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Domingo, 25 de septiembre de 2005

PáGINA 3 › PáGINA 3

Cuando tenga 64

 Por Diego Fischerman

George Gershwin, Irving Berlin, Atahualpa Yupanqui y Aníbal Troilo fueron compositores juveniles. Claudio Monteverdi, Robert Schumann y Johannes Brahms, también. Todos ellos hicieron canciones. Y todos ellos pudieron seguir haciéndolas toda su vida. Nadie les reclamó que, al crecer, dejaran de hacer eso que sabían y se pusieran a componer otras cosas, en otros estilos o en otros géneros. Pero el rock es distinto, entre otras cosas porque se consolidó junto a un público que antes no había sido inventado: el público juvenil. Un público que envejeció, por supuesto, pero que quiso el privilegio de seguir consumiendo cultura joven –y hecha por jóvenes–. ¿Adónde van los músicos de rock cuando crecen?, podría preguntarse. ¿Es que acaso deben ponerse a componer sinfonías y oratorios? ¿A cuántos decibeles de menos en el volumen de la guitarra equivale cada arruga? ¿Cuántos violines se agregan al ideal sonoro con cada década cumplida? Es cierto, el rock no se imaginó a sí mismo viejo. Los Who pedían morir jóvenes y los Beatles se preguntaban qué sería de ellos a los 64 años y si alguien los necesitaría. Pues bien, aquí estamos: Pete Townsend jubilado y acusado de pedofilia; los Stones cada vez más parecidos a Carlitos Balá creyendo que se mimetiza con su público infantil gracias al flequillo postizo; Paul McCartney en su sexagésimo cuarto año de vida –los 63 ya fueron cumplidos el pasado junio– sacando un disco de canciones magníficas.

Chaos and Creation in the Backyard recupera un viejo placer para todo aquel que se haya educado con los Beatles: no saber cómo será la próxima canción. Es cierto, las letras no son gran cosa y no reflejan una gran madurez. Pero la historia de la música está llena de grandes autores de grandes canciones con letras fallidas e incluso con versos terribles como “que noche llena de hastío y de frío” o “era más blanda que el agua, que el agua blanda”, por no hablar de algunos de los poemas elegidos por Franz Schubert, Wolfgang Mozart o Hugo Wolf. Las canciones de Paul McCartney no son canciones de Bob Dylan, entre muchas otras cosas que no son (cerámicas cuadradas blancas, de 2,5 cm de lado, por ejemplo). Lo interesante es ver qué es lo que sí son. Y en ese sentido es necesario tener en cuenta dos historias que sólo en apariencia son la misma: la de los Beatles y la de la música pop.

En los comienzos de la entronización del público juvenil –la posguerra, un mundo sin padres, por lo menos en Europa, y un universo estético en crisis–, el rock fue dos cosas: una música y un gesto. Y se desarrolló, con vitalidad increíble, en múltiples direcciones. A veces se acentuó el gesto; a veces, lo musical. En ocasiones fue sólo una cosa o sólo la otra. En ese proceso, los Beatles ocuparon un lugar extrañamente anfibio. Fueron bailables y se convirtieron en música de escucha; fueron inmensamente populares y extraordinariamente experimentales; crearon una cultura y, al mismo tiempo, estuvieron entre los pocos que pudieron ser escuchados más allá de esa cultura. Fueron, por partes iguales –al fin y al cabo, allí estaban Lennon y McCartney, compensándose, vigilándose, imitándose–, gesto y música. La historia devoró el gesto, pero dejó a la música intacta. ¿Puede un autor de 63 años seguir componiendo de esa manera, hacer canciones perfectas en el mismo estilo que consolidó cuando tenía menos de 30? El bajo en primer plano y la guitarra y la exacta melodía Harrison de “This Never Happened Before” –también hay una referencia a George en la guitarra rítmica de “Friends to Go” y en “Too Much Rain”–, las pequeñas variaciones en la melodía contra el acompañamiento repetitivo de “How Kind of you”, el bello solo de Duduk a cargo de Pedro Eustache en “Jenny Wren”, la melodía modulante y esa nota aguda sostenida por los violines, en contrapunto con la guitarra à la “She so Heavy” en “Mercy Mercy”, la calculada obsesividad de “Riding to Vanity Fair”, con esas poderosas y sencillas dos notas descendentes en el glockenspiel, imponiéndose al entretejido de guitarra eléctrica y cuerdas, demuestran que sí. Es posible que el rock no sea sólo música. Pero, parafraseando a Jacques Lacan, tampoco es sin música. Y en este caso hay música de sobra. La peor crítica que puede hacérsele al último disco de Paul McCartney, al fin y al cabo, es que podría ser un nuevo disco de los Beatles. Y eso no parece exactamente un pecado.

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