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Domingo, 28 de octubre de 2012

VALE DECIR

El hombre que nunca estuvo

Durante años vivió con el mote del “Hannibal Lecter sueco” y fue el homicida más notorio del país escandinavo. Tras confesar más de 30 asesinatos en la década del ’90 y ser condenado por ocho, Thomas Quick se convirtió en una leyenda oscura, un siniestro que –durante décadas–- afirmó haber mutilado, violado y comido a niños, mujeres y hombres. Eso hasta 2001, cuando –en sus sesiones de terapia en el instituto Säter–, le quitaron los fármacos. Entonces cambió su nombre de fantasía por el que lo vio nacer: Sture Bergwall. Y dejó de colaborar con la policía. Cuando, en 2008, un documentalista se acercó a su lugar de confinamiento para entrevistarlo por los curiosos sucesos, el hombre confesó lo menos pensado: que los asesinatos no habían sido obra suya; que aquello que había afirmado eran mentiras. Desde entonces su mote ha cambiado: ahora se lo conoce como “El asesino serial que nunca fue”.

Ocurre que, a pesar de haber sido declarado culpable de la muerte de ocho personas, nunca hubo una prueba técnica de que Quick lo hubiese hecho. Todo se basó en los testimonios del propio imputado. Imputado que, durante las sesiones y reconstrucciones policiales, siempre estuvo dopado con altas dosis de benzodiacepina (lo que podría explicar cómo fue capaz de inventar una grotesca letanía de canibalismo, violación y muerte). Imputado que, en sus declaraciones, nunca ofreció datos exactos. Sin ir más lejos, en el curso de las investigaciones, Thomas llegó a mencionar por lo menos 24 lugares diferentes de Suecia y Noruega donde supuestamente había cometido los siniestros; pero nunca se encontró siquiera un rastro de sangre o las partes de los cuerpos que aseguraba haber mutilado.

En miras de los hechos, el tribunal volvió a analizar los casos y, del año pasado a la fecha, Quick (ahora Bergwall) fue absuelto de cinco de los ocho casos. Y se cree que los tres restantes también serán anulados. “Resulta que el hombre que fue reconocido como asesino en serie, pedófilo, necrófilo, caníbal y sádico, no es nada más que un hombre muy enfermo”, supone por estos días el diario sueco Aftonbladet. Y los familiares de los fallecidos le dan la razón. No sólo definen el caso entero como un gran fracaso del sistema judicial; también recuerdan que muchos no estaban de acuerdo con la condena y, sin embargo, nadie los escuchó.

En el libro El caso Tomas Quick, el autor Hannes Rastam asegura que la policía sueca, los fiscales, abogados y jueces, con la asistencia de médicos, psicólogos, expertos y periodistas, procesaron a un mitómano mental como el peor asesino en serie de la historia criminal del país. Y pone en foco a uno de los personajes más malignos del cuento: el abogado del procesado, Claes Borgström, quien –según los documentos– no usó los testimonios de varias personas (incluido un sacerdote) que sostenían la inocencia de Quick. Ni siquiera puso sobre el tapete el hecho de que su defendido estaba dopado hasta la médula.

Jenny Küttim, investigadora para el libro durante tres años, asegura que “mucha gente construyó su carrera en el caso de Thomas Quick y hoy tienen mucho que perder”. Como el juez Göran Lambertz, que aún sigue sosteniendo la culpabilidad del Lecter local con declaraciones del tipo: “Creo que Sture Bergwall nos está engañando ahora, eso es lo que pienso. Yo no creo que sea inofensivo”. Mientras tanto, con 62 años, pelo blanco, anteojos y mirada vacía, Quick aguarda. “¿Cree que es criminalmente insano?”, le pregunta un periodista inglés. Bergwall lo mira, le sonríe y niega con la cabeza. “No”, responde. “¿Qué va a hacer si alguna vez sale de aquí?”, vuelve a preguntar. “Voy a caminar en línea recta y seguir adelante”, dice el supuesto asesino, que lleva más de 21 años encerrado tras las rejas de un neuropsiquiátrico.

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