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Jueves, 10 de septiembre de 2015

AGUAS(RE)FUERTES

El fin de la belleza

 Por Juan Ignacio Provéndola

¿Quién tiene la regla que mide la belleza? ¿De dónde emana la autoridad para trazar la línea que divide lo lindo de lo que no lo es? Los concursos en los que las competidoras compulsan por la perfección estética se imponen con normalidad sin que nadie se pregunte demasiado por esto. Constituyen actos centrales en fiestas de alcance nacional. Y son, en la mayoría de los casos, motivo de orgullo de cada pueblo en el que se realizan. En el Interior hay por lo menos una centena de certámenes en los que una Reina es consagrada. No es un eufemismo: así le dicen a la ganadora. La belleza es tan tirana que hasta legitima monarquías de artificio. Vivimos en la Edad Media.

Durante su reinado, la elegida luce corona, capa, banda y un bastón que acreditan su semblante. Ha sido pontificada como la más linda de algo que, comúnmente, se resume a un desfile en el que las candidatas deben convencer al jurado a través sus atributos estéticos. El protocolo indica cambios de vestuario, porque la idea es que la mujer se manifieste bella en distintas circunstancias. Y la pasada final es en malla. Un clásico inalterable, aún cuando se trate de chicas menores de edad o la pasarela esté a la intemperie y lejos de los calores del verano.

Después de examinar la humanidad de las postulantes, el tribunal dicta su veredicto. Es un momento de profunda tensión. Las coronaciones son auténticas ceremonias. Hay familias, conocidos y curiosos de ocasión; autoridades locales y otros referentes honorables que se aseguran un sitio preferencial en la foto final, donde no se mezquinan elogios, piropos y afectuosos abrazos. La elegida es obligada a dar un paso al frente. Y llora, se supone que de alegría.

En lo sucesivo, la coronada suele fungir de embajadora de la ciudad. El motivo es obvio: qué mejor que una cara bonita para representar a quienes no tienen esa dicha. Y va de pueblo en pueblo, acudiendo a eventos similares, en nombre de una belleza que está obligada a honrar. Así hasta que eligen a su sucesora. La reina abdica porque, sencillamente, ya no es la más linda. El día que entrega su corona vuelve al anonimato de plebleyos-no-bellos. La realeza es cruel con quienes no pertenecen a ella.

En Villa Gesell acaban de prohibir esta ceremonia, un clásico que se repetía desde 1981. Algo similar sucedió en Chivilcoy a fines del año pasado y ya hay reclamos similares en La Pampa. El argumento es evitar la cosificación de la mujer y la violencia simbólica que propician estas prácticas estereotipadoras. La decisión dividió las aguas entre quienes celebran la abolición del mandato o los que lamentan la pérdida del ritual. Y se impone un nuevo debate: no es la belleza lo que se juzga, sino, justamente, los juicios que se hacen sobre ella. Lindo, ¿no?

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