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Jueves, 20 de mayo de 2010

TERMINA LA ADICCION A LA SERIE

Lost in translation

Desde el martes, un mundo nuevo se abrirá camino: un mundo sin Lost, que termina su sexta y última temporada y que será muy difícil de volver a ver. Se sabe: su tensión dramática no admite segunda vuelta.

 Por Luis Paz

Ese programa de televisión en el que un avión cae en una isla y entonces hay mucha gente de acá para allá, viajando por la isla, por el tiempo y por la eternidad, recolectando alimentos y combatiendo entre sí como si fueran parte de un Age of Empires manejado por el jugador más drogado, pero aun así habilidoso, de todos los tiempos. No, por supuesto que nadie va a copar el Obelisco cuando acabe Lost, que no habrá pantallas LCD en los shoppings (al menos acá), que el bombo del Tula no aparecerá de fondo para fundirse con esa siniestra pero interactiva banda de sonido, que ninguno es tan pendejo como Messi y que la Copa del Mundo brilla mucho más que la pelada de Locke. Pero es verdad que el Mundial también es un poco como Lost: un montón de tipos bajan en aviones a un lugar que no conocen, se mueven de acá para allá, y se enfrentan entre sí como si fueran parte de un ProEvolution manejado por el nene más consentido de todos los tiempos. E igual nos gusta.

Pero Lost es una serie. No es como otras. Como Fringe, por ejemplo, que suena demasiado cheta. Tampoco es como Heroes, que al pronunciarla te hace bostezar. Esta es contundente y sensual: Lost. Quién no se perdería con Kate en la selva. Y qué importa si hay susurros, serán voyeurs. Si hasta Sun, la coreana que siempre pareció parte del decorado, y lo mismo Jin, su esposo, le pusieron calentura a un episodio tibio. Lost es un orgasmo en tiempos de series pajeras.

Perdidos la llaman en España. Acá no, acá se le dice Lost, como se le dice Shell a la gasolinera y no Concha. Es la película más larga de la historia. O el libro más lisérgico del cyberpunk. Una bicha que muerde en la médula e infecta. Una jodida adicción. Eso es. Sí, y se acaba la dosis. Chau, “se la llevan a la costa”. Es como cuando termina el Mundial, sólo que no habrá otro Lost en cuatro años. Eso es lo grave, lo triste y lo peor de todo.

Se viene la abstinencia a esa heroína que es Kate, a ese soldado que es Jack, a ese renegado que es Sawyer. Y perdón a los que vienen detrás del episodio 14 de esta temporada (“El candidato”, 6x14), pero ni siquiera se fue aún la pena por Sun y por Jin, hasta por el Sayid dopado del final. Si hasta el piloto era un dealer de emociones. Menos mal que queda el gordo Hugo. Ese jamás irá a un Mundial, pero qué gambeta, qué pegada la del pibe. Ahora, los productores... qué golpe bajo eso de meter The End de los Doors en la promoción del episodio 6x16, que alguno se habrá quedado esperando a puro mate toda la madrugada de miércoles para saciar su adicción, como si la descarga directa fuese la jeringa.

¿Habrá alguno que desee, incluso, nunca haber visto Lost? Es probable. Seis años duró, si bien entre ediciones en DVD y convites en .RAR se puede digerir en cuatro meses. Y aun en el mejor de los casos significó problemas diversos, desde palidez por baja exposición a la luz hasta rupturas de pareja y tránsito lento. Pero, aun así, alguno deseará no haberla visto aún. Es que Lost no admite repeticiones. No hay chance. Es como un pancho con dulce de leche. ¡No! Para la repetición están Los Simpson, Casados con hijos y los Power Rangers, que por suerte vuelven a manos de sus realizadores originales con la promesa de recuperar a aquellos psicóticos cyberhéroes que la Disney había convertido en los N’Sync de las series. Lost es irrepetible. Y el adicto a Lost es irrecuperable.

La propuesta de la ABC, la cadena que en Estados Unidos transmite esta serie producida por el genio J.J. Abrams, un Mago de Oz de la televisión moderna que también produce Fringe, es una sobredosis colectiva de alcance mundial. Un suicido emocional masivo a punta de pañuelo y con acompañamiento de pizza y algo para tomar. Una epidemia se expandirá por cable, satélite, broadcasting, Taringa! y más blogs que los dedicados al Diego, este martes desde las 20 por la ABC y desde las 22.30 por AXN, con el episodio doble final de la serie que conectó a Sabato con Oasis (¡Driveshaft! ¡You All Everybody!), a Lewis Carroll con Power Rangers (¿qué era ese oso polar demoníaco de la primera temporada sino un perfecto enemigo para los Power?), a las cuevas de Altamira con la experiencia psicodélica de La Cueva de Nebbia, con Houellebecq, la posibilidad de una isla de Gilligan, Michael Jordan, las combis beat de Volkswagen, las adicciones, las adopciones, la venganza, el amor, la guerra, Dimensión Desconocida y hasta con Fringe. ¿Y qué si la realidad espejo de la sexta de Lost es ese otro mundo posible?

El martes a la noche habrá dos horas y media de muerte y resurrección. Y a despertar con el tremendo vacío de saber que, de eso, nunca más. Jamás. Cuando salga el próximo suple NO, la mayor parte de los misterios de Lost estarán resueltos. Pero no habrá nada que festejar.

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