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Jueves, 6 de marzo de 2014

LA CANCIóN FAMILIAR DE JUAN ANDRADE

“Tuve que ser cruel con lo escrito”

La flamante novela del periodista funciona como una ópera rock sobre los ’90 platenses, pero también actúa sobre las ventas de bebés en Misiones.

 Por Julia González

“Me tocó entrevistar a Charly o al Indio, gente muy importante, y me pregunto cómo habrá sido su vida a los 20 años, qué cosas habrán pasado, qué locura divina habrán tenido en la cabeza, que los hizo ir para adelante”, plantea Juan Andrade, periodista y autor de Canción familiar, a raíz de la lupa que puso en Cristian Suárez, el protagonista de su libro, quien a los 20 empieza a componer canciones mientras su historia familiar cambia para siempre. La novela, ambientada en los ‘90, se lee como se escucha un disco. Es una ópera rock de casi 200 páginas articuladas por la soga imaginaria del rock platense. Hay conceptos musicales ensamblados integralmente por el ritmo y el tono en el que cuenta su porvenir Cristian “Maldito”, un rubio que encuentra en El pueblo de los malditos (1995), la película de John Carpenter, su apodo. Los capítulos del libro, cada uno con el nombre de una canción, podrían ser tracks separados en los lados A y B de un casete. Michael Jackson, Gilda, Robert Johnson, Beatles, Dylan, Moris y Joy Division inauguran capítulos y son parte de la misma canción.

“Me encanta leer, me encantan los discos, hay un montón de autores que uno relaciona con el rock. Pero no me pasaba, como lector, encontrar lectura rockera en el texto”, revela el autor. Su narración transcurre en plenos ‘90 en La Plata, donde Cristian lleva una vida común y corriente: miente diciendo que va a la facultad, toca la guitarra, se emborracha y guarda el porro en esos tubos de rollos para fotos. Pero un día empieza a sentirse sapo de otro pozo. Y, como si viviera en la casa del ácido, las imágenes de su familia se desdibujan y se vuelven bizarras cual obra teatral pedorra. Por eso decide ir en busca de su verdadero yo. A Andrade se le disparó la historia porque la conocía de cerca. “El tema de la identidad fue por un amigo de toda la vida, que vino a pasar unas fiestas en 2001 y en todo el quilombo que fue ese diciembre se estaba enterando de que era adoptado.”

En 2002, cuando Andrade aun vivía en la frontera platense, Berisso, y empezó a escribir la novela, soñaba con que alguna de las bandas que nombraba se hiciera conocida, como Estelares. “Tenía la idea de que capaz alguien lee el libro y así conoce a Estelares. Por suerte me ganaron, fue un acto de justicia poética”, bromea. Fueron varios años de teclear y esgrimir la historia hasta que le llevó esa especie de demo a un editor que conocía, Marcos Mayer. Y tuvo dos opciones; mejorar ese borrador o dejarlo y pasar a otra cosa. “Como en un proceso de grabación, yo quería abrir todas las pistas, cambiar algún músico. Tuve que ser cruel con lo que había escrito”, dice. Pero la columna vertebral ya estaba planteada y, gracias al trabajo de post-producción, el protagonista fue ganando voz y autonomía. Cristian se convirtió en un “pibito pequeña bestia rockera”.

Canción familiar no tiene lenguaje neutro, ni realismo mágico; sí lugares concretos, bandas y neologismos plausibles de una época. Porro, sexo y birras en el desayuno circulan entre los guiños al cine, la poesía del rock y el blanqueo de la adopción ilegal en Misiones. Sin embargo, Juan no estaba dispuesto a hacer una denuncia o una investigación. Fue a El Dorado, habló con los lugareños y comprobó que la historia que había desentrañado era verosímil. Lo cual la hacía, a la vez, tremenda.

–¿Por qué se te ocurrió Misiones?

–Misiones tiene que ver con el periodismo. Fui a cubrir un recital de León Gieco en El Dorado, también tocaba el Chango Spasiuk. Teníamos la tarde libre y a la noche nos llevaron a pasear. Se me convirtió como en un escenario de ficción, sin que yo supiera nada. Pero me quedó en la cabeza el tema de la inmigración y cómo los alemanes habían sido llevados engañados a ese lugar. Hay un museo histórico que visitamos donde había baúles, canastos llenos de porcelana, y te contaban que los traían de sus casas europeas, pero que nunca los habían llegado a usar acá porque venían de la cuna de la civilización para pasar a cazar en la selva. Después, ya en las afueras, había historias de leñadores que se estaban quedando sin laburo porque todo funcionaba con máquinas, había mucho desempleo. Y estaba el tema que todos sabemos y que está en el inconsciente colectivo, como diría Charly, de los chicos rubios que son comprados en Misiones y el mercado que hay alrededor de eso. En el recorrido pasamos por barrios pobres de casitas de madera, había chicas embarazadas y era inevitable pensar si lo iba a tener. No creo que todas las chicas embarazadas pobres de Misiones vendan a sus hijos, pero está la posibilidad. Y eso me quedó.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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