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Jueves, 22 de octubre de 2015

CUATRO TRES DOS UN DISCO

“QUEREMOS SER CANALES”

En su debut, las violas a 432 hz sacan chamanes de los bombos legüeros.

 Por José Totah

Casi todas las bandas afinan sus violas en LA 440: LA es la nota de referencia y 440 hertz la frecuencia universal. Este punto de afinación se propagó en Europa desde 1939 por un decreto de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, que cambió el patrón estandarizado en 432 hz. Que Javier Cibotti descubriera que tocaba con su guitarra clavada en 432 hz no fue una reparación histórica contra la “frecuencia Goebbels” sino una coincidencia. Así arrancó, en La Boca, el power trío Cuatro Tres Dos, que sacó Animé, un disco atravesado por la medicina ancestral, los chamanes y un inolvidable viaje interior.

Cibotti, cantante y guitarrista, pudo haber sido crack de fútbol. Jugó en las inferiores de Boca, Huracán y asomó a la Primera de Deportivo Riestra, pero largó porque fue padre muy joven y se le complicó. Con tres hijos y el futuro bastante escrito, nunca hubiera imaginado que, seis años atrás, su vida cambiaría después de una noche de ritual chamánico y ayahuasca. Descubrió una nueva sensibilidad y a esa autopista se subió la banda que integra con la bajista Isobella Abate y el baterista Gustavo Barragán. “Lo nuestro es sentir; no vamos por el lado del virtuosismo ni de lo técnico. Queremos ser canales”, cuenta Cibotti.

Cuando terminaron de grabar este debut coproducido por Hernán García, el bajista de O’Connor, se dieron cuenta de que habían plasmado esa filosofía en él. “Es un disco honesto, sencillo, y no quisimos mentir con las post producciones”, cuenta Abate. “Todo fue súper económico, hasta el hecho de que el disco completo pesa 70 megas, cuando en general no bajan de 350.”

Aunque Cibotti dice que jamás se pusieron la meta de “sonar como alguien”, el primer trabajo de Cuatro Tres Dos tiene una referencia directa al post grunge de los ‘90 y respira fuerte del tramo solista de Gustavo Cerati. También incorpora elementos de folklore, con el uso del bombo legüero.

Más allá de su música, lo que llama la atención es la paz que transmiten. Sentados en las mesas de afuera de un bar de Colegiales, fuman cigarrillos armados y toman limonada. Tienen la proa puesta en un viaje espiritual: la bajista es reflexóloga y reikista, el batero ama la literatura de Carlos Castaneda y la meditación Vipassana, y el violero jura que hace seis años, en aquella noche interminable, volvió a nacer. “No nos gusta el legado ‘destroy’ del rock. Eso ya pasó”, opina Barragán. Por eso no pelean con bolicheros chantas y, cuando perciben la mala energía de alguien, se alejan. Citando a Castaneda, aplican a su banda la filosofía del guerrero, que “sabe que espera pero actúa como si no esperara nada”.

* Sábado 24 en La Capilla, Suipacha 842. A las 22.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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