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Domingo, 6 de abril de 2014

FAN › UN ESCRITOR ELIGE SU PELíCULA FAVORITA: RICARDO MARIñO Y NOS HABíAMOS AMADO TANTO, DE ETTORE SCOLA

PLEGARIAS ATENDIDAS

 Por Ricardo Mariño

La escena empieza en la Piazza Spagna, en Roma. Allí está Nicola, exaltado, contándole El acorazado Potemkin a Stefania Sandrelli. Grita, gesticula y hace rodar un carro para recrear la escena del cochecito que cae con un bebé por las escalinatas del puerto de Odessa, en la película de Eisenstein. Su despliegue divierte a la chica que sueña con ser estrella de cine (no lo será, será madre, tendrá una existencia común, real y, queremos pensar, dichosa). Un poco más allá, Nino Manfredi mira irónico: está celoso, ama a Stefania Sandrelli y por eso la hiere: dice que ella va detrás de cualquiera. Discuten. De pronto la cara de la chica se ilumina. Ve un puesto de “cuatro fotos en cuatro minutos” y con entusiasmo infantil se encierra allí. Nino Manfredi se marcha. Dice, con desprecio, que los trabajadores se levantan temprano (contrariamente –inferimos– a los muertos de hambre locos por el cine como Nicola y a las chicas fáciles con sueños de estrellato, como ella). Nicola regresa al puesto de fotos: Stefania ya no está. Se queda pensativo (él también ama a esa chica) y en eso la máquina expulsa las fotos: en la primera Stefania mira a la cámara con gravedad; en la siguiente una lágrima se desliza por su mejilla; en la tercera, las lágrimas deforman en manchas su maquillaje; en la cuarta ha hundido su cara entre las manos. Pero no llora por Nino Manfredi ni por Nicola, sino por Vittorio Gassman (el tercero del trío cuya amistad se forjó en la guerra), ausente aquí después de abandonar a Stefania Sandrelli para casarse con la hija del empresario para quien trabaja, traicionando de una al amor, la ideología y la amistad.

La película, por la que desfilan Fellini, De Sica y Mastroianni haciendo de sí mismos, es una comedia política entretenidísima, modelo para narrar el Tercer Mundo sin paternalismos. Incluye recursos posteriormente trajinados, como la escena congelada y el personaje que le cuenta su parecer al espectador, además de continuas citas cinematográficas, y el característico pase de la tristeza al humor del gran cine italiano. Desde el complicado punto de vista emocional en que la vi por última vez (la recepción también cuenta), se puede ver también como una puesta en ficción de un planteo sobre la redistribución de bienes amorosos en relación con una ética, ética a la que en 1974, cuando la estrenó Ettore Scola, capaz hubieran adjetivado como “de clase”.

Haciendo un poco de historia y forzando debidamente las cosas, creo que las tres veces que vi Nos habíamos amado tanto lo hice alternativamente “a través” de cada uno de los personajes varones: allá en la prehistoria acordando con Nino Manfredi, el trabajador, el que finalmente resulta el marido, el que le da hijos a Stefania Sandrelli, el que la supo cuidar antes y después de los sueños de estrellato, el más sensible, grotesco y transparente, el único con un programa para ella: formar una familia. Mucho después, hace unos diez años, la volví a ver creo que con la inquietud que me provocaba cierta identificación con Nicola, el que abandona todo por ir en busca del cine, la ciudad y los fantasmas de trascendencia, y un día, de golpe, se entera de que su hijo al que no ve desde chiquito se acaba de casar, que la vida pasó y él no tiene nada, salvo un punto de vista radicalizado, un sueldito de profesor y mucho, mucho resentimiento.

La última vez me crucé con la película en televisión, y vi desde esta escena en adelante. Me asustó Gassman. Me dio miedo ese tipo presa y preso de lo que soñaba tener, solo, traidor, lejano, tan cerca del “Canto del macho anciano” de Pablo de Rocka y tan lejos del amor. La famosa escena final lo muestra tirándose desde el trampolín de la piscina, mientras Nino Manfredi, Stefania Sandrelli y Nicola, asomados al muro que separa la mansión del mundo exterior, comprenden quién es Gassman. Enseguida se marchan apretujados en el autito económico, dejando la sensación de quererse o de algo que sugiere amparo, construcción, lazos. Esta vez no me fui con ellos, me quedé con Gassman y con aquello de “se lloran más las plegarias atendidas” y todo eso que los demás siempre parecen entender mejor que uno.

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