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Jueves, 25 de abril de 2013

Cogollito de batalla

Cultivadores, titulares de grow shops, fumetas varios, abogados y víctimas de la Ley de Drogas aseguran que es la primavera del autocultivo e invitan a participar de la próxima Marcha de la Marihuana, para pedir por los derechos de los usuarios cannábicos: “Permitir el autocultivo es combatir el narcotráfico”, aseguran.

 Por Juan Barberis

Sobre la mesa de una cocina-comedor reducida y compacta, Esteban –músico y cultivador primerizo– despluma su faena. Las tres plantas que dejó crecer en su patio trasero hasta la altura de su frente ahora reposan horizontales sobre la fórmica y esperan ser puestas a punto para el curado. En su primer intento, guiado un poco por arrebatos de investigación vía Google y otro poco gracias al asesoramiento de amigos, dice que la determinación de volcarse al autocultivo estuvo guiada tanto por la búsqueda de calidad como por la de seguridad: la última vez que tuvo que ir a comprar porro, terminó corriendo cuatro cuadras luego de un confuso episodio entre el vendedor y un patrullero de la policía. Desde entonces, montó en su patio de baldosas amplias tres grandes macetas que hoy, en plena hora pico para la cosecha, ya lucen arrasadas. “Teniendo plantas en tu casa corrés el mismo riesgo que cuando vas a comprar a cualquier lado, así que el autocultivo conviene siempre”, dice Esteban, mientras señala los edificios del barrio que asoman por sobre la medianera. “A todos nos está pasando lo mismo. Decido asumir un riesgo por un recurso que es infinitamente más saludable. Tengo el derecho de saber qué es lo que consumo o lo que le regalo a un amigo”, se planta.

En simultáneo con el incremento del uso de marihuana en todo el mundo, el fenómeno del autocultivo en Argentina creció en el último tiempo de manera vertiginosa. En tan sólo tres años, aparecieron y se multiplicaron en el país los grow shops –comercios dedicados a suministrar los implementos para el crecimiento y cuidado de plantas– y se abrieron nuevos canales de circulación, como clubes, catas, competencias y encuentros que promueven la experiencia del autocultivo. “De 2010 para acá, te diría que todo esto aumentó como un... cinco mil por ciento”, indica Gastón Santo, dueño de Billy Grow, uno de los primeros grow shop con vista a la calle ubicado en el barrio de Boedo. “La gente se vuelca al autocultivo porque el producto de venta es un desastre. Además, se copan con la planta; no se sabe lo que es todo esto hasta que se lo intenta. Sobre todo acá en Capital, los jóvenes no están acostumbrados a ningún tipo de cultivo y esa conexión natural entusiasma mucho”, destaca Santo.

La mayoría de los consultados se refiere a este fenómeno como una moda o tendencia, pero siempre en respuesta a necesidades reales. Por un lado, destruir la cadena del narcotráfico gracias al autoabastecimiento. Por el otro, la búsqueda de un producto definitivamente más sano y puro. Tras décadas de frondosa circulación como único recurso del denominado “paraguayo”, dizque marihuana prensada y tamizada con diferentes productos que van desde lavandina hasta amoníaco, la irrupción de las cosechas personales permitió la circulación de flores y cogollos sin alteraciones, poniendo de manifiesto los abismos que se abren vinculados a la calidad, el sabor, la pureza y a la salubridad.

Gastón Santo, que además de ser comerciante de artículos para el cuidado botánico es especialista en cannabis, dice que una de las claves de la proliferación del autocultivo tiene que ver con su bajo grado de dificultad y los grandes resultados. “Tratamos de hacerlo lo más simple posible, solamente con algunos trasplantes hasta el momento de la cosecha. Muchos se exceden con la atención, pero la verdad es que esto no requiere de ningún tipo de productos extra, salvo que hayas tenido algún problema específico. Nosotros recomendamos un sustrato bien cargado y nos dedicamos a enseñarle a la gente los conceptos básicos, desde regar hasta trasplantar. Y la verdad que los resultados de los clientes siguen sorprendiendo. Creo que estamos en un nivel bastante alto por la poca cultura de autocultivo que hay acá.”

