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Jueves, 20 de octubre de 2011

AL FILO DE LAS ELECCIONES

El rock se sienta a la mesa

No quiere decir que esté de su lado, pero muchos músicos parecieran haber encontrado cierta afinidad con algunas políticas del gobierno nacional. Y muchos otros no. En esta charla extensa, músicos de todos los palos se pusieron a debatir sobre política.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Para Aristóteles, el hombre es un animal político porque es la política la que determina sus relaciones y sus organizaciones en sociedad. Los incapaces políticos son bestias o dioses: seres ajenos a la condición humana. A la luz de esto, la actividad política que se nos antoja convencional (la partidaria, de símbolos, marchas y adhesiones a veces irracionales) es apenas una de las tantas expresiones a través de las cuales se revela la naturaleza política del ser humano.

¿Podrá ser el rock otra de esas manifestaciones? Como relato de cultura de masas, sin dudas que sí: define formas de entender a la sociedad en la que se desarrolla y hasta formas de constituirla (en otros tiempos y bajo otras intenciones). Configura sus lógicas de interrelaciones, de ofertas y demandas, premios y castigos. Su carácter contracultural –a esta altura, cuanto menos, discutible– responde a un celo prudentemente excesivo por la negociación de concesiones. También por sus contradicciones, y esto así ha sido desde que Elvis Presley se postuló personalmente ante Richard Nixon como agente antidrogas poco antes de morir reventado por dosis infernales de barbitúricos, o bien desde que Los Gatos fundaron aquello que luego se conoció como rock nacional, edulcorando la letra de Ayer nomás por imposición de la compañía que les editó su primer disco.

“El rock es algo tan grande, que muchos políticos quisieran colgarse una guitarra eléctrica con tal de captar la atención de la juventud”, dijo Roberto Pettinato, pero no en el plató de su programa de TV actual sino en una editorial de Expreso Imaginario, casi treinta años atrás. En 1982 era incongruente imaginar al titular político de la ciudad capital poseso por el espíritu de Freddie Mercury o a Amado Boudou empuñando una Telecaster para tocar una de Pappo en un cierre de campaña. Eso era tan inconcebible como imaginar, a la inversa, a un músico involucrado en una campaña o en una gestión. Porque no eran tiempos de campañas políticas, claro está, pero también por insalvables diferencias de referencias. Una suerte de tensión cultural en donde la política convencional se acercaba al rock con extrañeza y cierta desconfianza, como quien aproxima su mano a un animal doméstico para tantear su peligrosidad. Ejemplos de todo tipo se desprenden de nuestra historia doméstica, por caso sea el remanido Festival de la Solidaridad Latinoamericana el más recordado de todos ellos: la política subroga (casi que subyuga) al rock en su propio propósito, que no era más que alimentar su delirio bélico sobre Malvinas bajo el disfraz de un evento benéfico.

“Nosotros siempre tuvimos la intención de cambiar las cosas, pero la única forma de lograr cambios es poniendo el cuerpo. En este caso, metiéndote en la burocracia. Y fue jodido, porque veníamos acostumbrados a la idea de putear desde la puerta. Te transformás en alguien realmente peligroso cuando agarrás los papeles, estudiás las cosas y empezás a encontrar los recovecos desde los que podés hacer que las cosas cambien de verdad”, le dijo al NO Cristian Aldana el año pasado, varios meses antes de que la muerte de Néstor Kirchner avivara un aletargado interés juvenil por la política, ya sea como discusión o mismo como práctica. El cantante y guitarrista de El Otro Yo levanta las banderas de la Unión de Músicos Independientes, un colectivo de trabajo que cuenta con más de 2 mil discos editados y casi 4 mil bandas asociadas en diez años de ejercicio, además del mérito de haber alentado la Ley Nacional de la Música introducida en el Congreso de la Nación por el senador Eric Calcagno. “No se trata de protestar sino de hacer. Y, cuando es necesario, de estar también para apoyar”, agregaba Aldana, que se había mostrado en sintonía pública con el gobierno.

Algo similar ocurrió con Músicos con Cristina, un extenso grupo de artistas que embrionó en Plaza de Mayo el 27 de octubre del año pasado a instancias de la ex Metrópoli Isabel de Sebastián y una larga lista de firmas y adhesiones que incluyen a León Gieco, Marcelo Moura (hermano de Jorge, desaparecido militante del ERP) y Manuel Moretti, de Estelares. Un manifiesto y una serie de kermeses culturales fueron ungidas por MCC en el claro propósito de exhibir afinidades con quien “se comprometió con el juicio y castigo de genocidas, promovió políticas de derechos humanos y sancionó leyes, como las del matrimonio igualitario, que defienden las libertades individuales”, según expresaron al formarse.

