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Domingo, 17 de junio de 2012

SALI

A comer en hoteles

 Por Rodolfo Reich

Uniendo grandes tradiciones

Bengal, un sótano deluxe

Difícil la tarea que tienen por delante los restaurantes de hotel. Por un lado, pocos huéspedes deciden comer en el mismo lugar donde desayunan. Como buenos turistas, tienen su cronograma obligado: recorrer San Telmo, sacar fotos en Caminito, ir al Bellas Artes y, también, comer en los restaurantes de la ciudad. Así, el hotel queda deshabitado de sus propios inquilinos. Por el otro lado están los porteños, que en este caso esquivan los hoteles por ciertos prejuicios que muchas veces son verdades. Los restaurantes de hotel suelen ser caros, solemnes e impostados. Pero esto está cambiando. Un restaurante con público le da vida al hotel, lo pone en la agenda ciudadana. Así, cada establecimiento arma sus estrategias en búsqueda de atraer clientes. Una de ellas es dejar el restaurante en manos de los que saben. Y eso hizo CasaSur Art Hotel con Bengal.

Bengal es un clásico porteño, con fama cimentada por 18 años de vida, siempre con una propuesta que suena improbable, pero que funciona perfecto: una combinación de cocina italiana e india, uniendo dos de las más grandes tradiciones gastronómicas del planeta.

La propuesta del pequeño Bengal en el subsuelo de CasaSur es la misma que la de la casa matriz, esta vez en un ambiente íntimo, más silencioso, pero siempre esquivando los formalismos. Mucho ayuda el servicio profesional que conoce su oficio y conoce también a sus clientes, que sabe manejar los tiempos y explicar los platos.

La carta se divide en dos partes. Del lado mediterráneo, hay fuerte presencia de Italia. Risotto de espinacas y chipirones ($ 82) y el gigot de cordero braseado en vino Malbec por seis horas con risotto de mascarpone y lima ($ 90) son dos buenos ejemplos. Del otro lado, llega el capítulo de la India, con su icónico Rogan Josh (curry de cordero con arroz basmati, $ 88) o el Bangali Chicken con arroz palao ($ 70), ambos en versiones suaves, amoldadas al paladar porteño. Por su lado, los postres son golosos y contundentes.

Más allá de la carta, la mayoría de los habitués optan por la degustación: entre cuatro y seis platos del día que trae el camarero según las preferencias de la cocina, y que carece de precio fijo. Según los ingredientes podrá ir de $ 300 a $ 400, incluyendo bebidas sin alcohol. Es un desfile por lo mejor de Bengal. El precio es alto, pero la comilona es memorable. Desde un doom aloo (curry de langostinos con papa clarificada en manteca) hasta unos increíbles raviolones de pato con hongos y demiglacé de la cocción. Desde una polenta casera invernal con tuco a unas torrejas de ricota con chutney de tomate especiado. Sabores opuestos que, manejados con destreza y tiempos medidos, generan capas de profundidad y placer. Dos tradiciones milenarias, una misma comida.

Bengal by CasaSur queda en Callao 1823. Horarios de atención:todos los días de 12 a 15 y de 20 a 24. Teléfono: 4515-0085.


Hoy, ayer y mañana

Savoy Hotel, un regreso esperado

A pesar de su historia, de sus más de 160 habitaciones y del enorme edificio a metros del Congreso Nacional, el hotel Savoy estaba desaparecido del imaginario porteño. Un hotel que supo hospedar a Evita y a Einstein. Que en los años ’80 fue refugio de la oculta movida gay porteña en los albores de la apertura del placard democrático. No se trata de que el hotel no estuviese más. Seguía allí, recibiendo huéspedes, pero navegaba a la deriva de su propia inercia, una ballena blanca sin Ahab que la persiguiese. Así fue hasta hace tres años, cuando el edificio fue comprado por nuevos dueños que invirtieron más de veinte millones de dólares en su recuperación total.

Hoy, entrar al Savoy es retroceder a esa Buenos Aires de mediados de siglo pasado, una Buenos Aires de salón, palaciega, decadente y festiva. Impresiona el formidable lobby bar, con sus molduras en las paredes, sus pesados cortinados, sus pisos de parqué, sus sillones y mesas de estilo. El lugar exige detenerse y preludiar la comida con una copa de aperitivo.

La propuesta gastronómica del restaurante Las Manzanas, dentro del Savoy, tiene su lógica en el barrio que lo rodea. Centro de oficinas y de diputados, que cobra vida durante el día y se apaga de noche. No extraña ver en las mesas al escenario político nacional, con ejemplos de todas las banderas, al reparo de miradas ajenas y oídos impertinentes.

