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Jueves, 20 de noviembre de 2014

AIRBAG NO NEGOCIA SU LIBERTAD

“No dependemos de ningún hit del pasado”

De banda teen pop de apariencia prefabricada a músicos con compromiso social y de amores de verano a canciones sobre la trata, el grupo de los hermanos Sardelli cumple diez años a caballo de su quinto disco, que los lleva al Luna Park como paladines de su propio renacimiento.

 Por Juan Barberis

Parece otra vida pero, a mediados de la década pasada, los canales de música todavía eran droga de venta libre para adolescentes. Lo que se filtraba por ahí, sobre todo en MuchMusic, era la resaca de una época dorada que acumulaba movimientos de bajo presupuesto con algunos resultados memorables: ahí estaba Santiago del Moro maniobrando una fauna de personajes psicodélicos a puro pico y pala, o Gastón Duprat y Mariano Cohn relamiéndose con una idea maestra llamada Cupido. Con un encendido considerable, previo a la caída, estas franquicias seguían gozando de la capacidad de instalar artistas a través de la alta rotación. Era el último signo vital de una era que acabó cuando Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim lograron pegar el zarpazo con una idea tan simple como revolucionaria: YouTube.

Es imposible no haber visto a Airbag desde el principio, desde su propio kilómetro 0. Corría 2004 y estos tres hermanos aparecían con resabios de pubertad desde el videoclip de La partida de la gitana, una canción pop–rock de amor pegadiza como sticker, ambientada en el contexto de un aeroclub y rematada con un solo de guitarra metalero de Patricio Sardelli, cantante y hermano del medio, en aquel entonces con apenas 17 años (el bajista Gastón tenía 19 y el baterista Guido tan sólo 14). Lo de Airbag resultó ser una carrera catapultada por estribillos redonditos e ingenuos, que hablaban de amores perdidos y noches de verano; una golosina que se vendía rápido y en cantidad, mientras buena parte de la patria rockera se les reía de costado. “Mirándolo en perspectiva, creo que hicimos un trabajo muy digno, porque podríamos haber hecho algo mucho peor, ¿o no?”, retruca Pato mientras prueba un cabernet en la vereda de Bruni, el restaurante que tiene en Belgrano su amigo el Zorrito Von Quintiero.

Desde entonces pasaron cinco discos y diez años, lo suficiente para ver en tiempo real –en clave Linklater– cómo los Sardelli fueron lidiando contra la propia cárcel que supone el éxito temprano y las marcas de una adolescencia que pasó de largo rapidísimo a bordo de micros de gira, llenos en el Gran Rex y el Luna Park, aviones, ceremonias de Grammy y ruedas de prensa.

Desde el principio, su dinámica fue amalgamándose de una forma chispeante, pero equilibrada: Pato, el más desafiante y curtido –enfrenta multitudes desde los 3 años, cuando empezó a cantar tangos en un programa de Soldán–, es el guitar hero y multiinstrumentista, con una gran facilidad para domar instrumentos como el piano o el chelo. Guido, el menor, es la sonrisa, el anzuelo glam y ahora también uno de los principales cantantes y compositores. Y Gastón, si bien es el menos dotado musicalmente, es el cerebro y la brújula de Airbag, desde su rol de hermano mayor y militante activo de izquierda. “El hecho de ser hermanos para mí está buenísimo, pero quizás alguien en mi lugar se quiere morir”, asume Pato. “Grabamos, salimos de gira, tocamos. Somos familia y compañeros de trabajo, estamos involucrados en la vida del otro. La confianza que nos tenemos nos da mucha libertad. Quizás en una banda de amigos me cago a trompadas a los dos días.”

Hoy, la primera adultez de Airbag los muestra en su versión más aplacada y hardrockera, cruzando su persistente costado pop con una fuerte influencia de bandas como Guns N’ Roses, una de las preferidas de Patricio. Entre pañuelos, piercings, cadenas de acero y mucho cuero, lograron condensar en Libertad –que presentarán el 12 de diciembre en el Luna Park–, su última proyección, un disco en donde la Les Paul de Pato controla el área con destreza y en donde se ve cómo, de manera explícita, Airbag empieza a ganarse el respeto de la primera línea del rock local. Las guitarras amigas de Ricardo Mollo, en la canción Fugitivo, lo confirman.

Libertad se vuelca de lleno al hard rock, ¿era el disco que venían buscando?

Pato: –De disco a disco hacemos cosas muy diferentes, aunque sin dejar de sonar a Airbag. En Libertad hay muchos vientos y orquestas, aunque es bien crudo. Quizá sea el disco que más se parece al en vivo, algo que siempre nos costó mucho. No nos importa si es más o menos rockero, más o menos pop, hacemos un disco que significa la foto de un momento particular.

Guido: –Sentimos que estamos llegando a un lugar que nos gusta mucho. Capaz es a lo que antes aspirábamos. No sé si existe el mejor momento o si capaz en tres años llegamos a nuestra cima y después empezamos a bajar y la cosa cambia. La verdad, no lo sé, pero sí puedo decir que es un lindo momento para ser parte de la banda.

¿Les costó mutar su sonido, después de lograr tanto éxito con su versión de pop adolescente?

Guido: –Hay medios que se quedaron sólo con nuestra primera época, hay un poco de pereza ahí. Pero nosotros tenemos un público súper renovado; con estos dos últimos discos se sumó mucha gente, pasaron un montón de cosas. Una hora a Tokio, nuestro tercer disco, tuvo dos nominaciones a los Grammy. Si la gente o los medios se quieren quedar con el primer videoclip, no depende de nosotros. Nuestra gente está al palo con toda la trayectoria de la banda, con todos los discos. No dependemos de ningún hit, ni de ningún single exitoso del pasado, somos una banda súper fresca. Nosotros vivimos el presente, y nuestro público también.

