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Jueves, 5 de junio de 2008

EL NO DESCUBRE UNA NUEVA TENDENCIA

Llega el indie cabeza

El refinamiento del indie está cambiando de rumbo. Nuevos grupos hacen canciones más desprolijas y cuentan con la frescura del noise y el lowfi americano frente a la sofisticación y la delicadeza de la tradición pop británica. ¿Indie barrial? ¿Indie chabón? Indie cabeza: poguero y con aguante.

 Por Juan Manuel Strassburger

Bandas que se catalogan como indies, pero que hablan de la amistad, el barrio o los vaivenes cotidianos, y que remiten a Pappo o Luca Prodan antes que a Cerati, Melero o Virus. Recitales que ya no se viven en trance o abúlico silencio sino bajo la transpiración del pogo, los cantitos tipo hinchada y las montañas humanas sobre el escenario. Canciones que se acercan más a la desprolijidad y la frescura del noise y el lowfi americano que a la sofisticación y la delicadeza de la tradición pop británica. ¿Indie barrial? ¿Indie chabón? ¿Indie... cabeza? Lo que hasta hace algunos años era impensable o hubiese sonado a aberrante contradicción, hoy es realidad. Síntesis inesperada de dos términos –la cultura alternativa y la experiencia popular– que, hasta ahora, parecían divorciados.

“Estamos asistiendo al nacimiento del indie chabón”, dicen que dijo Martín Mercado, responsable del sello Estamos Felices y guardián del indie a la vieja usanza, cuando el año pasado –durante el clásico festival de La Noche de los Museos– presenció a una horda de fanáticos de El Mató A Un Policía Motorizado desbordar las rejas de la organización para abalanzarse sobre Chango, el entrañable y carismático cantante de la banda. Una reseña de la Rolling Stone lo registró con precisión: lo que hasta ese momento había sido un apacible festival indie en la Torre de los Ingleses (con buenas presencias de Los Alamos, Bicicletas y Fantasmagoria) mutó –en cuestión de segundos– de civilización a barbarie cuando El Mató tomó la posta y emprendió esa seguidilla de ruidosos hits con corazón de barrio: Chica rutera, Amigo piedra o Sábado.

Una emoción que trastrueca el orden establecido (“público indie= público abúlico o desabrido”). Pero que no es exclusiva: en otra escala, y con sus respectivas particularidades artísticas –aunque con igual intensidad y la misma impronta barrial–, se desenvuelven y se celebran los recitales de La Patrulla Espacial (el noise de Sonic Youth con la garra de Pappo), Sr Tomate (folk psicótico con armónicas y voz de niño), El Perrodiablo (los MC5 viajando a toda velocidad en un Torino), 107 Faunos (los primeros Flaming Lips tarareando estribillos en La Plata), Shaman y los Hombres en Llamas (la psicodelia del infierno al sentir de un Devendra Banhart grave y patagónico) o Prietto Viaja al Cosmos con Mariano (rock a dúo, nervios y lowfi de casas bajas), entre otras. La mayoría de ellos, amigos entre sí, surgidos en La Plata o la zona sur del Conurbano, y agrupados en sellos como Laptra, Cloe, Mamushka.dogs o el precursor Mandarina Records. ¿Qué pasó? ¿Cómo fue? ¿Al fin el indie se anima a ser callejero, desprolijo y popular?

Amigo piedra

“Y, es como si hubiera una necesidad en el indie de adentrarse en el barrio, ¿no? De peronizarse...”, bromea Doma de El Perrodiablo, la banda que –junto a Sr Tomate– fue tapa del NO a principios de año por su demoledor debut La bomba sucia. Algo parecido piensa Lucas Garófalo, director del sitio Global-Art y testigo privilegiado del nacimiento de esta tendencia a partir de su participación en el citado Mandarina Records, sello digital que entre 2002 y 2005 reunió los primeros trabajos de Sr Tomate, La Patrulla Espacial y Shaman, entre otros. “En muchas de estas bandas aparece el barrio, pero no en el sentido de pertenencia que usan La Renga o Los Piojos sino en una cosa mucho más inocente, de amistad”, señala. Y postula a Amigo piedra de El Mató –con su letra que reza “vos soñaste con un barrio mejor / y te quedaste mirando la nada”– como el tema que mejor sintetiza este cambio de paradigma. “Un barrio con más fantasía”, sostiene.

