes, por su puesto, dieron el presente con El Dinero No Es Todo, la mishiadura pre-estallido tomada con humor. Aunque, claro, Calamaro brilló: El Perro (“Lástima Argentina, eras bizcochuelo ahora sos gelatina”) y Cabildo y Cacerola (crítica a la raíz burguesa del todo cacerolazo) plasmaron como nadie ese preciso espíritu de época. Entre el rock más exquisito, los Victoria Mil, por ejemplo, se rieron de la crisis del rocker en Acá Está Todo Mal (de Armas, 2001) y, más acá, en El Rock Vive De Mí (Estoy Bien Bien Bien, 2005). Y también, en algún momento, Sharly de los Demonios de Tasmanía con su autoproclamado slogan: asado con parqué. Glam de la villa.

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