Peter tiene 34 años, es de Miami y vive en Buenos Aires desde hace dos. Fuma marihuana y cultiva desde hace casi 15. Si bien vivió en California, donde podía comprar hierba de manera legal con un carnet para cannabis medicinal (en ese Estado, para conseguir el permiso, basta con sólo decir que te pone nervioso comprar marihuana de manera ilegal), asegura que en Argentina, a algunas décadas de cultura cannábica de distancia, las cosas “no marchan tan mal”. “Acá cultivo y fumo más tranquilo que en mi país porque la ley es más ambigua y por ende las consecuencias también”, señala Peter, que trabaja en posición semisenior para una multinacional con sede en Estados Unidos. “Allá si te encuentran cultivando se puede arruinar toda tu vida, aunque es muy habitual ver gente fumando. Creo que en Argentina el momento es bueno, aunque todavía hay poco quórum y la sociedad es muy absoluta: dicen que es ‘falopa’ como si fuera cocaína. Yo quiero que sea definitivamente legal, no quiero tener que salir a la calle a buscar marihuana en un entorno que no me gusta. Por eso quiero las reglas claras. ¿Cuántas plantas puedo tener?.”

Para Sebastián Basalo, director de la revista THC –publicación local dedicada a la cultura cannábica que debutó en 2006 con una tirada de 8 mil ejemplares mensuales y hoy ya alcanza los 40 mil–, el indicador más fehaciente de la avanzada del autocultivo no sólo es la irrupción de un nuevo mercado para cultivadores, sino también el incremento de la persecución policial. Las últimas estadísticas demuestran que desde 2009 hasta la fecha los allanamientos a cultivos aumentaron entre un 30 y un 40 por ciento, con un mayor impacto en la provincia de Buenos Aires. “Cada vez son más los informes que realiza la Policía Federal en distintos puntos del país sobre allanamientos y detenciones a cultivadores desde el fallo de la Corte en el 2009 hasta entonces, cosa que debería haber sido al revés”, apunta Basalo, al frente de una publicación que destacó sobre otras disponibles (como Haze, específicamente orientada al cultivo) por su aporte de contenidos sobre la “cultura cannábica”: arte e información.

El 25 de agosto de 2009 La Corte Suprema declaró inconstitucional la pena por tenencia para consumo personal de marihuana, basándose en el artículo 19 de la Constitución nacional, donde se indica que “las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”. Así, la Justicia volvía a pronunciarse después de una serie de idas y vueltas históricas: en 1978, durante la última dictadura militar, en el caso Colavini la Corte declaró constitucional castigar la tenencia para consumo personal; ocho años más tarde, el icónico fallo Bazterrica –el ex guitarrista de Los Abuelos de la Nada había sido detenido con tres porros en su casa y condenado a la pena de un año de prisión en suspenso, multa y costas, por el delito de tenencia de estupefacientes– definía la inconstitucionalidad de la medida para la tenencia de pequeñas cantidades; y cuatro años más tarde, en el caso Montalvo durante el gobierno menemista, la Justicia retrocedía una vez más hasta 1978.

Ahora, después de este último avance filtrado a través de la causa Arriola del 2009, la Ley de Drogas ya cuenta con un amplio consenso entre las principales fuerzas políticas y espera ser tratada en el Congreso. “Hay que ir detrás del Poder Legislativo”, subraya Sebastián Basalo. Tras la marcha del año pasado, donde se reunieron más de 60 mil personas en todo el país, y 40 mil tan sólo en Buenos Aires, representantes del Frente Para la Victoria, el Frente Amplio Progresista y la UCR redactaron un texto común en un acuerdo histórico contra la criminalización del consumo. “Sin embargo, el acuerdo de repente se cayó cuando el Frente Para la Victoria no dejó bajar a sus diputados a votar, básicamente –según nos cuenta Diana Conti–, porque todavía no terminaron de ajustar los consensos internos. Es lo único que falta para debatir algo que ya tiene un primer acuerdo entre los tres grandes sectores”, confirma el periodista.