La opción más popular para el almuerzo es el buffete, que evita los tiempos de la cocina. Así, de lunes a viernes el Savoy ofrece un salad bar con quesos, fiambres, platos calientes del día, sopa y postres varios, con buena calidad de materias primas y una promoción invernal que resulta imbatible. El precio usual del buffet es de $ 140 por persona (con una bebida sin alcohol o copa de vino), pero durante junio y julio hay un happy hour: comen dos y paga uno.

Más allá de esta opción, las especialidades pasan por la carta, creación del chef ejecutivo Carlos Perillo, que con pocos platos logra opciones para todos los gustos. Hay pastas (ravioles de calabaza y queso mascarpone con pesto de hierbas y semillas de girasol tostadas, $ 68), pescados (atún sobre trigo burgol con cilantro, limones confitados y crema ácida, $ 95) y carnes (ojo de bife con cebollas, ajos, puerros salteados y papas asadas, $ 75). Precios razonables, sabores creativos y puntos de cocción rigurosamente respetados.

Rica comida en un lugar único de Buenos Aires, parte de una tradición hotelera en vías de extinción. En la canción “Sin Disfraz”, uno de los himnos ochentosos, decía Federico Moura: “En taxi voy hotel Savoy y bailamos y ya no sé si es hoy, ayer o mañana”. Entrar ahora a este Savoy deja la misma sensación. Es hoy, ayer y mañana.

Savoy Hotel queda en Av. Callao 181. Horario de atención:todos los días de 12 a 15 y de 20 a 24. Teléfono: 4370-8000.


Una cocina azul y oro

Hotel Boca Juniors, con gustito a cancha

Se trata, dicen, del primer hotel temático dedicado al fútbol en el mundo. Pero está lejos de lo que uno puede imaginar, de esa idea nac&pop de la cancha transpirada y bulliciosa. Manejado por el holding Design Suites, es un cuatro estrellas superior, que apuesta a una estética lujosa y moderna, donde la simbología boquense se hace carne en detalles sutiles aunque presentes. Columnas a cargo de diversos artistas (una representa a los medios, otra a la Bombonera), una alfombra de bienvenida que imita el verde del estadio, unas gigantes pantallas LCD con un loop de la hinchada llenando sus puestos a velocidad rápida, cuadros alegóricos y una escultura móvil que imita los papeles azul y oro que flotan en el aire. Hay mucho más, pero el sentido es siempre el mismo: reinterpretar la pasión futbolera en clave moderna, delicada. Así también se entiende el restaurante (La Boca) y el bar (La Barra). “Es un hotel muy particular, con una lógica distinta a la de otros hoteles de esta categoría. Más allá del turismo internacional, vienen muchos locales, tanto del interior como de Buenos Aires. Muchas mujeres les regalan una noche en el hotel a sus parejas, muchos familias completas vienen los domingos a mirar el partido”, cuenta Pablo Marchese, gerente general del hotel. “Esto llevó a que replanteemos la propuesta de la cocina. Comenzamos con una idea muy sofisticada, ahora la estamos llevando a sabores más populares”, continúa.

De mediodía, el buffet ejecutivo ($ 110) incluye fiambres, quesos, ensaladas, carnes varias feteadas y cuatro platos calientes (desde un pastel de papa a unos sorrentinos rellenos de queso, entre más opciones que cambian todos los días), además de un postre a elección y una bebida sin alcohol. Por su lado, la carta disponible mediodía y noche, a cargo del chef ejecutivo Nahuel Pomponio, apuesta a sabores que se sabe que gustan al cliente nacional. Provoletta a la plancha con berenjenas gratinadas y huevo poché ($ 53), tortilla de papas con jamón tostado ($ 46), un gran bife de costilla ($ 90), suprema de pollo con mil hojas de remolacha ($ 90), y varias opciones más. Sabores francos y porciones contundentes son parte de la nueva regla.

De todas maneras, lo mejor pasa cuando se animan a tomar los clichés del fútbol y la cancha y los reversionan con sus cuatro estrellas y lógica de hotel. Como sucede con la pizza de cancha con tomates asados, de sabor intenso y masa levada durante 24 horas ($ 46). O como pasa en el bar, con el choripán en pan de vino Malbec y comino, con chutney de cebollas rojas y rabanito encurtido ($ 44). En esos juegos, que suman una hamburguesa o grandes picadas, es donde el hotel se despega de cualquier competencia.

Hotel Boca Juniors queda en Tacuarí 243. Horario de atención: todos los días de 12 a 15 y de 20 a 24. Teléfono: 3724-0700.


Fotos: Pablo Mehanna

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