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Jueves, 10 de junio de 2010

VIAJE EXPERIMENTAL AL MUNDO DE LA CUMBIA VILLERA

El tren Fantasma

Una banda de cumbia exploratoria, de arte villero, electrónico y experimental.

 Por Luis Paz

Que es simple, burda, estrecha, misógina, apologética, vulgar, apoética. Para la cumbia se han utilizado muchos adjetivos, incluso el inmortal “mierda” que Cristian Aldana puso en Contagiándose la energía del otro, aquel recopilatorio en vivo de El Otro Yo. Aldana se arrepintió, pero en el seno del rock la máxima seguía latente. Hasta que, en los años recientes, la gente cool y los parias hicieron en voz baja su mea culpa y aceptaron el encanto rítmico y emotivo de lo que, en rigor, es una música folklórica latinoamericana. El espacio que quedaba, luego de que Los Reyes del Falsete revaliden a La Nueva Luna en las remeras que usan en vivo, era el de la cumbia villera. Allí aparece Fantasma, un proyecto audiovisual de arte villero, electrónico y experimental.

En su reciente Fantasma City, el dinámico grupo del productor Martín Roisi, el MC bardero Mr. Negro y el VJ Martín Borini documenta su búsqueda emocional y artística en formato de cumbia villera, sin temor a incorporar recursos del hip-hop, música electrónica y psicodelia. Es casi un trabajo antropológico: Roisi fue durante años a las bailantas, de jueves a domingo, para tomar nota y aprender a tocar la cumbia. Ya con Odisea 20, el proyecto de acción directa en la Villa 20 de Lugano, encontraron la conexión de base con las villas y, mientras organizaban talleres de fotografía, murales, música, literatura y cine, cerraron la forma de su escuela de la calle. Y ahora, desde el lanzamiento en Niceto hace dos semanas, comenzaron su Magic Cumbia Tour, un circuito de presentaciones en el ámbito de “los cumpleaños de 15”. “Tocaremos en clubes, sociedades de fomento y casas en villas, en cumpleaños y en aniversarios. Todos los artistas villeros laburan en cumples de 15”, resuelve Borini, disfrutando papas a la huancaína en un bar peruano.

“La crisis de 2001”, define Roisi el momento de acercamiento a esta expresión bien de base, alguna vez contracultural y hoy convertida en cultura de masas, reproducida vía casting en un programa extenso en la televisión abierta (sí, el de Canal 2, el de las bailarinas en calzas). “Meterse en las bailantas en 2002 era como estar en Nueva York en 1977, había toda una movida de protesta, muy artística e instantánea”, caracteriza el compositor. Luego, dicen, el bling-bling del reggaetón vino a tapar el reclamo vivo de los pibes marginados que habían hallado en la cumbia villera su manifiesto, y el aura artístico de las bandas como Damas Gratis quedó opacado por los Blackberry y las gafas.

En las primeras fechas de Fantasma (un grupo que lejos de escaparle al cliché, lo utiliza como elemento compositivo) dadas “para nuestra clase media”, Roisi debía explicarle uno a uno de qué se trataba la cumbia, justo para la época en que Evangelina Anderson no conocía a Martín Demichelis y simplemente bailaba en calzas en Pasión de Sábado. Los Fantasma tienen su propia bailarina, Fantasy, y un show en vivo de fuerza rítmica y visual. “Igual, el público de cumbia no te mira como el de rock, no te analiza. Si le gusta lo que hacés, baila. Si estás haciendo las cosas mal o faltándoles el respeto, te lo hacen saber”, aclara Borini, el primer VJ de la movida tropical, también colaborador de puestas en escena para Creamfields y ArteBA, entre otros eventos.

“El funcionamiento de la cumbia es instantáneo, porque el imaginario de la cumbia funciona a un nivel primario en lo visual y musical”, sigue definiendo esta lógica Borini. En sí, explican, tocar cumbia es someterse a un rating minuto a minuto. Sólo que el público está ahí, te mira, te baila, te vitorea o te putea. “Es muy genuino”, celebra Roisi. “Porque la gente de la villa es genuina. Si les caés bien, te dan su último plato de comida y te dejan su cama. Si no les caés bien, no te dan bola”, dibuja el VJ. “En el rock, los músicos están en la estratosfera. Los de cumbia, en su mayoría, son albañiles, tipos desinteresados en estudiar música formalmente, mucho más humildes. Eso hace que los que tocan de verdad, y no todas estas bandas de casting, le pongan tanto amor que lo terminan haciendo muy bien”, evalúan.

Viniendo desde afuera del mundo villero, ése en el que el Gauchito Gil convive con el Pato Donald, una jeringa o un mural cristiano, los Fantasma se abrieron paso sin pisar a nadie y tocaron con los artistas de la cumbia cool, esa experimental en todo, menos en caminar villas. “Tuvimos que crear y asimilar muchas cosas, y en ese nivel funciona la exploración de Fantasma, casi en un plano antropológico”, dice Borini. Y señala que acá, en Fantasma City, hay un manual para música villera.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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