“Nos reconfortan muchas medidas que este gobierno ha tomado y creemos que son victorias que deben ser defendidas”, opina Joaquín Guillén, músico de Shaila, politólogo con varios ensayos en su haber y (probablemente, por ambos talentos) integrante de la UMI. Aunque aclara: “También nos vivifica el nuevo rol del Estado, la creación de un frente de izquierda y el lugar que la política viene tomando en general, pero le seguimos peleando a cierto pragmatismo intrínseco que tiene la actividad partidaria desde determinados sectores y a los impresentables que se suben a los logros ajenos, minimizando la inmensa cantidad de cuestiones que siguen estando mal”. La conciencia crítica rockera encontró nido en el Frente de Izquierda de los Trabajadores, insuflado por la mística que Jorge Altamira y el Partido Obrero le imprimen a su autodefinido “milagro” de haber sobrevivido a las elecciones primarias y –probablemente– meter diputados en el Congreso.

“Creo que los artistas que se organizan en el FIT con conscientes de la necesidad de construir un partido o herramienta de lucha que responda a la clase obrera”, dice el Cabra Hernán de Vega, espíritu de Las Manos de Filippi y militante del PO desde 1989, partido por el cual se presentó como candidato a legislador por la Ciudad en 2009. “Esta afinidad surge, sobre todo, luego de Cromañón, donde quedó expuesto el rol de los gobiernos capitalistas con respecto a la cultura”, agrega, acerca de los músicos que se prestaron a una campaña de apoyo por el binomio Altamira–Castillo, entre los que se encontraron el ex Attaque 77 y actual Jauría Ciro Pertusi (“lo que iba a hacer, lo hizo, y no quiere quedar tan pegado con la política”, dijeron en su entorno cuando el NO lo convocó para esta nota) y también Eduardo Graziadei, quien aclara que se trata de “una iniciativa individual” que no incluye a Cadena Perpetua, su banda.

“Hubo tres episodios de 2010 que me marcaron profundamente y que incentivaron a que me involucre de otra manera con la política: la toma de escuelas y el reclamo vehemente de chicos de 16 años por derechos primarios como la educación, un encuentro con cuatro obreros de Zanon una vez que fuimos a Neuquén con Cadena, y el asesinato de Mariano Ferreyra”, reseña Graziadei. “Después comencé a juntarme con los chicos de Las Manos de Filippi, ellos participan de charlas y debates, y surgió lo del ‘frente de artistas’ que acompaña al Frente de Izquierda en las elecciones.”

–¿Comprometerse con el contexto social y político es una necesidad artística? ¿No corre riesgo la obra de verse limitada?

Isabel de Sebastián: –No creo que sea necesario que el artista asuma un compromiso político. Una verdadera independencia de pensamiento es fundamental para todo artista. De todas maneras, el artista no nace de gajo. Es parte y testigo del mundo que le toca vivir, y lo plasma en su obra, aunque no tenga conciencia de hacerlo. Parte del debate es la idea de que el artista no debe ser jamás oficialista, que debe estar siempre en la vereda opuesta al poder. Esa idea tiene la falencia de pensar que todos los oficialismos representan la misma cosa. Si un gobierno está luchando una batalla que te identifica, no veo por qué oponerse sistemáticamente a él, sólo porque “debemos” oponernos al sistema. Uno decide apoyar cuando siente que se necesita. Creamos Músicos con Cristina en una coyuntura donde sentíamos que estaba en riesgo la continuidad, y donde teníamos una necesidad afectiva de apoyar a Cristina en un momento tan difícil. Luego de nosotros aparecieron otros como Artes Visuales con Cristina, Poetas con Cristina, Científicos con Cristina. Queremos creer que arrimamos un grano de arena, aportando, conteniendo a alguna gente que sentía la necesidad de participar y uniendo voluntades. Esta coyuntura es sin duda diferente, e iremos encontrando nuestro lugar, que ya no es el mismo.

Eduardo Graziadei: –Hubo alguien, no recuerdo quién, que hace poco dijo: “No creo en el arte militante” (N. de la R.: el Indio Solari). Yo sí creo en la militancia de los artistas, por supuesto. Es sano y progresista. El artista tiene una mirada sensible de la sociedad, es fundamental su visión y, en algún modo, esclarecedora.

Hernán “Cabra” de Vega: –Desde el momento en que se entiende que no todos tienen la misma posibilidad de hacer arte o de ser artista, la lucha por un arte puro no existe. Queda supeditado a la lucha por una sociedad igualitaria y socialista. Podés decir “yo hago arte”, pero lo cierto es que te chupan un huevo todos los millones de seres que quisieran hacer arte y se les hace imposible. De todos modos, la lucha por un arte libre se logra luchando como artistas, o como trabajadores, pero contra este sistema. No creo en la música o en la obra liberadora de masas. Una buena obra puede liberar algo de la conciencia, pero no a la humanidad. Para eso están las revoluciones.

–¿No temen que sus apoyos y proclamas sean utilizadas políticamente por otras fuerzas?

Joaquín Guillén: –Para nada, hacemos las cosas como las hacemos porque creemos que es lo mejor. Siempre puede salir mal, pueden usarnos o podemos equivocarnos, pero lo importante son las convicciones con las que afrontás lo que hacés.