Otros tópicos –casi siempre producto de letras directas y concretas– abarcan las incursiones urbanas (“Noche de sábado en Capital / fui a enterrar lo que seré / caminando por Corrientes / los tontos se mordían los dientes”, en Av. Corrientes de Prietto...), las ciclotimias cotidianas (“Miro el techo que se cae a pedazos / mi cama es mi tumba y no me importa” en Tumba cama de Sr Tomate) o el divague costumbrista (“Muñequeras de hule, medallones gurú, lapiceras mordisqueadas, la remera del pez espada en la valija” en Pequeña Honduras de 107 Faunos).

El audio en la mayoría de esos temas es artesanal: guitarras y baterías que suenan como grabadas en un cuarto, y voces y coros que se entonan de manera personal, adorablemente desafinadas, como era usual en las bandas yanquis de los ‘80 y ‘90 (Beat Happening, Flaming Lips). “Y es que nosotros nos sentimos más cercanos al indie americano que al rock más tipo Radiohead”, reconoce el propio Chango de El Mató al NO. “Escuchamos de todo, pero nos llega más esa época, las bandas del sello Matador: Pavement, Guided by Voices.” Y sobre la banda de Robert Pollard dice: “Tienen algunos de los mejores discos de la historia, pero grabados así nomás. Nos encanta eso”.

Es cierto, esa manera despreocupada y espontánea de encarar el rock ya tenía su antecedente local en bandas de los ‘90 como Perdedores Pop o los artistas reunidos en aquel iniciático compilado de Indice Virgen, Grabaciones íntimas (Opio, Santi Amor, El Joven Low-Fi, Paoletti). Y de hecho, la mayoría de las bandas consultadas para este informe reconocen aquellas experiencias como cruciales en su formación (alguna vez habrá que hacer un análisis más detallado de esa otra historia de los ‘90, el indie que no miramos). Pero hay una gran diferencia respecto de aquella época: la respuesta social. En aquel momento ninguna de esas bandas o solistas prendieron hondo en la escucha joven general (de hecho, hoy son consideradas de culto), mientras que la situación actual es la opuesta.

Coritos indies

Y no sólo por lo que produce El Mató (que hasta tiene grupos de seguidores que se autodenominan como “la banda de El Mató”) cada vez que se presentan. Eso ya se sabe. Lo que no es tan sabido es lo que sucede, en menor escala, con varias de las otras bandas cuando se encuentran en festivales como el Turdera Fest, o lugares como en su momento La Galería del Terror o el Centro Cultural Favero, entre muchísimos otros (gran parte de esta movida puede seguirse en blogs como Muchos Discos Mal Escuchados, Antiesnob o el extinto Pop Nervioso). Shows que –con sus pogos, coritos entusiastas y hasta banderas, créase o no– son una verdadera sorpresa para quienes sólo conocen del indie su expresión capitalina o circunscripta al ciclo Nuevo! del San Martín.

“En general, el indie está relacionado con el esnobismo y estos pibes nada que ver. Es muy común que den shows en sótanos muy chicos y mugrientos. Es un ambiente distinto y eso influye”, puntualiza Garófalo. Chango completa: “Es cierto, por ahí el indie acá es distinto a lo que en Capital era Jaime Sin Tierra. Pero eso pasa desde antes de nosotros. Yo fui a recitales de Peligrosos Gorriones, por ejemplo, donde todo el mundo se subía al escenario y nadie se asombraba. Aunque es verdad que Bochatón se asustaba un poco (risas)”.

¿Es La Plata, entonces –esa ciudad en constante efervescencia universitaria donde al decir del escritor Fabián Casas “las funerarias se cagan de hambre”–, responsable de este cambio de cultura y hábito en el indie? Sí y no. Los Prietto son de Capital, y Los Reyes del Falsete (otra banda afín) son de Quilmes. No todo se reduce a La Plata. El propio Chango reconoce que hay mucho de malentendido en la alta estima que se tiene sobre la escena rockera platense en general. “Las bandas están buenas, pero no hay infraestructura para aprovecharlo.”

Hace unos días, Miguel Grinberg, autor del mítico Cómo viene la mano sobre la historia del rock nacional, le dijo a Página/12: “El rock fue expropiado por los intereses masivos, las corporaciones discográficas, los grandes productores y los vendedores de gaseosa, cerveza y teléfonos celulares (...) (Ahora hay) que cagarse en el rock, porque lo que se hace en su nombre es mentira, y tiene una faceta contraproducente”. Sus palabras sonaron con fuerza. Pero si algo queda claro con la polvareda que andan levantando El Mató, Sr Tomate, El Perrodiablo, 107 Faunos y los otros, es que allá por el Sur todavía hay esperanza.

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