La tarde del jueves 14 de abril de 2011, Matías Faray, comerciante de Moreno, salía de su casa camino a la parada del colectivo cuando dos uniformados lo agarraron contra la pared. “¡Estás al horno, vas a ir preso 15 años!”, le gritaron al oído. Durante el allanamiento a su vivienda, tras una supuesta denuncia anónima, la policía le incautó diez plantas de marihuana de su patio y algunos plantines de un indoor. Después, claro, vino el resto: primero la comisaría, luego los tribunales de Morón y por último la cárcel de Villa Tesei, donde permaneció privado de su libertad durante quince días. Adentro, según Faray, caer por “transa” –como fue presentado frente a los demás internos– está casi a la altura de caer por una violación. “Me quisieron faconear, tuvieron que cambiarme de calabozo”, relata al NO. “Está todo mal, ahí el transa es el gato: tiene que lavar, que compartir sus visitas higiénicas con el resto, que darles droga a todos los internos... porque si sos transa, tenés guita y drogas.” Sin embargo, a los pocos días un artículo publicado sobre su caso aclaró el asunto y le ayudó a conseguir aliados, dentro y fuera de la cárcel. “El periodismo permitió que el tema tenga un abordaje que hasta el momento no había tenido. Eramos delincuentes, adictos, y de repente todo el mundo vio que le podía pasar a cualquiera.”

Ahora Matías Faray está condenado por el Tribunal Provincial y por la Cámara de Apelaciones por el delito de cultivo para consumo, una figura inconstitucional. Como delito excarcelable, Faray pudo optar entre una terapia curativa o una probation para el cierre de su causa, pero él se negó rotundamente. Lo que hizo fue pedir la absolución, no sólo para quedar limpio de antecedentes sino también para sentar jurisprudencia. “El argumento por el que condenan es que mi activismo trascendió la esfera privada y afectó la salud pública, que en todo caso ya sería otra cosa”, explica Faray, también fundador de ACO, Agrupación de Cannabicultores del Oeste. “Como yo no cultivaba para vender, se les cayó todo. Ahora en la causa lo único que hay son fotos de las plantas, porque la investigación dio negativa y el ambiental con los vecinos dio excelente. Se cayó sola. Pero bueno, una vez que te inician una causa te tenés que comer todo el puto proceso que me estoy comiendo yo.”

Mientras casos como el de Fernando Colombini –joven de 25 que fue detenido el pasado 7 de febrero y continúa preso en el penal de Magdalena por la tenencia de ocho plantas en su casa de Saladillo– siguen evidenciando la puntería cruzada de una Justicia empecinada en perseguir a los consumidores en vez de embestir de lleno contra el narcotráfico, el próximo sábado 4 de mayo se espera una nueva movilización para, según detalla la convocatoria, volver a “realizar un reclamo común que evidencie la cantidad de personas que exigen normalizar la situación de la planta de cannabis y terminar con la criminalización y persecución de sus usuarios y cultivadores”.

En el marco de la Marcha Mundial de la Marihuana que desde 1999 se realiza todos los años, la concentración comenzará a las 13 en Plaza de Mayo y a las 15 terminará frente al Congreso. “Ese día va a ser fundamental. Salgamos todos, no sólo los cultivadores y usuarios, sino aquellos que perciban la gravedad de la situación actual y la necesariedad de una reforma urgente de la Ley de Drogas”, dice Basalo. “Creo que estamos avanzando y que el contexto que más nos favorece es el social, porque la aceptación por parte de la gente es casi plena”, asegura Matías Faray. “Es cuestión de brindar información, porque todos nos estamos manejando con prejuicios que fueron instalados adrede por un sistema que no deja nada librado al azar.”

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Imagen: Cecilia Salas
 
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