De Sebastián: –Sin duda, porque un artista que toma una posición política pública, se expone. El músico depende de una audiencia que puede rechazar su ideología. En este lugar de oposiciones tan feroces es inevitable ser criticado e injuriado por tomar partido.

Graziadei: –Por supuesto que tengo miedo, pero no me paraliza. Al contrario, por suerte no es un miedo que me paralice; ese miedo hace que me movilice y lo hago público. ¿Cómo no voy a tener miedo si de un día para el otro podés ser asesinado o desaparecer, en “plena democracia”, como Julio López, o Luciano Arruga, o el mismo Mariano Ferreyra?

De Vega: –No siento mi música como una proclama. Todo lo que podría ser proclama, como mi pensamiento político por ser militante, la discuto con otros y serían proclamas colectivas.

–¿Qué opinan de la Ley de la Música que se está debatiendo en el Senado?

Guillén: –Me parece necesaria una ley que cree un instrumento autónomo y autárquico que apoye, fomente y difunda la actuación musical, y que sea manejado por músicos que sepan qué es lo que significa autogestionar una obra.

De Sebastián: –No supimos luchar por nuestros derechos, y éste es el momento. No existe un Instituto Nacional de la Música y es fundamental que la ley sea aprobada por el Senado antes de fin de año, así pasa a Diputados cuanto antes. Si no, pierde estado parlamentario y hay que empezar todo de nuevo.

Graziadei: –Me gustaría que se llamara “Ley de los Músicos”. Creo que es un parche. Es más de lo mismo.

De Vega: –Es una ley totalmente patronal, a la medida de los bolicheros. Bien podría llamarse “Ley del Negocio de la Música”. Es una mentalidad muy conocida en otros gremios creer que si nuestros patrones están bien porque tienen beneficios del Estado, ellos, de copados, van a dar más trabajo. Es la mentalidad de todos los burócratas de todos los rubros. Creo que es una ley que responde a intereses capitalistas.

–No es habitual que los músicos debatan acerca de su propia representación gremial como trabajadores. ¿Qué hay de eso?

Guillén: –Es totalmente deficitaria. Trabajamos en una situación de precariedad laboral terrible. A mí, la burocracia sindical del Sadem (Sindicato Argentino de Músicos) no me representa en lo más mínimo. Por empezar, la mayoría laburamos en negro. La inscripción como músico debería ser gratuita y sin examen de idoneidad y, lamentablemente, desde el sindicato no contemplan las diversas modalidades en que se hace música en nuestro país, por ejemplo, la situación de los músicos independientes. La única sugerencia que me viene a la mente es democratizar todas las instituciones que actúen para reglamentar nuestra actividad. En la medida en que sigan enquistadas estas estructuras, las cosas no van a cambiar.

De Sebastián: –Tenemos una muy buena legislación de derechos intelectuales y un buen decreto del derecho del intérprete. En cuanto a los derechos laborales, debemos seguir trabajando para conseguir un estatuto que contemple las diferentes modalidades en las que se desarrolla nuestra actividad. Debemos lograr que tanto los músicos en relación de dependencia como los independientes estemos incluidos en un sistema de seguridad social.

Graziadei: –El músico está solo, con sus compañeros de ruta, al igual que el sonidista, el iluminador o el asistente. No tenemos un sindicato que nos represente y vamos por eso.

De Vega: –Creo que si algo aprendimos con Cromañón, es que no podemos seguir con la cabeza “Pomela” de antes. Y un gran cambio es poner a los artistas a la altura de todos los trabajadores. Porque, a esa altura, se puede luchar por nuestros derechos. Estando a la altura de los que luchan, nos sentimos apoyados por toda la clase explotada que lucha. Estando a la altura de las estrellas, cosa que le conviene al sistema, quedamos solos y sin conciencia de clase.

–¿Algún día podrá un rockero detentar un cargo público de relevancia?

Guillén: –Yo creo que sí. Todo empieza y termina en la honestidad intelectual del que detente el cargo, y yo sigo creyendo en la gente. Además, hay muchísima gente con tremenda experiencia que podría hacer la diferencia desde ahí. Yo nunca me lo planteé, pero no creo que tenga nada de malo hacerlo.

De Sebastián: –Si algún músico de rock acepta un cargo... no veo que esto sea un problema; pero dudo mucho que esto suceda, son estilos de vida muy distintos. Personalmente no aspiro a ningún cargo, en absoluto. No me llevo bien con las estructuras burocráticas. Me interesa más la idea de un gran debate sobre la cultura, que siento como asignatura pendiente, pero siempre desde la militancia.

De Vega: –Quisiera creer que otras de las cosas que pudimos cambiar luego de Cromañón fue romper con ese prejuicio. Debemos tener nuestra política, nuestras organizaciones y nuestros políticos, y no dejar ningún espacio libre de nuestra posición.

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