¿De chicos ya querían todo esto?

Pato: –Sí, en la escuela mentía y decía que tenía contrato discográfico firmado. Quería ensayar a la tarde y tenía gimnasia, entonces le decía al profesor que no podía porque tenía contrato y no podía lastimarme. La cosa es que pasó un año de esa mentira y de golpe nos llaman de Warner, así que le saqué una copia al contrato y lo llevé al colegio: “Tomá, la concha de tu madre, ¿viste que era verdad?”. Me tenía mucha fe. A los 12 supe que iba a hacer esto el resto de mi vida.

Cuando aparecieron, todo hacía parecer que eran otro producto más digitado por una discográfica.

Pato: –Cuando salimos éramos tres hermanos, de golpe nuestras canciones estaban en todos lados, teníamos éxito, hicimos el primer Gran Rex. Estaba buenísimo para pensar que estaba armado. La verdad que no: éramos tres pibes de barrio con mucha hambre de gloria desde hacía mucho tiempo. Si hay algo de lo que puedo estar orgulloso de Airbag es que no hacemos nada por plata, lo hacemos por placer, por llenarnos el alma de hacer algo que nos gusta y que esté bueno. Si viene plata, buenísimo; pero jamás nos vendimos.

Guido: –En esa época estaban los foros. Yo era chico, tendría 17, así que me metía a ver qué decían. Y siempre estaba el pelotudo que escribía que éramos hijos de uno de Warner, que Pato era sobrino de Giardino... ¡Mi viejo es herrero, tiene un taller y yo me tengo que fumar a este pelotudo! Después me empecé a cagar de risa: ¡ponete una discográfica si la tenés tan clara, hacete rico! Pero no nos podemos agarrar de lo malo porque tenemos un montón de gente que se moviliza para vernos, que gasta guita en discos originales, que vota para que ganemos en los premios MTV porque se sienten parte del proyecto. Tenés que estar preocupado por esa gente que te banca y no por un capo del marketing que se cree que se las sabe todas.

Pato: –Nos pasaron cosas como cruzarnos con Juanse y que diga: “Pato, vení, vamos a sacarnos una foto para mi hija que es fanática de ustedes. Qué bueno lo que hacen”. Y lo mismo con la Bersuit, con Gustavo Cerati o Walter Giardino, que siempre fue mi ídolo y hoy somos amigos, tocamos juntos, cenamos. Quizás el prejuicio era más de la prensa especializada; pero con los músicos, la mejor. Me acuerdo de estar en Villa María, tocábamos antes que Las Pelotas, con quienes compartíamos hotel. Ese día abrimos con un tema de Deep Purple y cuando vuelvo al hotel, lo vi a Sokol y me quedé congelado. El vino y me dijo: “Bien pibe, eh”.

¿Qué les pasa cuando escuchan los primeros discos que grabaron? A la distancia no debe ser fácil...

Pato: –Eramos muy chicos y estábamos muy expuestos. A esa edad te estás formando como persona, en todo sentido. Y nuestro disco pegó muchísimo, salió y le fue bárbaro. Hoy podría mirar para atrás y decir: “¡Qué bajón!”. Y la verdad que no: son canciones que todavía tocamos si vamos a un festival.

Guido: –Tocamos Solo aquí, una canción que Pato compuso a los 17, y el efecto que tiene sigue intacto, la gente se pone al palo, la re conoce y la tiene tan incorporada como nosotros. Fueron discos que estuvieron bien hechos, a pesar de que éramos re pendejos. Me tocó vivir eso a los 15, entonces no lo veo como algo malo, creo que ahorramos tiempo. Ya crecí, tengo diez años más, cinco discos más. Si alguien se quiere quedar con algún single de 2005, yo no puedo hacer nada.

Con el tiempo fueron politizando su discurso, pronunciándose con relación a Monsanto o la trata. ¿Sienten responsabilidad a la hora de dirigirse a su público, que es en verdad muy joven?

Gastón: –El arte en una sociedad como en la que vivimos no necesariamente conlleva una capacidad de cambio real en el mundo. El mejor ejemplo quizá sea Imagine, una canción que tiene un mensaje anarco-comunista en contra de los bienes y aun así no creo que haya logrado un cambio profundo. Las canciones pueden decir cosas muy revolucionarias, pero no afectan realmente; lo que más puede afectar es el artista con su cuerpo, pronunciándose, por ejemplo, codo a codo con el resto de la gente. En una sociedad en donde el arte está tan fetichizado, con tantas propiedades que en realidad no tiene, es lindo creer que es revolucionario, pero la realidad es que las canciones, los cuadros, pueden contar un poco la realidad, pero no la cambian. En cambio, las personas sí. Y creo que por eso los artistas tendríamos que hacer el trabajo de decirle a la gente que no alcanza con que yo haga una canción, vos te mates en tu habitación escuchándola al palo y odiando al mundo o haciendo el mosh más grande en un show. Es tan sólo un momento de distensión para abstraernos de este mundo, esa islita de cuando vas a un recital para descargarte y disfrutarlo. Hay que entender que al mundo lo cambiamos por fuera de las canciones.

Viernes 12 de diciembre en el Luna Park, Madero 420. A las 21.

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