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Jueves, 1 de noviembre de 2012

DIEZ MIL PERSONAS EN LA MARCHA ZOMBIE POR BUENOS AIRES

Unos muertos

Además de estar maquilladas para el espanto, los zombies donaron alimentos a un comedor infantil y apoyaron una campaña de donación de sangre. “Todos los zombies tenemos derecho a que nos rasquen la espalda”, dicen.

 Por Jose Totah

La historia es desgarradora: una abuelita zombie se acercó hasta el cuartel general de Reynaldo Rataplin, organizador de la Zombie Walk 2012 –-el desfile de muertos vivos más importante del año– y le confesó: “Me pica la espalda y no tengo quien me rasque”. La respuesta de Rataplin, conocido como el “Rey del Copo”, por el palo con nubes de azúcar que siempre lleva a todos lados, fue escuchada por los 10 mil cadáveres que, el fin de semana pasado, se reunieron en Plaza San Martín para marchar hasta el Obelisco. “Todo zombie tiene derecho a ser rascado”, clamó por los altavoces, ante el delirio de la multitud, aunque nadie entendió qué quiso decir.

La tarde se puso verdaderamente horrible a partir del mediodía, con miles de demonios llegando a la plaza maquillados para matar y morir (o más bien al revés), mientras la Policía revisaba sus manuales para chequear qué se hace en caso de que un zombie le quiera arrancar el cerebro al prójimo. Se sabe que la Zombie Walk atrae bastante gente en todas sus ediciones, pero la convocatoria del domingo fue un record absoluto. El cónclave del inframundo se realiza todos los años en las principales ciudades del globo y siempre cae unos días antes del festejo de Halloween en Estados Unidos. Allá las cosas no siempre terminan bien; de hecho, el sábado pasado, en el estado de Montana, una mujer le pegó un tiro en la gamba a su novio, aterrada cuando vio que el muchacho llegaba a casa disfrazado de cadáver y completamente borracho (la noticia no explica si le disparó por lo zombie o por lo mamado).

La sexta edición del evento en Buenos Aires no fue sólo un encuentro de freaks y fanáticos de las películas de terror clase B sino que tuvo un toque de ayuda comunitaria. Pese a ser espantosos, repugnantes y fétidos, los muertos se portaron bien y donaron alimentos al comedor infantil Sol Naciente, además de fomentar la donación de sangre con una suelta de globos. “Zombie Walk es una ‘pacifestación’. Por lo tanto te pedimos que tu personaje no lleve armas de ningún tipo, ni siquiera de cartón. Es un evento artístico, solidario y familiar. Demos el ejemplo de que el mundo puede ser mejor. Y no se olviden de traer un alimento no perecedero”, se pidió días antes, desde el muro de Facebook de la marcha. “Sea un zombie solidario”, se arengó.

No faltó sangre ni gente macabra en Plaza San Martín: desde una geisha zombie hasta un Johnny Deep desfigurado en plan Piratas del Caribe, un grupete de colegialas ensangrentadas, un supuesto policía de la Federal con un hacha en la cabeza o un tipo que juraba ser la versión zombie de Mauro Viale. “El Mauro que ves en la tele es un zombie; el verdadero murió en Malvinas; tengo pruebas y las puedo presentar ahora”, sostuvo el hombre, hasta que pasó un nene de diez años, le puso una cadena, y se lo llevó en cuatro patas a hacer pis atrás de un árbol.

Un gauchito gil hecho pelota

Algunos podrán decir, sin tanto temor a equivocarse, que la manifestación zombie juntó más gente que un eventual acto de Lilita Carrió en La Matanza o un cacerolazo “autoconvocado” en Callao y Santa Fe. Y que, llegado el caso, el líder de la marcha, Reynaldo Rataplin, hasta sacaría más votos que Lilita (el voto zombie es muy popular entre los jóvenes). Antes de comenzar a marchar, el Rey del Copo se subió al techo de un micro estacionado en Plaza San Martín y dio un discurso inolvidable, justo después de que los zombies realizaran una coreografía masiva del tema Thriller, de Michael Jackson.

Desde lo alto del bondi, Rataplin se rodeó de sus cinco colaboradores más acérrimos: un notero con el rostro descascarado, una maestra zombie con su escuadra gigante al hombro, una odalisca muerta, un tanguero con la cabeza destrozada y un tipo que no se sabía si era un pirata o una especie de Gauchito Gil muy cagado a trompadas. Primero, el Reynaldo contó la historia de la abuela que no tenía quien le rasque la espalda; luego, develó un misterio que enfureció a la multitud: “Yo sé dónde están escondidos los cerebros que nos pertenecen”. Y preguntó: “¿Qué quieren ustedes?”, a lo que el zomberío contestó, desencajado, frenético: “¡Cerebros!”. Acto seguido, la muchedumbre ensangrentada entonó el himno zombie junto al Coro Kennedy. Varios lo hicieron, literalmente, con el corazón (muerto) en la mano. Así arrancó la caminata por Santa Fe y luego por Carlos Pellegrini hasta el Obelisco. Consultado sobre una posible candidatura para las próximas elecciones presidenciales, Reynaldo dejó la pelota picando: “Eso es lo que piden los zombies”.

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